Ya empiezo a comprender -dijo el príncipe suspirando- yo he experimentado esa inquietud no pocas veces, pero sin saber la causa; mas ¿dónde encontraría ese objeto, tal como tú me lo pintas, en esta espantosa soledad?
Prolongóse algún rato más este coloquio, con lo que la primera lección del amor que recibió el inexperto monarca fue del todo completa.
– Ay! -dijo- ¡Si el amor es tal delicia y su interrupción tal amargura, no permita Allah que yo perturbe el regocijo de las que aman!
Y, abriendo la jaula, sacó al palomo y, después de haberlo besado, lo puso en la ventana diciéndole:
– Vuela, ave feliz y regocíjate con tu amada compañera en los días de tu juventud primaveral. ¿Para qué te he de tener prisionera en esta solitaria torre, donde nunca podrá penetrar el amor?
El palomo batió sus alas en señal de alegría, describió un círculo en el aire y voló después rápidamente hacia las floridas alamedas del Darro.
Siguióle el príncipe con la vista, quedando después abismado en amargas reflexiones. El canto de los pájaros, que antes le deleitaba, ya le hacía más amarga su soledad. ¡Amor!, ¡amor!, ¡amor! ¡Ah, pobre joven! ¡Entonces conoció lo que significaban estos trinos!
Cuando vio al filósofo Eben Bonabben, sus ojos echaban chispas.
– ¿Por qué me habéis tenido en esta abyecta ignorancia? -le dijo duramente-. ¿Por qué me habéis ocultado el gran misterio y principio de la vida, cuando lo sabe el más insignificante de los seres? Observad cómo la naturaleza entera se entrega a estos sueños de delicias, y cómo todas las criaturas se regocijan con su compañera. ¡Éste, éste es el amor que yo quería conocer! ¿Por qué se me prohíbe gozar de él? ¿Por qué se han deslizado los días de mi juventud sin saber nada acerca de tales delicias?
El sabio Bonabben comprendió que era inútil toda reserva, pues el príncipe conocía ya la peligrosa ciencia prohibida. Por lo tanto, le reveló las predicciones de los astrólogos y las precauciones que se habían tomado en su educación para conjurar la desgracia pronosticada.
– Y ahora, príncipe mío -añadió- mi vida está en vuestras manos. En cuanta descubra vuestro severo padre que habéis aprendido al fin lo que es el amor, como estáis bajo mi tutela, sabed que mi cabeza tendrá que responder de vuestra ciencia.
El príncipe era tan razonable, a pesar de su corta edad, que escuchó las reflexiones de su tutor sin oponer a ellas la más leve palabra. Además, como profesaba verdadero cariño a Eben Bonabben y no conocía todavía el amor más que teóricamente, consintió en sepultar en el fondo de su pecho lo que había aprendido, antes que dar lugar a que peligrase la cabeza del filósofo.
Su discreción, sin embargo, tuvo que sufrir bien pronto una prueba más fuerte. Pocas mañanas después hallábase meditando en los adarves de la torre cuando vio que venía cerniéndose por los aires el palomo a quien había dado libertad, y que se le posaba confiadamente en sus hombros.
El príncipe lo acarició contra su pecho y le dirigió estas palabras:
– Ave dichosa, que puedes volar con la rapidez con que la luz de la mañana se extiende hasta las más lejanas regiones de la tierra: ¿dónde has estada desde que nos vimos por última vez?
– En una tierra muy lejana, príncipe querido, de la cual te traigo felices nuevas en premio de mi libertad. En mi acompasado vuelo, extendiéndome por llanuras y montañas y conforme iba cortando el aire, divisé debajo de mí un jardín amenísimo, rico en toda clase de flores y frutos. Junto a una verde pradera se precipitaba una límpida y hermosa corriente, y en el centro del jardín se elevaba un majestuoso palacio. Poséme sobre un árbol para descansar de mi fatigoso vuelo, y vi junto al césped de la ribera y por debajo de mí una lindísima princesa en la flor de su juventud y de su belleza, rodeada de sus doncellas y sirvientes tan jóvenes como ella, que venían ciñendo su frente con guirnaldas y coronas de flores, cuando, ¡ay!, no había flor silvestre ni de jardín que pudiera compararse con su belleza. Oculta en aquel retiro pasaba los días de su vida, pues el jardín se hallaba rodeado de elevadas murallas, no permitiéndosele la entrada en él a ningún humano mortal. Cuando vi a aquella hermosa doncella tan joven, tan pura, tan inocente de las cosas del mundo, dije para mí: "He aquí el ser creado por el cielo para inspirar amor a mi príncipe bienhechor".
