– Eso es para demostrarte lo razonable y abnegado que puedo llegar a ser.
Ella lo observó con escepticismo.
– ¿Quieres saber la verdad? -La sonrisa de Trevor se desvaneció-. Tengo un mal presentimiento desde que subimos a ese avión en Aberdeen. Todo esto podría irse al traste.
– Pero nos estamos moviendo, está ocurriendo algo.
– Lo sé. Por eso estoy cediendo un poco con MacDuff, para fortalecer la cooperación más tarde. Mientras estáis fuera esta noche, veré qué puedo hacer para convencer a Mario de que nos hable del pergamino de Cira. Puede que pruebe a meterle astillas entre las uñas. Era sólo una broma. -Le dio un beso rápido e intenso-. Ten cuidado con Jock. Tal vez crea que está preparado para ayudar, pero puede estallar en cualquier momento.
– ¿Reconoces algo de esto, Jock? -Jane percibía la rigidez en los músculos del muchacho, sentado al lado de ella en el coche. Habían viajado en coche por espacio de unas dos horas, y sólo durante los últimos kilómetros había detectado algún cambio en Jock. Miró a través de la ventanilla. Era una zona bastante poblada de las afueras de Boulder, y las casas por las que pasaban parecían pertenecer a zonas exclusivas con campos de golf y urbanizaciones residenciales de clase alta-. ¿Has estado aquí con anterioridad?
Jock negó espasmódicamente con la cabeza sin dejar de mirar al frente.
– ¿A qué distancia está esto de donde lo encontró la policía? -le preguntó Jane a MacDuff.
– A unos diez o doce kilómetros. Lo bastante cerca para ir andando. -MacDuff observó a Jock-. Está reaccionando, de eso no cabe duda. Se está encerrado en sí mismo como una ostra. -De repente detuvo el coche en el lateral de la carretera-. Veamos si podemos hacer que se abra. Sal, Jock.
Jock meneó la cabeza.
– Está aterrorizado -susurró Jane.
– Sal Jock -repitió MacDuff. Su voz restalló con la brusquedad de un látigo-. ¡Ahora!
Jock se movió lentamente para abrir la puerta.
– Por favor…
– Sal. Ya sabes por qué estás aquí.
Jock salió del coche.
– No me haga esto.
MacDuff puso el pie en el acelerador y se alejó en el coche.
Jane se volvió en el asiento para mirar a Jock y sintió que se le partía el corazón.
– Se ha quedado parado allí. No lo entiende.
– Lo entiende -dijo MacDuff con dureza-. Y si no lo entiende, mejor que lo aprenda. Esto tiene que terminar. Usted quiere que Jock salve al mundo; yo sólo quiero que se salve a sí mismo. Y no lo hará escondiendo la cabeza en la arena. Esta es su oportunidad, y como que me llamo MacDuff que la va a aprovechar.
– No se lo voy a discutir. -Jane se obligó a apartar la vista de Jock-. ¿Cuánto tiempo lo vamos a dejar ahí fuera?
– Treinta minutos. Iremos hasta la próxima salida y daremos la vuelta.
– Treinta minutos puede ser mucho tiempo.
– Toda una vida. La suya. -Apretó el acelerador-. O su cordura.
– No lo veo -Jane mira frenéticamente ambos lados de la carretera. MacDuff había recorrido lentamente tres veces el tramo donde habían dejado a Jock, y no había ni rastro del muchacho-. ¿Dónde está?
– Puede que se haya puesto a deambular por uno de los complejos residenciales. Hemos pasado por el club de campo Timberlake y por la urbanización Mountain Streams. Haremos una pasada más, y luego empezaremos a buscar…
– ¡Allí está! -Jane divisó una figura sentada en la cuneta-. ¡Oh, Dios mío!, ¿cree que lo habrá atropellado un coche o…? -Saltó del coche en cuando MacDuff frenó en seco con un chirrido-. Jock, ¿estás…?
– Cuatro ocho dos. -Jock no la miró. Tenía la mirada fija al frente-. Cuatro ocho dos.
– ¿Está herido? -MacDuff estaba al lado de Jane. Se arrodilló y alumbró al muchacho con su linterna-. Jock, ¿qué ha pasado?
Jock lo miró fijamente sin verlo.
– Cuatro ocho dos.
MacDuff estaba palpando los brazos y las piernas de Jock.
