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– Me sorprende que el signor Toriza estuviera dispuesto a comprometer sus principios, ocultando la reconstrucción.

– Dinero. Le pagué bien. -Se encogió de hombros-. No en metálico, sino con el sudor de mi frente. Ya te he dicho que hicimos un trato.

– ¿Qué clase de trato?

– Cada pocos meses me enviaría uno de sus cráneos para que lo reconstruyera. A lo largo de los últimos años ha conseguido una de las mejores colecciones del mundo de reconstrucciones antiguas.

– ¿Y cómo las hiciste? Siempre estás hasta arriba de trabajo.

– Mentía. Yo era la que pagaba. -Le sostuvo la mirada-. Y lo volvería a hacer. Porque, mientras yo no alimentara las llamas, siempre existía la posibilidad de que te olvidaras de Cira y siguieras con tu vida. Eso bien valía unos pocas noches en vela para terminar las reconstrucciones de Toriza.

– Algo más que unas pocas. Once. ¿Lo sabía Joe?

Eve negó con la cabeza.

– Era mi mentira. Mi precio. -Hizo una pausa-. ¿Cómo te sientes? ¿Estás enfadada conmigo?

Jane no sabía cómo se sentía. Estaba demasiado asombrada para ordenar las emociones.

– Enfadada… no. No deberías haberlo hecho, Eve.

– Si no hubiera estado tan cansada y preocupada, tal vez no hubiera tomado la misma decisión. No, no me excusaré ante mi misma. Te di cuatros años para que te deshicieras de tu obsesión y tuvieras una vida normal. ¿Sabes lo precioso que es eso? Yo sí. Nunca tuve una vida normal. Quería hacerte ese regalo. -Hizo una pausa-. Soy consciente de que siempre pensaste que ocupabas un segundo lugar para mí en relación a Bonnie.

– Te dije que eso no me importaba.

– Pero importa. Nunca fuiste la segunda, sólo diferente. Mentí, y violé mi ética profesional, y trabajé hasta el agotamiento por ti. Puede que eso te demuestre lo mucho que me importas. -Se encogió cansinamente de hombros-. O puede que no. -Se volvió y abrió la puerta-. Vamos. Toriza está esperando para cerrar.

– Eve.

Eve se volvió para mirara a Jane.

– No debiste haberlo hecho. -Se humedeció los labios-. Pero eso no cambia lo que siento por ti. Nada podría hacerlo. -Se levantó, atravesó la sala y se paró delante de ella-. ¿Cómo voy a saber lo que habría hecho yo en esas circunstancias? -Intentó sonreír-. Nos parecemos mucho.

– En realidad no. -Eve alargó la mano y le acarició la mejilla con ternura-. Pero lo suficiente para que me haga sentir orgullosa y me llene de alegría. Desde que llegaste a nosotros, esparciste una especie de… luz sobre Joe y yo. Sencillamente no podía soportar la idea de que esa luz se debilitara.

Jane sintió las lágrimas escociéndole en los ojos mientras rodeaba a Eve con sus brazos.

– ¿Qué diablos puedo responder a eso? -Le dio un rápido abrazo y se apartó-. De acuerdo, salgamos de aquí. ¿Puedo contárselo a Trevor?

– ¿Por qué no? En estos momentos es probable que se esté imaginando todos los panoramas posibles. -Empezó a cerrar la puerta-. Además, podría dar con el correcto.

– Espera. -Jane echó un último vistazo a la reconstrucción de la mesa de trabajo-. Se parece, ¿verdad? Pero no lo suficiente. Se esculpieron muchas esculturas de Cira y ninguna tenía esa… tosquedad. Ella podría… -Se volvió a Eve-. Las mediciones tienen que ser muy precisas en tu trabajo. ¿Es posible que pudieras haber cometido un error?

– ¿Crees que no querría que esta fuera Cira? Un parecido absoluto con las estatuas lo habría resuelto todo. Habrías estado convencida de haberla encontrado al fin, y todo se habría acabado. Fui muy cuidadosa. Hice la reconstrucción tres veces, y llegué a este resultado en todas las ocasiones. -Hizo una pausa-. ¿Has considerado la posibilidad de que los escultores que hicieron las estatuas la ensalzaran, que la verdadera Cira no estuviera a la altura de su arte?

