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– Ahora ya podemos relacionarlo con los asesinatos de Burnette y Hill -dijo Spinnelli con satisfacción-. Todavía quiero a los forenses, pero esto es mucho más de lo que teníamos hasta ahora.

– Atlantic City ha enviado a alguien para examinar todo esto -dijo Aidan-. Las mujeres a las que violó allí dicen que les quitó las llaves, su forma de decir que podía volver cuando quisiera.

– Hijo de puta -farfulló Reed.

– Creo que todos compartimos ese sentimiento -declaró Spinnelli-. Ha telefoneado Sam. Dice que la prueba de orina de Ivonne Lukowitch mostraba Valium mezclado con cianuro, no el somnífero que le habían recetado.

– Hemos encontrado un recibo de una tienda de fotografía -dijo Jack-. Nuestro hombre compró allí el cianuro. Se utiliza para el revelado de fotos. Sam dijo que la mujer no habría notado nada.

Mia suspiró.

– Más adelante será importante para Jeremy saber que su madre no se suicidó. Ahora, siendo un niño de siete años aterrorizado, eso no representa demasiado consuelo. Jeremy dijo que su madre conoció a White el pasado junio, mientras dirigía una clase de adiestramiento canino en el parque. Llegó a casa hablando del hombre que acababa de conocer. White le llevaba vino y rosas. A las tres semanas ella le propuso que viviera con ellos.

– Qué rápida -comentó Jack.

– Se sentía sola -replicó Mia-. Hemos encontrado en su cuerpo una cicatriz que va desde la clavícula hasta el pecho, de una cuchillada. Jeremy dice que White se la hizo la misma noche que se fue a vivir a la casa. Le dijo a Ivonne que si lo contaba le haría algo peor a Jeremy. Jeremy y su madre han vivido aterrorizados desde finales de junio.

– Y seguimos sin saber cómo se llama -dijo amargamente Murphy.

Spinnelli se mostró esperanzado.

– Puede que tenga algo para vosotros. Esta mañana he recibido una llamada del depósito municipal. Recuperaron un coche cuyo robo había sido denunciado el jueves. Lo encontraron en la zona que Murphy estaba rastreando. Los del depósito encontraron un libro debajo del asiento.

Reed se enderezó de golpe.

– ¿Un libro de matemáticas?

Spinnelli esbozó una sonrisa astuta.

– De álgebra. Estará aquí en unos minutos. Hasta entonces, ¿qué hacemos?

– Yo estoy siguiendo las pistas de la foto que apareció en los informativos -explicó Aidan-. Y seré el enlace con el Departamento de Policía de Atlantic City. Envié la foto al Departamento de Policía de Detroit, pero todavía no han dicho nada.

– Sigue insistiendo -pidió Spinnelli-. ¿Mia?

– Tenemos la lista de Servicios Sociales de todos los niños que Penny Hill colocó con los Dougherty. Hoy nos ocuparemos de eso. Tenemos nueve nombres sin dirección que rastrear y algunas coartadas de las direcciones conocidas que verificar.

– Bien -dijo Spinnelli-. ¿Hemos conseguido algo de los dos chicos del Centro de la Esperanza?

– Miles habló con ellos -informó Mia-. Thad reconoció, al enterarse de que Jeff había muerto, que fue él quien le agredió. Dijo que Jeff y Regis lo hicieron mientras Manny vigilaba la puerta. Lo amenazaron con destriparlo como a un cerdo si lo contaba, así que no lo contó. Regis Hunt será trasladado a una cárcel de adultos mientras se lleva a cabo una investigación y se celebra el juicio. Thad pasará a otro centro de menores. Pero el doctor Bixby sigue sin aparecer.

– No está en casa, ni vivo ni muerto -confirmó Spinnelli-. He difundido los datos de su coche.

– Y no parece que sus llaves estén en esta mesa -añadió Roed.

– Por lo que podría estar vivo y escondido, o muerto y escondido. ¿Qué más? -preguntó Spinnelli.

– Solo algo que dijo Jeremy -dijo Mia-. Haz memoria, Murphy. Dijo que White enterró algo en el jardín el viernes pasado, el día después de Acción de Gracias. Si mató a alguien entonces, todavía no lo hemos encontrado.

