Выбрать главу

Él la miró de hito en hito mientras un sin fin de expresiones cruzaban su rostro. Finalmente, dijo con sequedad:

– ¡No, maldita sea! Pero tiene que haber una manera de conseguir que él…

– Nada de presionar.

– Vale, vale. Pero ¿y si paso algún tiempo con él y lo llego a conocer? Sólo un par de días. Puede que consiguiera hacerlo hablar, darle un pequeño empujoncito.

– Nada de presionar.

– Ni siquiera mencionaría a Reilly. A menos que lo mencionara él primero. No soy un idiota. Puedo ser sutil.

– Cuando no estés traumatizado.

– Te lo prometo, Jane. No soy cruel. No quiero hacer daño a Jock. El chico me inspira lástima. Sólo déjame ayudar. ¡Déjame hacer algo!

Jane lo miró pensativamente. Percibió la desesperación en su expresión.

– Puede que no fuera una mala idea. Serías una voz nueva en todo este lío. Trevor, MacDuff y yo hemos estado presionando a Jock. Cada vez que nos ve, le sirve de recordatorio. Tenéis casi la misma edad, y eres otra persona para distraerlo. Un cambio de ritmo…

– Así es -dijo Mario con entusiasmo-. Tiene lógica, ¿verdad?

– Quizá. -Jane hizo una pausa-. Si puedo confiar en ti.

– Te lo prometo. No incumpliré mi palabra. -Hizo una mueca-. Los frailes se aseguraron de que creyera en la condenación eterna, si infringía cualquier mandamiento.

– Estás planeando infringir uno grande matando a Grozak y Reilly.

– Algunas cosas bien valen el riesgo de condenarse. Y creo que la Iglesia contrapondría mi pecado al más grande que van a cometer ellos. No romperé mi promesa, Jane.

Jane se decidió.

– No deberías hacerlo. Si alteras a Jock, MacDuff si que te va dar condenación eterna sin pensárselo dos veces.

– ¿Me dejarás hacerlo?

– Con una condición. Tenemos que llegar a un acuerdo. Puedes tener tus dos días con Jock, si me das la carta de Cira al concluir ese plazo.

– No la traje conmigo. -Y se apresuró a decir-: Pero puedo contarte lo que decía.

– Entonces, dímelo.

– Después de que pase mi tiempo con él. Es lo justo. ¿Cuándo puedo ver a Jock?

– Cuando se despierte. -Jane se volvió para marcharse-. Pero no te sorprendas, si no quisiera hablar contigo. No es exactamente sociable. Esto no es más que un experimento.

– Lo entiendo. Sólo seré una caja de resonancia. Si quiere hablar, estaré allí.

– Estoy depositando mi confianza en ti, Mario.

– Dentro de unos límites. -Sonrió-. Y con una copia de seguridad, por si acaso no lo consigo. No me importa. Siempre que pueda buscar una manera de ayudar.

Por primera vez desde que iniciaron aquel viaje Mario parecía casi alegre, aliviado de la inquietud y la amargura. La determinación podía obrar milagros. Tal vez juntar a los dos jóvenes pudiera funcionar.

– Y puede que MacDuff no sea necesario, si metes la pata -murmuró Jane-. Jock está sobradamente bien entrenado para ocuparse de cualquiera que lo enfade.

– Hola, Jock. ¿Sabes quién soy?

Jock meneó la cabeza para despejarla de la confusión del sueño, antes de observar al hombre sentado en el sillón situado junto a la cama.

– Eres el hombre que vive en la habitación con Cira. Mario…

– Donato. -El hombre sonrió-. Y no es que viva exactamente con Cira. Aunque a veces tengo la sensación de que así es. Intento descifrar sus pergaminos.

– Vives con su estatua, la que pertenece a Trevor. MacDuff me dejó subir a verla antes de que llegaras a la Pista.

– ¿Sin permiso de Trevor?

– Él es el señor del castillo, y sabía que yo quería verla después de que me enseñara la foto en Internet.

– ¿Y entraste sin más?

– No, sé cómo entrar en los sitios. -Su expresión se tornó sombría-. Fue fácil.

– Estoy seguro de que no habrías tenido que echar mano de las habilidades de un ladrón para ver la estatua. Trevor nunca se ha opuesto a que la tuviera en mi estudio.

Jock se encogió de hombros.

– El señor no quería que lo molestara.

– Aunque no lo suficiente para decirte que no allanaras la propiedad y fueras a verla, ¿no?