Este relato del ave cariñosa fue una chispa de fuego que inflamó el corazón del contristado príncipe: como que todo el amor latente hasta entonces en su alma encontraba súbitamente su anhelado objeto. Se sintió, pues, el noble príncipe vehementemente enamorado de la princesa, y al punto le escribió una carta redactada en lenguaje apasionadísimo, respirando el más ardiente amor y quejándose de la infausta prisión que le impedía ir en busca de ella para postrarse rendido a sus pies. Añadió también varias poesías de ternísima y conmovedora elocuencia, pues era poeta por naturaleza, y aún más entonces, inspirado por el amor. Puso la dirección de su billete en esta forma:
A la bella desconocida
del príncipe cautivo Ahmed.
y, por último, después de perfumarla con almizcle y rosas, se la entregó al palomo.
– Parte, fidelísimo mensajero -le dijo-. Vuela por montañas y valles, ríos y llanuras; no descanses en rama ni te poses sobre la tierra hasta que hayas entregado esta carta a la señora de mis pensamientos.
El palomo se elevo por los aires y, tomando vuelo, partió como una flecha en línea recta. El príncipe lo siguió con la vista hasta que no se vio más que un punto negro sobre las nubes, desapareciendo poco a. poco tras las montañas.
Día tras día esperaba el príncipe el regreso del mensajero de amor, mas todo en vano. Comenzó ya acusarle de ingratitud, cuando cierta tarde, a la caída del sol, entró volando repentinamente el ave fidelísima en su habitación, y expiró, cayendo a sus pies. La flecha de algún cruel cazador había atravesado su pecho. Con todo, había luchado con agonías de la muerte hasta dejar cumplida su misión. lnclinóse el príncipe, ahogado de pena, sobre aquel venerable mártir de la fidelidad, cuando notó que tenía una cadena de perlas alrededor de su cuello, y pendiente de ella y junto a las alas una miniatura esmaltada que representaba el retrato de una hermosísima princesa en la flor de su juventud. Era, sin duda, la desconocida beldad del jardín; pero, ¿quién era y dónde residía? ¿Había recibido el billete y enviaba este retrato en señal de amorosa correspondencia? Desgraciadamente, la muerte del fiel palomo mensajero dejaba envuelto este lance en el más profundo misterio.
El príncipe miraba absorto el precioso retrato, hasta que sus ojos se arrasaron en lágrimas; lo llevaba a sus labios lo estrechaba contra su pecho, mirándolo sin cesar con melancólica ternura. "¡Hermosa imagen! No eres, ¡ay!, más que una imagen, y, sin embargo, tus tiernos ojos parece que se fijan en mí tus labios de rosa semejan querer infundirme valor. ¡Vanas ilusiones!… ¿No han mirado nunca del mismo modo a otro rival más afortunado que yo? ¿Dónde podré yo encontrar en este mundo el original? ¿Quién sabe cuántos reinos y montañas nos separarán y cuántas desgracias nos amenazarán? ¡Acaso en este mismo momento se verá rodeada de solícitos amantes mientras que yo, triste prisionero en esta torre, paso y pasaré mis días adorando una fantástica pintura!…"
El príncipe Ahmed se decidió a tomar una resolución. "Huiré de este palacio -dijo- que me sirve de odiosa prisión, y, peregrino de amor, buscaré a esa desconocida princesa por todo el mundo." El escaparse de la torre durante el día, cuando todo el mundo se hallaba despierto, era bastante difícil; pero por la noche el palacio no estaba muy guardado, pues nadie sospechaba en el príncipe un atrevimiento de esta clase, cuando siempre se había mostrado contento en su cautividad. ¿Y cómo guiarse para huir entre las tinieblas nocturnas, no conociendo el país? Se acordó entonces del búho, que, como salía a volar de noche, debía conocer todos los vericuetos y pasos ocultos. Fue, pues, a buscarle en su agujero, y le interrogó acerca de su conocimiento sobre el país. Al oír esto, le respondió dándose importancia: "Habéis de saber, ¡oh príncipe!, que nosotros los búhos somos una familia tan antigua como numerosa; hemos decaído algo, pero poseemos todavía ruinosos castillos y palacios en toda España; no hay torre en la montaña, fortaleza en el llano, ni antigua ciudadela en la población, que no sirva de abrigo a algún hermano, tío o primo nuestro. Habiendo hecho un viaje para visitar mis numerosos parientes, recorrí todos los rincones y escondrijos, enterándome de camino de los sitios, secretos del país". Regocijóse el príncipe de haber hallado al búho tan profundamente versado en topografía, y le informó, por último, en confianza, de su tierna pasión y de su proyectada fuga, rogándole al mismo tiempo que le sirviese de consejero.