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– Yo iré. Gracias por ponerme sobre aviso.

Reed se guardó el teléfono móvil, pero primero tenía que hablar con Beth. Subió los escalones de dos en dos y llamó a la puerta. Dentro sonaba la música alta y no pudo oír la respuesta.

– ¿Beth? Tengo que hablar contigo.

– Vete.

Sacudió la puerta, pues estaba cerrada con llave.

– Tengo que hablar contigo. Abre la puerta, vamos.

Al cabo de un minuto más o menos, se abrió la puerta y ella apareció allí plantada mirándolo con beligerantes ojos oscuros, aún hinchada y enrojecida de llorar.

– ¿Qué?

Reed intentó apartarle un mechón de cabellos húmedos de la mejilla, pero ella retrocedió y se apartó, lo cual le dolió más que sus palabras.

– Beth, por favor, dime qué pasa. No puedo comprenderlo si no me lo explicas.

– No es nada, solo estoy cansada.

Impotente y frustrado, Reed frunció el ceño.

– ¿Te encuentras mal? ¿Quieres que llamemos al médico?

Beth esbozó una sonrisa amarga y demasiado adulta.

– ¿Me preguntas si necesito un loquero? No lo creo, papá. Tú eres el que siempre anda diciendo que son una estupidez.

Reed hizo una mueca de dolor; había dado en el blanco.

– Puede que yo haya dicho eso, pero no debería haberlo dicho. Tal vez hay muchas cosas que debería haber hecho de otra manera, pero no puedo cambiarlas si no hablas conmigo, nena.

Los ojos de Beth centellearon.

– No soy una nena. -Luego se entristecieron, pero Reed podía ver socarronería en ellos-. Podrías dejarme dormir fuera de casa; eso me haría feliz.

Reed dio un paso atrás y se le pusieron los pelos de punta. Aquella no era su niña. Aquella extraña manipuladora pertenecía a otra persona.

– No. Ya te ha dicho que estabas castigada y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión, sino todo lo contrario. No sé por qué es tan importante que duermas fuera de casa, pero no, no puedes ir. A partir de ahora no quiero que vayas más a dormir a casa de Jenny.

A Beth se le hincharon las aletas de la nariz marcando el ritmo de la respiración.

– Le estás echando la culpa a ella. Jenny ya dijo que la culparías. -Beth retrocedió con la mano en la puerta-. ¿Has acabado de destrozarme la vida?

Reed sacudió la cabeza, sin palabras.

– Beth, tengo que salir unos minutos. Acabaremos de hablar cuando vuelva.

– No te molestes -dijo Beth con frialdad-. Estaré dormida cuando regreses.

Y le cerró la puerta en las narices.

Se toqueteó los cabellos y se agarró la nuca como si quisiera sujetarla en su sitio. ¿Qué le pasaba a esa niña? ¿Era solo una rabieta? ¿O tal vez era algo más? ¿Algo… peor? Pero no podía creerlo. Beth era su niña lista. Era una niña buena, solo tenía catorce años; sin embargo sabía, por experiencia propia, en lo que andaban las niñas de catorce. Pero aquella era Beth. No era la hija de un alcohólico drogadicto al que le importaba más el siguiente chute que dar de comer a su hija.

Beth tenía suerte, lo tenía a él. Reed suspiró. «Y ahora mismo me odia». No sabía qué hacer. Le entraron ganas de romper la puerta, pero sabía que aquello no resolvería nada. Necesitaba ayuda. Llamaría al psicólogo de orientación juvenil a primera hora de la mañana.

Ahora tenía que ver a una mujer que lo más seguro era que se alegrase tanto de verlo como su hija.

«Deberías rendirte, Solliday», murmuró mientras bajaba la escalera y cogía el abrigo. Al salir se cruzó con Lauren que venía del jardín.

– Tengo que salir -le soltó-. Beth está en su habitación.

– ¿Has hablado con ella? -preguntó Lauren, con una bolsa de loneta bajo el brazo.

– Para lo que ha servido… Mañana llamaré al psicólogo del colegio.

– Buena idea.

– Volveré más tarde. -Se encaminó hacia el todoterreno, sintiéndose un patán y avergonzándose por ello.

– Reed.

Solliday se detuvo, sin darse la vuelta.

