– Tal vez podamos negociar con Reilly, si nos dices dónde podría encontrarse el oro.
– No quiero negociar. Quiero cortarles la cabeza a esos bastardos, como hicieron ellos con mi padre. -Apretó los labios con todas sus fuerzas-. Horrible, ¿verdad? Los frailes deberían estar rezando ahora por mi alma. -Abrió la puerta de su dormitorio-. Aunque por otro lado, no hubo nadie para que rezara por el alma de mi padre, ¿verdad que no?
– No vamos a tolerar esto, Mario. No podemos. Trevor te quitará la traducción en un abrir y cerrar de ojos.
– Si la puede encontrar. Cuando vayas a buscarlo, la habré escondido tan bien que ni Sherlock Holmes podría dar con ella. Puede incluso que la destruya y la rehaga más tarde.
Jane se lo quedó mirando fijamente durante un instante con una mezcla de compasión y frustración, antes de dirigirse a la puerta. Mario había tomado una decisión y estaba dispuesto a ocultar el pergamino de Cira para conseguir su propósito. En el fondo de su corazón no podía culparlo. Jane no estaba segura de si no habría hecho lo mismo.
Jock estaba de pie en la entrada del establo cuando llegaron Jane y Trevor una hora más tarde.
– El señor me dijo que os dijera que regresaría pronto.
– ¿Dónde está?
– Tenía que hablar con los guardias. Dijo que era importante. -Se volvió a Jane-. No está enfadado conmigo. Pensaba que lo estaría, pero en cambio está enfadado contigo. Lo siento.
– No es culpa tuya. Ya lo superará. -Observó a MacDuff mientras éste avanzaba hacia ellos a grandes zancadas-. Se siente tan frustrado como el resto de nosotros, y está preocupado por ti.
– ¡Caramba, cuanta generosidad! -murmuró Trevor.
– No es un problema de generosidad. De comprensión, tal vez. Puede que MacDuff sea difícil, pero hace todo esto por Jock. En cierto sentido, es digno de admiración.
– Yo también lo admiraré, si es capaz de sacarnos de aquí -dijo Trevor-. ¿Y qué me dices de eso, Jock? ¿Puede hacerlo?
– Por supuesto. -Jock se dirigió a Jane-. He regado mis plantas, ¿pero crees que Bartlett podría volver hacerlo dentro de unos días, si no volvemos?
– Seguro que estará encantado de hacerlo. -Jane se dio la vuelta y empezó a dirigirse de nuevo al castillo-. Iré corriendo y le diré…
– ¿Adónde va? -MacDuff sólo estaba a pocos metros de distancia.
– Hay que decirle a Bartlett que riegue las plantas de Jock.
– Ya se lo he dicho a Patrick -dijo MacDuff-. Nadie más tiene que meterse en los asuntos de Jock.
– ¿Qué le ha estado diciendo a los guardias? -preguntó Trevor.
– Que se comporten con absoluta normalidad, como si siguiéramos aquí.
– ¿Puede confiar en ellos?
MacDuff le lanzó una mirada desdeñosa.
– Naturalmente. Son mi gente. Si alguien se acerca al castillo, le denegarán la entrada. -Hizo una pausa-. Aunque afirmen ser de la CIA.
– No tengo nada que objetar. Telefoneé a Venable esta mañana y le dije que durante uno o dos días podría no tener noticias mías, ya que Mario estaba a punto de terminar los pergaminos y que todo quedaría en suspenso hasta que averiguáramos si teníamos algo con lo que trabajar para encontrar el oro.
– ¿Y si es él el que te telefonea?
– Barlett y yo preparamos anoche un dispositivo superpuesto de sustitución de voz, y el atenderá las llamadas.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Jane.
– A un pequeño artefacto muy ingenioso que se conecta al teléfono y hace que cualquiera que hable por él tenga tu misma voz. -Sonrió-. Te aseguro que funciona. No es la primera vez que Bartlett ha tenido que hacerse pasar por mí.
– Eso no me sorprende -dijo Jane. Se armó de valor y le dijo a MacDuff-. Mario va a venir con nosotros.
– Y una mierda va a venir. -Se giró en redondo hacia Trevor-. ¿Qué demonios está haciendo.
