Выбрать главу

– Reilly… siempre… tiene razón.

– Gilipolleces. Si hubiera tenido razón aquella noche, habrías matado a esa niña. Esa noche te diste cuenta de lo horrible que era y de las cosas horribles que ya te había hecho hacer. Pero cuando te alejaste de aquella casa, se acabó todo. Tal vez la dependencia hacia él permaneciera y te confundiera, pero ya no le pertenecías.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Jock.

– No se acabó. Nunca acabó.

– De acuerdo, tal vez no haya acabado. -¡Dios bendito!, ojalá le quitará las manos de la garganta. Imposible saber lo que podría pasar si ella decía algo que lo hiciera estallar-. Pero volviste a tu manera de ser cuando te fuiste del cuatro ocho dos de Lilac Drive. Reilly ya no puede controlarte nunca más. Ahora es sólo una cuestión de tiempo.

– No.

– Jock, es la verdad. MacDuff y yo hemos notado que estás cambiando, que te estás haciendo más fuerte.

– ¿El señor? -La miró fijamente a los ojos-. ¿Lo ha dicho él? ¿Me estás mintiendo? Me mentiste sobre lo de que maté a aquella niñita.

– Fue lo único que se me ocurrió para hacerte volver de golpe. Tenías que enfrentarte a lo que habías hecho. O mejor dicho, a lo que no habías hecho. Cuando rompiste con la dependencia de Reilly, te sentiste casi tan culpable por desobedecerlo como te habrías sentido si hubieras asesinado a aquella niña.

– No, no pude hacerlo.

– Sé que no pudiste. Pero tenía que causarte una emoción fuerte para que me hablaras. Y lo conseguí, ¿no es verdad?

– Sí.

– Y te das cuenta de que lo hice por tu bien, ¿verdad?

– S-supongo que sí.

– Entonces, ¿te importaría retirar tus manos de mi cuello? MacDuff y Trevor no se sentirían muy contentos con ninguno de los dos, si entraran aquí ahora y te vieran estrangulándome.

Jock se quedó mirando sus manos alrededor del cuello de Jane como si no le pertenecieran. La soltó lentamente y dejó caer las manos sobre la cama.

– Creo… que se sentirían algo más descontentos conmigo.

¿Era un levísimo atisbo de humor aquello que había en su tono? La expresión de su cara era sombría, y las lágrimas seguían bollándole en los ojos, pero al menos la violencia descarnada había desaparecido. Jane respiró hondo y se frotó el cuello.

– Además harían bien en estarlo. Existe una cosa que se llama responsabilidad. -Se sentó en el sillón que había al lado de la cama-. Y no solo para ti. Reilly tiene que rendir muchas cuentas.

– No… el señor. Fue culpa mía. Todo fue culpa mía.

– Lo importante es acabar con él.

– Pero no el señor.

– Entonces depende de ti obligarte a recordar dónde está Reilly, para que podamos ir a por él.

– Intento…

– No, tienes que hacerlo, Jock. Esa es la razón de que te trajéramos aquí. Ese es el motivo de que te hayamos hecho pasar este infierno. ¿Crees que lo haríamos, si viéramos otra manera de hacerte recordar?

El muchacho meneó la cabeza.

– Ahora estoy cansado. Quiero echarme a dormir.

– ¿Intentas evitar hablar conmigo, Jock?

– Tal vez. -Cerró los ojos-. No lo sé. Creo que no. Necesito estar a solas con él.

Jane sintió un escalofrío.

– ¿Con él?

– Con Reilly -susurró Jock-. Siempre está conmigo, ¿sabes? Intento escapar, pero él sigue ahí. Me da miedo mirarlo o escucharlo, pero tengo que hacerlo.

– No, no tienes que hacerlo.

– No lo entiendes…

– Entiendo que te ha controlado de la manera más malvada posible. Pero él ya se ha marchado.

– Si se hubiera ido, no estarías aquí, haciendo que intentara recordar. Mientras él siga vivo, jamás me dejará en paz. -Giró la cabeza-. Vete, Jane. Sé lo que quieres de mí, e intentaré dártelo. Pero no me puedes ayudar. O soy capaz de hacerlo o no lo soy.

