– Ha sido un placer. Usted sabe que no tiene más que llamar, y que haré lo que pueda para ayudarla. Le estamos muy agradecidos.
– No, soy yo quien está agradecida. ¿La tiene lista?
El hombre asintió con la cabeza.
– ¿Desea que las acompañe?
– No, si nos espera aquí, procuraremos darnos prisa. -Eve avanzó por el pasillo con aire resuelto y giró a la derecha para entrar en una gran sala de exposiciones. Había vitrinas de cristal por doquier. Objetos antiguos, espadas, trozos de roca y una vitrina dedicada por completo a las reconstrucciones.
Jane meneó la cabeza.
– ¡Dios bendito! No tenía ni idea de que un museo tan pequeño pudiera tener una colección de reconstrucciones como esta. Debe de haber ocho o…
– Once -dijo Eve-. Eso es lo hace que afluya el dinero de los turistas, y el museo tiene una enorme necesidad de comprar estas vitrinas especiales para conservar los esqueletos. Estas vitrinas herméticas son de una importancia crucial. Esa es la razón de que Egipto esté perdiendo tantos objetos y esqueletos. Este museo posee varios recuperados en el puerto de Herculano, pero las reconstrucciones de los cráneos proporcionan una imagen mejor a todo el mundo. -Avanzó hasta el final de la vitrina-. Esta es Giulia.
– Igual que en las fotos. -Jane observó perpleja la reconstrucción. La chica debía haber rondado los quince años, y sus facciones eran bastante regulares, de no ser por una nariz ligeramente ancha. No era una chica fea, pero sin duda tampoco ninguna belleza.
– ¿Qué se supone que debo estar viendo?
– La culpa. -Eve se dio la vuelta y se dirigió a la puerta que se abría al final de la sala de exposiciones-. Vamos. Quiero acabar con esto.
Jane la siguió lentamente a través de la sala. ¿La culpa?
Eve abrió la puerta de un tirón y se hizo a un lado para que Jane pasara delante de ella.
– Bien. Toriza ha dejado las luces encendidas. Este el taller del museo. Me he familiarizado mucho con él estos últimos años. -Hizo una señal hacia la reconstrucción metida en una urna rectangular transparente colocada en el centro de la mesa de trabajo-. Esta es Giulia.
– Pero la reconstrucción de la sala de exposiciones es Giulia. ¿Cómo puede…? ¡Dios mío! -Giró en redondo hacia Eve-. ¿Cira?
– No lo sé. -Eve cerró la puerta y se apoyó en ella con la mirada fija en la reconstrucción-. Sin duda se parece a ella. Pero si esta es Cira, entonces no era la belleza que todos creen que fue. Los rasgos son más toscos y no están tan limpiamente definidos como los de la estatua. Y Toriza dice que su esqueleto muestra las consecuencias de años de duro trabajo. Posiblemente son indicativos de una vida dedicada a acarrear cargas pesadas.
– Cira nació esclava. -Jane no era capaz de apartar la mirada de la reconstrucción-. Supongo que podría ser que… -Meneó la cabeza para rechazar la idea-. Esta no es Cira.
– ¿Y es sólo una coincidencia que los rasgos sean tan parecidos a primera vista?
Jane meneó la cabeza, confundida.
– No lo sé. Nunca pensé que sería… -Se dejó caer pesadamente en la silla de la mesa de trabajo-. Pero esta no es la Cira con la que he vivido durante los últimos cuatro años. Me has… segado la hierba bajo los pies.
– ¿Y eso es lo primero que se te ocurre?
– ¡Vaya!, que tengo que encontrar las respuestas…
– Eso pensé que dirías -dijo Eve cansinamente-. Al principio pensé que, si dejaba la reconstrucción como la había hecho la noche anterior a que nos fuéramos de Herculano, eso podría poner fin a tu obsesión por Cira. Si pensabas que la investigación había acabado y que ella murió en aquel puerto, era posible que pudieras renunciar a intentar averiguar más sobre ella y el oro que Julius le dio. -Su mirada se movió hacia la cara-. El parecido estaba ahí, pero no era absoluto. Y sabía que si tenías preguntas, esta reconstrucción no haría más que espolearte. Eso sólo estimularía tu apetito y te daría otra zanahoria que te conduciría a ese maldito túnel de Cira.
