– En tu cama. -Empezó a subir la escalera-. Pero no sé cuánto tiempo estaré con Mario.
– Esperaré. -Trevor se dirigió al salón-. Y yo también tengo que hacer algunas verificaciones.
– ¿Cuáles?
– Brenner, a ver si ha conseguido averiguar algo más. -Le sonrió-. Y Demónidas. No tuvimos oportunidad de realizar ninguna investigación esta mañana antes de que Eve llamara.
– Probablemente no exista -dijo Jane cansinamente-. Fue sólo un sueño. Y es más que probable que esa Giulia del puerto sea Cira.
Él meneó la cabeza.
– Estás cansada, o de lo contrario no serías tan negativa. Vamos a darle su oportunidad al viejo Demónidas. -La puerta de la biblioteca se cerró tras él.
Estaba cansada. Y desanimada. No quería que aquella pobre muchacha del museo fuera Cira. Sin embargo, la coincidencia era abrumadora, y no podía negar la evidencia de que podría serlo.
Pero aquella chica no era «su» Cira, ¡maldición! No era la mujer que había vivido en su mente e imaginación los últimos cuatro años.
Entonces tenía que averiguar la verdad. Y olvidarse de sueños y darle a Mario un poco más de tiempo para que le proporcionara la realidad que ella necesitaba.
– ¿Algún progreso? -preguntó Mario cuando Jane entró en el estudio después de llamar a la puerta.
– Un esqueleto hallado en el puerto que se parecía a Cira. -Se acercó para contemplar la estatua colocada junto a la ventana. La resolución, el humor, la fuerza de aquella cara eran la Cira que ella conocía-. Supongo que podría ser ella. ¿Pero qué estaba haciendo en el puerto, si estaba en aquel túnel de la finca de Julius cuando escribió estos pergaminos? -Se volvió a Mario-. ¿Cuánto tiempo vas a tardar en terminar?
– No mucho. -Se echó hacia atrás y se frotó los ojos-. He podido deducir la mayoría de las palabras desaparecidas. Algunas han sido meras conjeturas, pero ya le he agarrado el tranquillo.
– ¿Cuándo?
– No me presiones, Jane. Ya he dejado de entrenar con Trevor y MacDuff para trabajar a jornada completo en esto. Lo terminaré lo más deprisa que pueda.
– Lo siento. -Volvió a mirar a la estatua-. ¿Has avanzado lo suficiente para poder decir si nos va servir de alguna ayuda?
– Puedo decirte que fue escrito a toda prisa, y que ella estaba planeando abandonar el túnel ese día.
– El día de la erupción…
– Eso no lo sabemos. El pergamino no tiene ninguna fecha. Podría haber sido escrito días antes de la erupción. Cira podría haberse marchado del túnel y estar en el puerto aquel día.
– Supongo que tienes razón. -Que hubiera soñado que Cira estaba en aquel túnel durante la catástrofe, no significaba que fuera cierto-. ¿Alguna mención al oro?
– Nada definitivo.
– ¿Y a un barco?
Mario la miró con curiosidad.
– No. ¿Por qué?
No estaba dispuesta a confiarle a Mario aquellos sueños que cada vez adquirían menos consistencia.
– Si estaba en el puerto, debía de haber un motivo.
– Supervivencia. Estaba en el teatro, y echó a correr para salvar la vida.
La respuesta lógica. Ella la aceptaría, en lugar de resistirse y buscar una solución alternativa. Había que admitir que la mujer del puerto era el callejón sin salida que Eve había reivindicado.
– ¿Lo tendrás terminado para mañana?
– Es muy posible. Si no duermo. -Sonrió débilmente-. ¿Ninguna bondadosa protesta ante mi sacrificio?
– Es decisión tuya. Soy lo bastante egoísta para querer saberlo inmediatamente. No te va a hacer ningún daño dormir después de terminarlo. -Y añadió con seriedad-. En el fondo de mi corazón creo que siempre creí que encontraríamos el oro, y ahora estoy en medio del mar y busco un bote salvavidas. No sé qué ruta seguir y me siento impotente. Tenemos que parar esto, Mario.