Jane se levantó.

– ¿Quieres que le diga a MacDuff que entre?

Él negó con la cabeza.

– No me gusta que me vea así. Reilly me hace débil. Me siento… avergonzado.

– No deberías avergonzarte.

– Sí, sí que debo. Para siempre. Soy un ser malvado, y nunca volveré a estar limpio. Pero MacDuff no dejará que me mate. Lo intenté, pero él me hizo volver. Así que si no puedo morir, tengo… que ser fuerte. -Su voz se endureció-. Pero, ¡Dios mío!, es difícil.

Jane tuvo un instante de titubeo.

– ¿Estás seguro de que no quieres que me quede y…? -Jock seguía meneando la cabeza-. De acuerdo, dejaré que descanses. -Se dirigió a la puerta-. Si me necesitas, estaré ahí. No tienes más que llamarme.

– No han estado mucho tiempo. -MacDuff se levantó de la silla en cuanto la puerta se cerró tras ella.

– ¿No? -A ella se le había antojado una eternidad-. Lo suficiente.

– ¿Jock me necesita?

– Probablemente. Pero no quiere que entre. En este momento no quiere que entre nadie. Y no ceo que corra ningún peligro inmediato.

La mirada de MacDuff se posó en el papel que Jane seguía teniendo en la mano.

– ¿Alguna reacción?

– Oh, sí. ¿Qué si es suficiente para provocar que surjan los recuerdos de Reilly? No lo sé. De ahora en adelante, tiene que salir de él. Parece que está… diferente.

– ¿En qué sentido?

Jane arrugó el entrecejo, intentando entenderlo.

– Antes me recordaba a ese pergamino en el que ha estado trabajando Mario. Había ciertas oraciones y frases que habían desaparecido y que Mario tuvo que reemplazar con conjeturas cultas para poder dar coherencia a todo el documento. Creo que ese es el punto en el que Jock se encuentra ahora.

– Entonces ha debido de producirle una impresión de mil demonios. -MacDuff apretó los labios con todas sus fuerzas-. Quiero ver ese papel.

– Y yo quiero que lo vea. -Jane se dirigió a la cocina-. Le hablaré de él mientras me tomo una taza de café. La necesito.

– Sin duda. Y abróchese la camisa.

– ¿Qué?

– Intente tapar esos cardenales que tiene en el cuello. No quiero que Trevor vaya a por Jock.

Jane se tocó el cuello.

– No me hizo daño. De verdad que no. Y no tenía intención…

– Eso dígaselo a Trevor. Está viva, y si fue demasiado estúpida para hacer lo que le dije que hiciera, entonces se merece esos cardenales. -Se sentó a la mesa de la cocina-. Ahora hábleme de cuatro ocho dos.

Cuatro ocho dos. Demasiado pequeña. Demasiado pequeña.

Es malvada. Es de la estirpe del diablo. Mátala.

Niña. Niña. Niña. Jock sintió cómo la palabra lo desgarraba, gritada por él.

No importa. Es tu deber. No eres nada sin el deber. Si fracasas, me enfadaré contigo. Y ya sabes lo que eso significa.

Dolor. Soledad. Oscuridad.

Y Reilly esperaba en esa oscuridad. Jock no podía verlo nunca, aunque sabía que estaba allí. Llevando el miedo. Llevando el dolor.

Cuatro ocho dos. Mata a la niña. Ve a la casa. No es demasiado tarde. Eso hará que te perdone.

– ¡No! -Jock abrió los ojos de golpe. El corazón le latía con fuerza, dolorosamente. Iba a morir. Reilly le había dicho que moriría si alguna vez lo traicionaba y lo desobedecía, e iba a ocurrir en ese momento-. No morí cuando no maté a esa niñita. No me puedes hacer daño.

Muere.

Sentía como se deslizaba, cada vez más frío, agonizando…

Debilidad. Culpa. No vale la pena vivir.

Muere.

Si moría, cedería a la culpa y el señor también moriría. Iría a por Reilly, y Jock no estaría allí para ayudarle.

Muere.

No moriré.

Muere.

En ese momento podía ver a Reilly con más claridad. Acechando en las sombras. No era un fantasma. No, no lo era. Era un hombre.