– Supongo que podría… -Meneó la cabeza-. No es… -Se volvió hacia la sala de exposiciones principal y dejó que Eve cerrara la puerta del taller-. Tengo la impresión de que no es correcta.

– Pero tú has vivido con la imagen mental de Cira durante tanto tiempo, que cualquier cambio parecería un error. ¿No es verdad eso?

Jane asintió lentamente con la cabeza.

– Pero ahora estoy demasiado confusa para decidir lo que es verdad o fantasía. -Empezó a cruzar la sala de exposiciones-. Puede que todo sea fantasía. Excepto el oro. El oro es real. En eso es en lo que tengo que concentrarme.

– Esa es la razón de que te pidiera que vinieras -dijo Eve en voz baja.

– ¿No dijiste que no se había encontrado más oro en el puerto?

– No con los esqueletos de esas víctimas.

– No, me refiero a si no se encontró ningún cofre escondido en las casas cercanas.

Eve negó con la cabeza.

– Pero todavía queda muchísimo de Herculano bajo esa capa de roca. Sólo esperaba darte un lugar de salida o un lugar alternativo para buscar.

– Gracias. Sé que era lo que pretendías. -Jane suspiró-. Sólo espero que el oro no esté enterrado bajo el río de lava.

– Tienes que enfrentarte a la posibilidad de que muy bien podría estar allí.

– No me enfrentaré a nada, ¡maldita sea! Si esa era Cira, puede que estuviera intentando sacar el oro de la ciudad. Quizá lo lograra. -Apretó los puños-. Pero no es ella. Lo sé.

– No lo sabes. Y el oro es demasiado importante para detener a esos bastardos como para que lo fiemos al instinto. -Eve empezó a dirigirse a la puerta-. Eso podría pararnos en seco. El oro nunca fue algo seguro. ¡Ojalá lo fuera! Pero deberíamos empezar a buscar qué otra solución nos sacamos del sombrero.

– El puerto -murmuró Trevor mientras observaba el despegue del avión de Eve-. Aunque estuviera allí, sería dificilísimo encontrarlo y sacarlo. Seríamos mucho más afortunados si estuviera en el túnel de Julius.

– Pero sabemos que ella estaba intentando sacar el oro del túnel. Puede que lo consiguiera.

– ¿Y que lo llevara al puerto? Tal vez fuera sólo un intento de huida. Quizá cogiera una bolsa donde lo tenía escondido y echara a correr hacia el mar.

– ¿Y qué estaba haciendo en el puerto? Julius la tendría vigilada. No habría sido seguro para ella…

– Estás hablando como si esa fuera Cira. -Guardó silencio un instante-. Tienes que admitir que las posibilidades de que pudiera serlo son importantes. Eve tenía razón. Esas estatuas podrían tener la intención de halagarla a ella o al gusto de Julius.

– Lo admito. -Jane apretó los labios-. No puedo hacer otra cosa-. Se volvió y se dirigió al acceso del avión privado-. Hasta que Mario descifre se pergamino y nos enteremos de lo que tiene que decir Cira. ¿Y si no hay ninguna clave concreta de en dónde escondió el oro o tenía intención de esconderlo? Eve tiene razón; no podemos contar con el oro. Las posibilidades de encontrarlo parecen más escasas que nunca. Y eso me da muchísimo miedo. -Apretó los labios-. Volvamos a la Pista.

– He estado en contacto con Bartlett. Dice que todo está en orden. No hay ninguna urgencia.

– En este momento cada minuto es urgente y todas las posibilidades son importantes. -Volvió a mirar hacia el cielo, donde el avión de Eve había desaparecido entre las nubes-. Eve se percató de eso, o no habría venido hasta aquí para verme. No le resultó fácil.

– Me sorprende que no estés más enfadada con ella. Te mintió.

– Lo hizo porque estaba preocupada por mí. ¿Cómo podría enfadarme con ella, cuando era la primera en fustigarse? -Hizo una pausa-. Y la quiero. Eso es lo esencial. Hiciera lo que hiciese, la perdonaría.

– Esa es una afirmación general impresionante. -Trevor abrió la puerta-. Y hace que me pregunte qué sería necesario para estar incluido en ella.

– Años de confianza, de dar y de recibir, de saber que, con independencia de lo que ocurriera, ella estaría ahí para ayudarme. -Le lanzó una mirada-. ¿Alguna vez has tenido a alguien así en tu vida?