– ¿Qué?

– Quítate la cadena antes de marcharte.

Sin mirar hacia atrás, subió al coche, se alejó por el camino y dio la vuelta a la manzana. Luego aminoró la marcha y se quitó la cadena del cuello, contemplando el anillo en la palma de la mano, para dejarlo con cuidado en la guantera cercana a su asiento.

– Mierda.

Jueves, 30 de noviembre, 20:45 horas

Allí estaba ella. Él llegó por su propio pie al callejón del otro lado de la calle, con la mochila colgada a la espalda. Viajaba ligero de equipaje. Si tenía que correr, llevaba todo lo que necesitaba. El coche que había cogido estaba aparcado a una manzana de distancia, lo bastante cerca como para salir pitando cuando hubiera acabado su tarea. Luego Melvin es saldría en las noticias. «No yo».

Mitchell estaba saliendo del coche a la calle, con un maletín colgado del hombro. Se paró un momento, alerta, escrutando la zona, pero él estaba agachado fuera de su vista en las sombras. Era un blanco perfecto, tenía la cabeza en la posición adecuada. Con mano firme se dispuso a apuntar con el arma. Desde aquella distancia no podía fallar. Apuntó…

Un todoterreno aparcó delante de ella, bloqueándole el tiro. «¡Maldita sea!» El teniente Solliday.

Solliday bajó la ventanilla y hablaron, pero no lo bastante alto como para que pudiera oír lo que decían. Solliday se sentó hacia atrás e inspeccionó la calle tal como ella había hecho.

Mierda. Se iba a su apartamento. ¿Quién sabía cuándo saldría? Podía tardar dos minutos o veinte. Jolín, podía pasarse toda la noche. Él tenía cosas que hacer y lugares a donde ir. Tenía que matar a los Dougherty. No podía quedarse allí esperándola. «¡Maldita sea!» Era ahora o nunca. Sería ahora. Salió de las sombras, levantó la pistola y disparó.

– ¡Policía! Tire el arma.

Retrocedió de un bandazo. El grito no procedía ni de Mitchell ni de Solliday. Mitchell no se veía por ninguna parte y Solliday había salido de su vehículo con la pistola desenfundada. «¡Mierda!»

Retrocedió un paso, luego otro. Se le detuvo el corazón cuando Solliday lo vio.

– Alto. -Solliday se acercaba corriendo, corriendo a toda pastilla.

«Lárgate». Se dio media vuelta y huyó.

Mia se puso en pie, con la radio en una mano y la pistola en la otra.

– Disparos en el 1342 de Sedgewick Place. Un oficial de paisano ha salido en su persecución. Solicitamos refuerzos lo antes posible.

Se quedó de pie en la calle, obligando a su mente a enfocar las cosas con claridad a pesar de la descarga de adrenalina. Alguien había gritado, justo antes del disparo, pero la calle estaba vacía. Apretó la radio contra su frente y luego se la volvió a llevar a la boca.

– Solliday. -Al no obtener respuesta, el pánico empezó a atenazarle la garganta y echó a correr-. Solliday.

– Estoy aquí. -La radio le devolvió su voz entre interferencias y se detuvo, respirando con dificultad, mareada de alivio-. Lo he perdido -refunfuñó Reed-. Avisa por radio a todas las patrullas para que busquen a White.

Se quedó helada.

– ¿Qué?

– White. El chico de las mates. Date prisa, Mia. Aún está corriendo por aquí, en alguna parte.

«Ha intentado matarme».

– Aquí la detective Mitchell de Homicidios. Buscamos a un hombre caucásico, de aproximadamente veintidós años. Metro setenta, sesenta y ocho kilos. Ojos azules. El sospechoso está armado y se lo busca por cuatro asesinatos. Responde al nombre de Devin White. Repito, el sospechoso va armado.

– Comprendido, detective -dijo la central-. ¿Necesita atención médica?

– No, solo refuerzos. Necesitamos sellar todo el barrio. Ha escapado a pie, así que envíen una unidad a El Station a dos manzanas hacia el sur de aquí.

Levantó la vista para ver a Solliday salir corriendo del callejón. Se detuvo en seco, con una mirada furibunda.

– Estás herida.

Mia se llevó la mano a la mejilla y se limpió la sangre.