– ¿M-mentiste? -Jane no podía dar crédito a sus oídos-. Eres la mujer más honesta que he conocido jamás. Nunca mientes.
– Aquella noche mentí. Elimine cualquier parecido de la reconstrucción con Cira y la terminé. Y envié esa mentira de vuelta al museo.
– ¿Por qué? -susurró Jane-. ¡Dios mío!, eso es una violación de tu ética profesional.
– ¡Maldita sea!, era un cráneo de hace dos mil años. -Eve intentó tranquilizar su voz-. Tú tenías diecisiete años e ibas a ir a la universidad al año siguiente. Acabas de pasar por una experiencia terrorífica con un maníaco que quería cortarte la cara a rebanadas. Estabas teniendo pesadillas sobre Cira. Estabas cansada y confundida, y lo único que necesitabas era alejarte de Herculano y cerrar las heridas.
– No debiste mentirme.
– Quizá no. probablemente no. Pero escogí. Quería darte la oportunidad de alejarte y olvidarte de Cira y de todo lo que nos había sucedido en Herculano.
– Sin dejarme escoger a mí. Tenía diecisiete años, pero no era una niña, Eve.
Eve se estremeció.
– Siempre tuve la intención de decírtelo más tarde. Una vez tuvieras la oportunidad de olvidar a Cira. Pero no la olvidaste. Seguiste yendo a aquellas excavaciones arqueológicas, aun después de marcharte a la universidad.
– ¿Y por qué no me lo dijiste entonces?
Eve meneó la cabeza.
– Una mentira no para de crecer y termina enquistándose. Siempre habíamos sido sinceras la una con la otra. Confiabas en mí. Y deseaba conservar esa confianza por encima de todo. -Hizo una mueca-. Y luego, Grozak apareció en escena, y me contaste que el oro de Cira podría ser una manera de impedir que Grozak consiguiera lo que necesitaba.
– ¿Y qué tiene eso que ver con todo esto?
– No has visto la vitrina de objetos que hay en la sala de exposiciones.
– Vi las reconstrucciones.
– Y llaman tanto la atención, que la mayoría de la gente no mira las demás estanterías. Había una pequeña bolsa de monedas de oro que se encontró en el puerto. Estaban cerca del esqueleto de Giulia, pero después de que la examinaran y descubrieran que probablemente era una jornalera, decidieron que el oro debía de haber pertenecido a cualquier otra víctima de la multitud que corrió hacia el mar.
– ¡Dios mío! -Jane volvió a mirar la reconstrucción. -Entonces, podría haber sido Cira. -Pero era todo una equivocación. Aquella no era Cira. Lo sentía.
– O Toriza podría haber estado en lo cierto, y el oro no le pertenecía a ella. -Y añadió-: Pero tenía que decírtelo, porque no quería que buscaras en el túnel de Julius o en el teatro de Cira, cuando el oro podría estar enterrado en cualquier lugar cerca del puerto.
– ¿Cómo averiguaste lo de la bolsa?
– Oh, el signor Toriza y yo nos hemos hecho de lo más amigos durante estos cuatro años. Podría decirte que hemos mantenido un intercambio mutuo de favores. -Sus labios se levantaron en una triste sonrisa-. Podía aguantar la mentira sólo hasta cierto punto. Tenía que hacer lo adecuado con el museo. -Hizo un gesto con la cabeza hacia la reconstrucción-. Y tenía que hacer lo adecuado con ella. La había convertido en alguien que no era, y eso no era hacerle justicia. Tenía que intentar traerla a casa. Así que, al verano siguiente a que nos fuéramos a Herculano, volví en avión y hable con Toriza. Llegamos a un acuerdo. Conseguí que aceptara dejarme rehacer la reconstrucción de Giulia y que me prometiera que jamás la exhibiría hasta que yo cumpliera mi palabra.
– ¿Y la reconstrucción de la vitrina de ahí fuera?
– No tiene cráneo. Es un busto que esculpí para que se ajustara a la reconstrucción que estábamos sustituyendo. Después de toda aquella publicidad, no podíamos hacerla desaparecer sin más. Tenía que seguir expuesta.