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– Eso es cierto. Dijiste que MacDuff era una especie de héroe popular. Y eso puede acabar siendo una as en la manga.

Jane lo observó dirigirse hacia donde estaba sentado MacDuff y hablar con él. MacDuff asintió con la cabeza, sacó su teléfono y empezó a marcar.

Al cabo de un rato Trevor estaba de nuevo con Jane, mientras abría la cabina del piloto.

– Ahora tenemos que salir de aquí a toda pastilla. Dame tu teléfono. -Jane se lo entregó-. Haremos que Kimbrough vuele bajo y los arrojaremos al Atlántico en cuanto despeguemos. Haré que Brenner se encargue de conseguirnos otros teléfonos móviles cuando lleguemos a Colorado.

– ¿Pueden rastrear nuestros teléfonos con tanta precisión?

– Este es un mundo electrónico, y hay satélites espías que son utilizados por todas las agencias. Pueden localizar con precisión milimétrica prácticamente todo. Posiblemente ya hayan establecido nuestra posición. -Se dirigió a Kimbrough-: Tenemos que despegar. Ve si puedes meterle prisa a la torre de control. -Cerró la puerta de la cabina del piloto y se volvió a Jane-. Siéntate y abróchate el cinturón de seguridad.

Ella asintió con la cabeza, pero no se movió. Se sentía aturdida y estaba intentando entender las implicaciones de lo que estaba sucediendo.

– ¿Podemos conseguir que Venable se lo explique todo a los de Seguridad Nacional y nos los quite de encima?

– Probablemente ya habrá hablado con ellos hasta quedarse sin aire. En la actualidad el Departamento de Seguridad Nacional es todopoderoso, y a veces no juegan limpio con los demás. -Hizo una mueca-. Y como dijo Venable, ya te lo advirtió.

– Entonces no podemos contar con ayuda de la CIA -dijo ella lentamente-. Y no conocemos a nadie en el Departamento de Seguridad Nacional; no podemos confiar en que se crean nada de lo que les digamos ni que nos dejen hacer algo, excepto lo que ellos nos digan que hagamos. Estamos solos.

– Más o menos. -Enarcó las cejas-. Aunque por otro lado, antes también estábamos bastante solos.

– Pero teníamos a Venable, que era un respaldo poderoso. Me sentía más segura.

– No se trata de que no vayamos a meterlos en el ajo en cuanto tengamos a Reilly en nuestro punto de mira. -Y añadió-. Claro que podríamos llamar al Departamento de Seguridad Nacional y decirles que salgan a recibir a nuestro avión, si prefieres olvidarte de Jock y poner al chico en sus capacitadas manos.

– ¡No!

– Eso pensaba. -Abrió la puerta de la cabina del piloto-. Procura dormir un poco. Tengo que pedirle a Kimbrough que cambie nuestro plan de vuelo. Repostaremos en Detroit, llamaré a Bartlett y veré si Eve puede evitar que el Departamento de Seguridad Nacional haga una incursión en la Pista de MacDuff.

* * *

Capítulo 17

Trevor llamó desde Detroit a la Pista de MacDuff sólo unos minutos antes de que tuvieran que despegar.

Se alejó de la cabina telefónica.

– No hay rastro de nadie en la Pista. Y puesto que han pasado varias horas, probablemente tengamos el camino libre.

– ¡Gracias a Dios!

– Gracias a Eve y a su amigo John Logan. -Trevor se dirigió al avión a grandes zancadas-. Pero eso no significa que no vayan a intentar cogernos, si pueden seguirnos el rastro. Estamos en su territorio, y para rematarla, de forma ilegal. No se van a mostrar tan colaboradores como Venable. -Torció el gesto-. Nunca pensé que lamentaría perder a Venable.

– Porque no podías controlarlo -dijo Jane.

– No, porque, lo creas o no, lo respetaba. -Sonrió débilmente al empezar a subir las escaleras detrás de ella-. Y sí, podía controlarlo. Espero de todo corazón que ese bastardo no tenga problemas con Sabot.

El chalé era una pequeña casa de una sola planta y tres habitaciones enclavada entre dos montañas. Era una de las diversas casitas de campo desperdigadas alrededor de un lago cubierto de hielo.