– Trabajo todo lo deprisa que puedo.
– Ya lo sé. -Jane se dirigió a la puerta-. Pasaré a verte mañana.
– Seguro que lo harás. -Mario volvió a centrarse en el pergamino-. Buenas noches, Jane. Que duermas bien.
A Jane no se le escapó el sarcasmo de su tono. No podía culparle, pero aquello no era propio del Mario que había conocido al llegar allí. Por otro lado, Mario había cambiado, moldeado en la fragua de la tragedia y la pérdida. Había perdido todo el infantilismo y la suavidad, y no estaba segura de si reconocería al Mario que surgiría cuando todo aquello se hubiera acabado.
¿También había cambiado ella? Probablemente. La muerte de Mike y todo aquel horror que pendía sobre sus cabezas la habían conmovido hasta el tuétano. Y jamás había tenido una experiencia sexual tan intensa como la que había compartido con Trevor.
Trevor.
«Intensa» no era la palabra para lo que había entre ellos. Incluso pensar en él estaba provocando que su cuerpo se preparara. Al diablo con las preocupaciones sobre lo mucho que ella o cualquier otro estuviera cambiando. Quién sabía lo que iba a suceder al día siguiente. Tenía que vivir cada momento, mientras tuvieran oportunidad.
El dormitorio de Trevor. Dijo que la estaría esperando.
Pero ella había estado con Mario menos de diez minutos, y Trevor probablemente no habría terminado con lo que tenía que hacer. Se iría a su dormitorio, se daría una ducha y luego iría a verlo.
Ir a verlo. Ir a su cama. Aceleró el paso mientras avanzaba por el pasillo. Unas antorchas eléctricas relucían en los muros de piedra, arrojando sombras triangulares sobre el techo arqueado de madera y sobre otro de los muchos tapices desvaídos que adornaban el pasillo. No había ninguna duda de que a los MacDuff les gustaban sus tapices…
Sería extraño acudir a una cita en aquel vetusto castillo. ¡Por Dios!, casi se sentía como la amante del viejo Angus MacDuff. En el supuesto de que hubiera tenido una. La mayoría de los nobles tenían amantes, aunque quizás Angus fuera la excepción. Tendría que preguntárselo a MacDuff al día siguiente.
Su dormitorio estaba a oscuras, y Jane arrojó el bolso sobre un sillón situado junto a la puerta antes de buscar el interruptor de la luz.
– No enciendas la luz.
Jane se quedó paralizada.
– No temas. No te voy a hacer daño.
Jock.
El corazón le latía con fuerza, pero Jane respiró hondo y se volvió hacia el rincón de la habitación desde donde él le había hablado. La luz de la luna que entraba por la ventana era débil, y pasó un instante antes de que ella pudiera localizarlo. Estaba sentado en el suelo, con los brazos cogidos alrededor de las piernas.
– ¿Qué estás haciendo aquí, Jock?
– Quería hablar contigo. -Jane pudo ver que tenía los puños cerrados-. Tenía que hablarte.
– ¿Y lo que tuvieras que decirme no podía esperar hasta mañana?
– No. -Guardó silencio durante un instante-. Estaba furioso contigo. No me gustó lo que dijiste. Durante un rato quise hacerte daño. Eso no se lo dije al señor. Se habría enfadado conmigo, si te lastimo.
– No tanto como me habría enfadado yo.
– Pero tú no hubieras podido enfadarse; estarías muerta.
¿Era un toque de humor negro lo que había en aquellas palabras? Era imposible decirlo, puesto que Jane no podía ver su expresión.
– ¿Hacer daño significa automáticamente matar, Jock?
– Suele acabar así. Ocurre tan deprisa…
– ¿De qué querías hablar conmigo?
– De Rei… Reilly. -Se detuvo, y luego volvió a decir-: De Reilly. Me resulta difícil hablar de él. Él… no… quiere… que lo haga.
– Pero lo estás haciendo de todas maneras. Eso te hace más fuerte que él.
– Todavía no. Algún día.
– ¿Cuándo?
– Cuando esté muerto. Cuando lo mate. -Las palabras fueron dichas con suma sencillez.