– No me eche a mí la culpa. -Trevor levantó las manos-. Yo reaccioné de la misma manera, pero Jane dice que Mario terminó el pergamino y que puede que haya una pista sobre el oro. Si lo dejamos aquí, no terminará el informe.
– Una pista sobre el oro -repitió MacDuff-. ¿Cree que dice la verdad?
Jane asintió con la cabeza.
– Pero no estoy segura. Ha cambiado. Podría ser incluso que nos estuviera manipulando a su conveniencia.
– Para atrapar al asesino de su padre. -MacDuff se calló un instante, pensando-. El oro es importante. Si Mario viene, la responsabilidad de que no se entrometa es suya, Trevor. Voy a estar demasiado ocupado con Jock para sujetarle la mano.
– Mario no es un niño -dijo Jane-. Puede razonar con él.
– ¿Cómo hizo usted? -retrucó MacDuff.
– Eso fue diferente. Lo estábamos excluyendo. Cualquiera de nosotros habría sentido lo mismo. Y se guardaba un as en la manga con lo del oro. Eso me paró en seco. Como bien ha dicho, el oro es importante. -Jane le sostuvo la mirada-. ¿Hasta qué punto es importante para usted? Creía que sólo se dedicaba a deshacer entuertos.
– No soy Galahad. Sí, voy tras Reilly. -Lanzó una mirada a través del patio hacia el castillo-. Pero Trevor me prometió una parte de ese oro, y lo voy a necesitar. Y voy a tenerlo.
– No, si podemos llegar a un acuerdo con Reilly -dijo Jane-. Si no podemos encontrar la manera de atrapar a ese bastardo, negociaremos. Y me trae sin cuidado su fantástico y maravilloso castillo, MacDuff.
– Y no tiene que preocuparse de él para nada -dijo MacDuff-. Ya cuido yo lo suficiente de todos nosotros. -Hizo un gesto con la cabeza hacia Mario, que estaba bajando las escaleras-. Y aquí tiene a su erudito que quiere ser un superhéroe. Me entran ganas de sacarle la información a la fuerza y dejarlo aquí. Y no me diga que no siente lo mismo, Trevor.
– Ya se me ocurrió -dijo Trevor-. Pero el muchacho tiene una misión, y llevaría tiempo zurrarle la badana lo suficiente para…
– ¡No! -terció Jane.
MacDuff se encogió de hombros.
– Parece que por ahora se acabó el asunto. Pero habrá más oportunidades luego, si se convierte en un problema. -Se dio la vuelta y entró en el establo-. Dígale que mueva el culo, si va a venir con nosotros, Trevor. Vamos, Jock.
Jane hizo un rápido gesto con la cabeza hacia Mario, antes de echar a correr detrás de MacDuff y Jock, que ya avanzaban por el pasillo flanqueado de compartimientos a grandes zancadas.
– ¿Adónde vamos?
– A casa de Angus -dijo Jock-. ¿No es así?
– Sí -dijo MacDuff-. Y es un lugar magnífico y acogedor. -Entró en el tercer compartimiento contando desde el final-. Si no le molesta el barro y la peste a moho. -Una vez allí, movió una caja de aparejos y tres sillas de montar para dejar al descubierto una trampilla cubierta de tierra-. Aunque antaño el hedor habría sido considerablemente más asqueroso. Angus se aseguró de que nadie quisiera andar ganduleando aquí dentro. Siempre hay una capa de estiércol cubriendo el suelo.
– ¿Y adónde conduce esta puerta? -Trevor los había alcanzado y escudriñaba la oscuridad-. Unas escaleras…
– Sí, descienden formando un ángulo y llegan al pie del acantilado, donde se une con el mar. -MacDuff abrió una caja colocada al lado de la trampilla y cogió una linterna de las varias que contenía la caja-. Que todo el mundo coja una linterna. No hay ninguna luz, y las escaleras están demasiado inclinadas para fiarse de un guía con una única linterna. Doblarían una esquina y se encontrarían a oscuras, y estos escalones están mojados y son tan resbaladizos como el hielo. -Pero MacDuff estaba bajando la sinuosa escalera con seguridad y rapidez-. Tengan cuidado o acabarán con la cabeza rota. Mi tatarabuelo llegó un poco achispado una noche y sufrió una caída que lo tuvo postrado dos años. Estuvo a punto de morir, antes de conseguir subir a rastras las escaleras hasta el establo.