Jock salió del coche de alquiler y clavó la mirada en la puerta delantera.

– Recuerdo este lugar.

– Deberías -dijo MacDuff-. No fue hace tanto. -Subió las escaleras a grandes zancadas y abrió la puerta.

– ¿Recuerdas dónde estabas cuando te encontró? -le preguntó Jane a Jock mientras salía del vehículo.

– Había médicos. -Jock subió lentamente la escalera-. No entendían. No me dejaban… Sangre… Me ataron con correas a una cama y no me dejaban hacer lo que tenía que hacer.

– Porque no era correcto -dijo Jane-. Quitarse la vida está mal.

Él negó con la cabeza.

– Déjalo en paz -dijo Trevor cuando él y Mario salieron del coche-. Deja que se oriente.

Jane asintió con la cabeza.

– No lo estaba presionando. -Torció el gesto-. Bueno, no quería presionarlo. Fue como por casualidad.

– Jock y yo compartiremos la primera habitación según se sale del salón -dijo MacDuff por encima del hombro-. Hay una antecocina con una cama mueble al final del pasillo. Y otro dormitorio con dos camas individuales al lado. Decidan entre ustedes donde duerme cada uno.

– No creo que debiéramos quedarnos aquí bajo ningún concepto -dijo Mario-. ¡Maldita sea!, es imposible que nos acomodemos en un lugar tan pequeño. ¿Cuándo empezamos a hacer algo?

– Esta noche. -MacDuff le lanzó una mirada glacial-. Jock necesita descansar y comer. Saldremos cuando lo haya hecho.

– Lo siento -masculló Mario-. Estoy un poco nervioso. -Pasó junto a MacDuff y Jock y entró en el chalé-. Yo cogeré la cama mueble. Hasta luego.

– Ve a encender la chimenea, Jock. -MacDuff se giró hacia Jane y Trevor cuando Jock desapareció en el interior de la casa-. Esto no va a dar resultado. ¿Mario está nervioso? ¿Y qué pasa con Jock? Ya está temblando, ¿y tiene que vérselas con un comité cada vez que damos un paso? Vuélvanse todos a la Pista y déjenmelo a mí.

– Eso no es lo que quiere Jock -dijo Jane. Pero entendía las razones de las protestas de MacDuff. A ella también le había impresionado un poco aquel instante en el porche. Era evidente que Jock se estaba acordando de su intento de suicidio en el psiquiátrico, y que eso lo llenaba de confusión-. ¿Qué ha planeado para esta noche?

– A Jock lo recogió la policía en una carretera en las afueras de Boulder. Lo voy a llevar allí y a dejarlo suelto.

– ¿No se va a quedar con él?

– Estaré bastante cerca. Pero quiero que se sienta solo.

– ¿Y me acusa a mí de insensibilidad?

– Eso es diferente. Él es uno…

– De los suyos -terminó Trevor por él-. ¿Se supone entonces que se perdona todo?

– Pregúnteselo a él -dijo MacDuff-. Debería ser cosa de nosotros dos. Ustedes son los extraños.

– Jock quiere estar acompañado de esta extraña en concreto. -Trevor hizo un gesto hacia Jane-. Y puesto que esto es sencillamente una incursión preliminar con Jock, me presentaré voluntario para quedarme aquí con Mario y evitar que se entrometa, si usted se lleva a Jane.

MacDuff no habló durante un instante.

– Estoy sorprendido. Pensé que se pondría a discutir conmigo.

– ¿Por qué? No es un mal plan. Quiere alterar a Jock, y demasiados circunstantes no harían más que estorbar su concentración. Mario es un problema. El único peligro en esta situación habría de provenir de Jock, pero si usted está allí vigilando, a Jane no debería de pasarle nada. -Le sostuvo la mirada-. Sólo intente no dejarme fuera cuando nos acerquemos a Reilly.

MacDuff se encogió de hombros y salió de la casa con aire resuelto.

– Yo también estoy sorprendida -dijo Jane en voz baja-. No es propio de ti quedarte y jugar a las niñeras.