Trevor no dijo nada durante un instante.
– A mi padre. Éramos… amigos. Cuando era niño, no deseaba otra cosa que vivir en nuestra granja y ocuparme de los campos y ser exactamente igual que él.
– ¿Una granja? Se me hace inimaginable.
– Me gustaban las cosas que crecían. Supongo que igual que todos los niños.
– ¿Y ahora no?
Él negó con la cabeza.
– Pones el corazón y alma en la tierra, y ésta puede ser destruida en un momento.
Jane lo miró. La frase había sido dicha casi con indiferencia, pero su expresión era impenetrable.
– ¿Fue eso lo que ocurrió? -Y se apresuró a añadir-: No respondas. No es asunto mío.
– No me importa hablar de ello. Pasó hace mucho. -Aceleró el paso mientras atravesaban la pista-. Había una banda racista local que odiaba a mi padre porque trataba bien a sus trabajadores. Una noche asaltaron la granja y quemaron la casa y los campos. Mataron a dieciséis trabajadores que intentaron rechazarlos. Luego, violaron y asesinaron a mi madre y clavaron a mi padre en un árbol con una horca. Tuvo una muerte muy lenta.
– ¡Dios mío! Pero lograste sobrevivir.
– Oh, sí. Enfadé al jefe de la banda al intentar apuñalarlo, e hizo que me ataran para que viera la matanza. Estoy seguro de que planeaba matarme más tarde, pero le interrumpieron los soldados. Nuestros vecinos habían visto el fuego y el humo y los habían llamado. -Se hizo a un lado para que Jane subiera la escalinata del avión-. Dijeron que tuve suerte. Siempre recordaré que fue una pésima elección de palabras. Nunca me sentí afortunado.
– ¡Por Dios! -Jane casi podía percibir la desesperación, ver el horror de aquella escena y a aquel chico atado y obligado a contemplar el asesinato de sus padres-. ¿Los detuvieron?
Él negó con la cabeza.
– Desaparecieron entre la maleza, y el gobierno los dejó escapar. No querían la mala prensa que habría acarreado un juicio. Es comprensible.
– No creo que sea comprensible.
– Ni yo en su momento. Esa fue una de las razones por las que se consideraron incorregible durante el primer año que permanecí en el orfanato. Pero luego me amoldé y aprendí a tener paciencia. Mi padre decía siempre que con paciencia se consigue todo.
– No, si aquel asesino quedó impune.
– No he dicho que quedara impune. Justo antes de irme a Colombia, el jefe de la banda tuvo un fin horrible. Alguien lo ató, lo castró y dejó que se desangrara hasta morir. -Sonrió-. ¿No es maravillosa la manera que tiene el destino de echar una mano?
– Maravillosa -repitió ella sin dejar de mirarlo. Jamás había sido más consciente de lo letal que podía ser Trevor. En apariencia era cortés y sofisticado, y eso hacía que Jane tendiera a olvidar las violentas experiencias del pasado de Trevor-. ¿Y nunca descubrieron quién lo hizo?
– Algún viejo enemigo, supusieron. No se molestaron mucho en investigar. Considerando el delicado equilibrio de la política de la época, no quisieron remover el problema. -Cerró la puerta de la cabina-. Es mejor que te sientes y te abroches el cinturón de seguridad. Vamos a despegar.
Jane lo observó mientras Trevor se dirigía a la cabina del piloto. En los últimos instantes había averiguado más sobre Trevor que nunca. No estaba segura de si eso era bueno o malo. Una vez que podía imaginar el chico que había sido, no estaba segura de si sería capaz de mirarlo sin recordar. Eso le produjo una gran tristeza.
– No. -Trevor la estaba mirando por encima del hombro, leyendo su expresión-. Eso no es lo que quiero de ti. Sexo, puede incluso que amistad. Pero no compasión. No soy Mike, a quien tuviste que criar y proteger. Hiciste una pregunta, y respondí porque no es justo que sepa más sobre ti que tú sobre mí. Ahora estamos iguales. -Desapareció en la cabina del piloto.
No exactamente iguales, pensó Jane. Él sabía mucho acerca de ella, aunque nunca le había confiado algo tan íntimo y doloroso como la historia que le acababa de contar.