– No creo que lo haya golpeado ningún coche. No hay heridas evidentes.
– Creo que su herida es bastante evidente. -Jane intentó que no le temblara la voz-. ¡Dios mío, qué hemos hecho!
– Lo que teníamos que hacer. -MacDuff agarró a Jock por los hombros y lo obligó a mirarlo-. Ya estamos aquí. No va a ocurrir nada. No tienes nada que temer.
– Cuatro ocho dos. -De repente se inclinó hacia delante con expresión de dolor y cerró los ojos-. No. No puedo. Es pequeña. Demasiado pequeña. Cuatro ocho dos.
– ¡Dios bendito! -susurró Jane.
MacDuff le entregó la linterna.
– Tenemos que llevarlo de vuelta al chalé. -Cogió a Jock en brazos-. Conduzca usted. Yo iré en el asiento trasero con él. No sé qué va a hacer a continuación.
– No tengo miedo. ¡Por Dios!, como está sufriendo.
– Conduzca -repitió él, y se incorporó-. Si hay algún riesgo, lo asumiré.
Porque Jock era uno de los suyos. Jane se dio cuenta por la manera dominante con que MacDuff sostenía a Jock que no cabía discutir con él. Y no tenía ningún deseo de hacer nada que no fuera llevar al muchacho de vuelta al chalé tan pronto como…
El haz de la linterna que MacDuff le había dado alumbró la tierra donde Jock había estado sentado.
482. Los números estaban grabados con fuerza en la tierra. Y se repetían una y otra vez: 482,482, 482…
– Jane.
Levantó la cabeza al oír la llamada de MacDuff y se dirigió al coche corriendo
– ¿Cómo está? -preguntó Mario cuando Jane salía de la habitación de Jock.
– No lo sé. -Echó un vistazo a la puerta por encima del hombro-. Parece estar casi catatónico. Pobre chico.
– Puede que sea mi educación religiosa, pero tengo problemas para apiadarme de un asesino. -Mario apretó los labios-. Y si piensas en ello, si trabajó para Reilly, entonces es que es uno de ellos. -Levantó la mano-. Lo sé. Aquí estoy en minoría. Pero no soy capaz de concederle ni comprensión ni perdón.
– Entonces deberías mantenerte lejos de MacDuff -dijo Trevor-. En estos momentos está un poco susceptible.
Mario asintió con la cabeza.
– No tengo ningún deseo de fastidiarlo. Puede que todavía sea capaz de sacarle algo a Jock. -Se dirigió a la cocina-. Voy a preparar café.
– Cuatro ocho dos -repitió Trevor sin apartar la mirada de la puerta del dormitorio. -¿Sigue diciéndolo?
Ella asintió con la cabeza.
– Como si fuera un mantra.
– Pero ese mantra no empezó hasta que llegó a ese tramo concreto de carretera. ¿Ha intentado MacDuff hacerle más preguntas?
– Todavía no. ¿Tú lo harías?
– Probablemente no. No nos sirve de nada hacer que el chico explote.
– Es bastante triste tener que preocuparnos de lo que necesitamos, y no de lo que Jock necesita. -Ella lo paró cuando Trevor empezó a abrir la boca para hablar-. Lo sé -dijo cansinamente-. Es necesario. Y soy yo la que estuvo totalmente de acuerdo en presionarlo para conseguir las respuestas. Es sólo que me rompe el corazón al verlo sufrir de esta manera.
– Entonces el remedio es o seguir adelante hasta que lo supere o renunciar y dejar que vuelva a meterse en su concha. En unos cuantos años podría mejorar. Aunque por otro lado podría ser que no. ¿Y puedes justificar las consecuencias de la espera?
– No.
– Eso me parecía. -Se dio la vuelta-. Pero estarás mejor preparada, si sabes a lo que se enfrenta Jock. Me pondré a trabajar en ello.
– ¿En cuatro ocho dos?
Él asintió con la cabeza.
– No se me da bien criar y tranquilizar, pero dame un problema abstracto y estaré en mi salsa. He escrito exactamente lo que me dijiste que Jock dijo esta noche, e intentaré encontrar algo que corresponda a su obsesión por ese número. Puede que no sea fácil. Cuatro ocho dos podría ser la combinación de una cerradura, parte del número de una matrícula, un número de marcación rápida de un teléfono, una dirección, un número de lotería, el código de un sistema de seguridad, una palabra clave para acceder a un ordenador…