Llamaron a la puerta y un agente asomó la cabeza.

– ¿Teniente Spinnelli? Soy del depósito municipal. Le traigo una prueba.

– Gracias. Esperemos que resulte útil. -Spinnelli le entregó el libro a Mia cuando el agente del depósito se hubo marchado-. Haz los honores.

La detective se puso unos guantes y extrajo el libro del sobre.

– Un libro de matemáticas. Y dentro… -Levantó la vista-. Recortes de periódico. De Hill y Burnette. -Torció el gesto-. Y de mí. De cuando detuve a DuPree. Y aquí está el recorte donde sale mi dirección; muchas gracias, Carmichael, y… caramba. -Sonrió-. Un recorte de la Gazette de Springdale, Indiana, Dos muertos en el incendio de la noche de Acción de Gracias. Con fecha del día después de Acción de Gracias.

– La primera vez que Jeremy vio a White enterrar algo en el jardín -murmuró Murphy-. ¿A quién mató?

Mia leyó el artículo por encima y el corazón se le aceleró.

– Una de las víctimas es Mary Kates. Kates es uno de los apellidos que aparece en la lista de Servicios Sociales. -Rescató rápidamente la lista-. Hay dos nombres. Andrew y Shane Kates. Son hermanos. La edad de Andrew coincide.

– Bien. -Spinnelli se paseó por la sala-. Muy bien. Ahora que sabemos quién diablos es ese tipo, necesitamos saber dónde piensa atacar de nuevo o dónde tiene intención de esconderse o huir. Encargaos vosotros cuatro de averiguarlo. Telefonearé al capitán y le diré que por fin hemos hecho progresos.

Mia se sentía renovada, llena de energía. Contempló la mesa con todos los recuerdos mientras el corazón le palpitaba con fuerza.

– Andrew Kates, tienes los días contados, hijo de puta.

Sábado, 2 de diciembre, 17:15 horas

La cabeza le sudaba a causa de la peluca.

– ¿Por cuánto lo alquila?

Estaba en un apartamento vacío del edificio de Mitchell. La portera, una mujer mayor, tenía la llave en la mano. Él estaba esperando el momento oportuno para sacarle la información que necesitaba. Si no podía facilitársela, le arrebataría las llaves y registraría personalmente el apartamento de Mitchell.

– Ochocientos cincuenta -dijo la mujer-, a pagar el primero de cada mes.

Hizo el gesto de mirar en los armarios.

– ¿Y es un barrio seguro?

– Muy seguro.

No más de un par de tiroteos a la semana en la calle. Esa mujer mentía, más que la peluca que él llevaba.

– Leí lo de esa detective en el periódico.

– Oh, eso. Se ha mudado. A partir de ahora estaremos más tranquilos.

El pánico le subió a la garganta. Pero probablemente la mujer mentía.

– Qué rápida.

– Bueno, los de la mudanza no han venido aún, pero ya no duerme aquí. No tiene de qué preocuparse.

Tenía mucho de qué preocuparse. Quería a Mitchell. Tenía que meterse en su apartamento antes de que trasladara todas sus cosas. Seguro que había una forma de saber adónde había ido. Consideró la posibilidad de pegarle un tiro a la vieja ahí mismo, pero la pistola nueva que ocultaba en la cinturilla hacía mucho ruido. Tyler se había creado una auténtica colección de armas. Le habría gustado llevárselas todas, pero tenía que viajar con poco equipaje, de modo que solo se había llevado dos. Una del calibre 38 y otra del 44, y las dos alertarían a los vecinos si las disparaba. Así pues, tendría que recurrir al método tradicional. Extrajo de debajo de la chaqueta su llave inglesa y golpeó a la mujer en la cabeza. Cual muñeca de trapo, la mujer se derrumbó y la sangre empezó a empapar la moqueta, La ató de pies y manos y la amordazó antes de meterla en el armario.

Entró con la llave en el apartamento de Mitchell. Necesitaba un decorador. Registró meticulosamente el armario de los abrigos. Aparte de una bandera doblada en tres sobre el estante, estaba vacío. El armario de la cocina estaba repleto de cajas de tartaletas para tostar y el congelador, de comidas para microondas. Antes que un decorador, necesitaba un nutricionista.