Alto. Trevor no quería compasión, y ella misma la habría odiado. Como Trevor decía, aquello había sucedido hacía mucho tiempo, y aquel niño se había hecho mayor y le habían salido armadura y colmillos.
MacDuff se reunió con ellos en el helicóptero cuando aterrizaron en la Pista.
– ¿Un viaje provechoso?
– Sí y no -respondió Jane-. Puede que hayamos encontrado a Cira.
El terrateniente se puso tenso.
– ¿Qué?
– Hay una reconstrucción en un museo de Nápoles que se le parece. Su esqueleto fue encontrado en el puerto. Junto con una bolsa de monedas de oro.
– Interesante.
Jane pensó que interesado no sería la palabra que ella le habría adjudicado a MacDuff a tenor de su expresión. Parecía cauteloso, abstraído, y ella casi podía oír los procesos mentales que tenían lugar tras aquella cara.
– ¿Cómo de parecida? -preguntó él.
– Lo suficiente para confundirla con Cira a primera vista -dijo Trevor-. O eso es lo que dice Jane. Yo no tuve conocimiento de la visita. La reconstrucción de la exposición era la falsificación que hizo Eve hace cuatro años.
– Pero según los artículos de prensa y la foto de esa reconstrucción, no se parecía en nada… -Se interrumpió-. ¿La falseó?
– Pensó que era por mi bien -dijo Jane a la defensiva-. Ella nunca habría hecho… ¿Por qué le estoy dando explicaciones?
– No tengo ni idea -dijo MacDuff-. Estoy seguro de que ella tuvo buenas razones para hacer lo que hizo. -Hizo una pausa-. ¿Cómo de parecida?
– Tal y como dijo Trevor, a primera vista… -Se encogió de hombros-. Pero los rasgos son más toscos; hay algunas sutiles diferencias. No me creo que sea Cira. Todavía no.
– Siempre es mejor considerar los hechos nuevos con escepticismo -dijo MacDuff-. No hay que apresurarse hasta haber explorado todas las posibilidades.
– Y si el cofre de oro se escondió en el puerto, eso va a hacer que la recuperación sea complicada -dijo Trevor.
MacDuff asintió con la cabeza.
– Casi imposible, si tenemos en cuenta el factor tiempo. -Volvió a mirar a Jane-. ¿Y usted cree que el oro podría estar allí?
– No lo sé. Las monedas de oro… No quiero creerlo, aunque me temo que no. Como bien ha dicho, está el factor tiempo.
– ¿Cómo está Jock -preguntó Jane.
– Igual. No bien, aunque tampoco peor. -MacDuff titubeó-. O quizá no sea el mismo. Tengo la sensación de que le pasa algo extraño en la cabeza. -Se dio la vuelta y se dirigió al establo-. En todo caso, no dejo de vigilarlo.
– Parece notablemente escéptico -le dijo Jane a Trevor cuando empezó a dirigirse a la puerta principal-. Dado que es la primera pista sólida que tenemos que nos lleve a Cira, me sorprende un poco.
– Es probable que no sea lo bastante sólida para él. No quiere que perdamos el tiempo en posibilidades remotas. Quiere a Reilly.
– No más que nosotros. -Jane abrió la puerta-. Voy a subir a ver qué ha hecho Mario. Te veo luego.
– ¿Dónde?
Ella lo miró.
– ¿En tu cama o en la mía?
– Prepotente.
– He aprendido que jamás retrocedes si has hecho un avance triunfal. Y el de anoche fue todo un exitazo.
Triunfal no era la palabra. Y sólo mirarlo la hizo recordar el erotismo de aquellas horas.
– Tal vez debamos ir más despacio.
Él negó con la cabeza.
¿Por qué estaba siendo tan insegura? No era propio de ella; lo suyo era ser audaz y resuelta.
Porque no había estado tan bien. Había habido momentos en que había perdido el control, y eso la asustaba. Tenía que superarlo. Se había acostado con él porque se había dado cuenta de lo precaria que podía ser la vida y no quería perderse ni un instante de ella. Había alargado la mano y cogido el premio, y no la había decepcionado. En ese momento deseaba a Trevor tanto como lo había deseado la noche anterior. Más. Porque ya sabía lo que le esperaba. Y bien sabía Dios que esa noche necesitaba una distracción tan intensa como la que Trevor le estaba ofreciendo.