– No la estaba allanando. Tenía derecho a darme permiso para verla.

– Trevor no estaría de acuerdo, me temo. -Mario sonrió-. Tiene alquilado el castillo, y la estatua de Cira es suya.

Jock meneó la cabeza.

– El señor tenía derecho.

– Bueno, no vamos a discutir por eso -dijo Mario-. Me alegra que compartamos la pasión por Cira. Es preciosa, ¿no te parece?

Jock asintió con la cabeza.

– Me siento… cerca de ella.

– Yo también. ¿Te gustaría leer sus cartas?

– Sí. -Jock estudió la expresión de Mario. Aunque la niebla que empañaba su mente estaba disminuyendo, desapareciendo a veces por completo, seguía resultándole difícil concentrarse. Se obligó a hacerlo-. ¿Por qué estás aquí?

– Pensé que debíamos llegar a conocernos.

Jock meneó la cabeza.

– Estás siendo amable conmigo. ¿Por qué?

– ¿Es que tiene que haber una razón?

– Sí. -Jock pensó en ello-. Quieres lo que quieren los demás. Quieres saber sobre Reilly.

– ¿Por qué habría…? -Mario asintió con la cabeza-. No te voy a mentir.

– No puedo decirte lo que no sé -dijo Jock cansinamente.

– Acabarás recordándolo. Y quiero estar ahí, cuando ocurra.

Jock volvió a menear la cabeza.

– Míralo de esta manera. Prometí que no te haría ninguna pregunta. Conmigo podrás estar relajado. Si quieres hablar de Reilly, estaré dispuesto a escuchar. No, estaré como loco por escuchar.

Jock le escudriñó el rostro.

– ¿Por qué?

– Grozak y Reilly mataron a mi padre. Lo decapitaron.

Así era, Jock recordaba a Jane diciendo algo sobre la muerte del padre de Mario.

– Lo siento. No fui yo. Nunca se me dijo que decapitara a alguien.

La expresión de Mario traicionó su conmoción.

– Sabemos quién lo hizo. No pensaba que fueras tú.

– Está bien. Eso complicaría las cosas.

Mario asintió con la cabeza.

– Yo diría que eso es un eufemismo. -Se había recuperado lo suficiente para obligarse a sonreír-. No eres como me esperaba. Pero eso no significa que no podamos llegar a un acuerdo y ayudarnos mutuamente.

Jock no habló durante un instante sin apartar la mirada de la cara de Mario. Aquel hombre quería utilizarlo y creía que él era lo bastante simple para dejar que lo hiciera. No podía culparlo. Cuando la niebla se cerraba apenas era capaz de funcionar, ni siquiera al nivel más elemental. Pero en ese momento había períodos en los que la niebla se levantaba, y él se sentía perspicaz y agudo como un puñal.

– ¿No quieres saber lo que hay en esos pergaminos? -preguntó Mario persuasivamente-. Acabo de traducir uno que todavía no he dejado leer a nadie más. Podría hablarte de él. Serías el primero.

Estaba intentado sobornarlo. Jock podía percibir la desesperación que impulsaba a Mario. Venganza y odio, y la urgencia que acompañaba a aquella desesperación. Era extraño ser capaz de saber cómo se sentían los demás, cuando había estado ensimismado durante tanto tiempo.

Tenía que aceptarlo. Seguía débil, y todos los que lo rodeaban eran fuertes. Tenía que fortalecerse, coger lo que fuera que Mario estuviera dispuesto a darle, permitir que lo utilizara.

Hasta que la niebla desapareciera por completo.

– No pensé que fuera a dar resultado. -Trevor tenía la mirada fija en Mario y Jock mientras estos paseaban por el embarcadero-. Pensé que te habías dejado influenciar por Mario. Pero han pasado dos días, y parecen amigos de toda la vida.

– Me influyó. Me dio pena. Pero no la suficiente para dejarlo seguir adelante, si veía algún indicio de que estaba molestando a Jock. Tuve que emplearme a fondo para conseguir que MacDuff dejara siquiera que Mario hablara con Jock. Pero fue una manera de llegar a un acuerdo con él para que nos diera el pergamino de Cira, y sabía que, si lo alteraba, podía apartarlo de Jock sin ningún miramiento. -Jane meneó la cabeza maravillada-. Y Mario parece tratarlo con tacto. Me recuerda, a cómo era cuando llegue al castillo. Jock me dice que bromea con él y que le cuenta historias de su vida en Italia. No creo que le haya hecho ni una sola pregunta a Jock. -Todavía.