– ¡Andad noramala! -le respondió el búho, mostrándose enojado-. ¿Soy yo ave que deba ocuparme en amores?… ¿Yo, que he consagrado mi vida a la meditación y a los astros?
– No os ofendáis, dignísimo búho -le dijo el príncipe- dejad por un poco tiempo de meditar en las estrellas y ayudadme en mi fuga, y os daré todo cuanto podáis apetecer.
– Yo tengo todo cuanto necesito -le replicó el búho-: unos cuantos ratones son suficientes para mi frugal sustento, y este agujero me basta para mis estudios; ¿qué más puede desear un filósofo?
– Acordaos, ¡oh sapientísimo búho!, de que mientras pasáis la vida vegetando en vuestra celda y observando la luna, todo vuestro talento está perdido para el mundo. Algún día seré soberano, y entonces os colocaré en un puesto de honor y dignidad.
El búho, aunque filósofo abstraído de las necesidades ordinarias de la vida, no estaba libre de ambición, por lo que consintió, al fin, en huir con el príncipe, sirviéndole de mentor y guía en su peregrinación.
Como los amantes ponen por obra prontamente sus planes de amor, el príncipe reunió seis alhajas y las escondió entre sus vestidos, destinándolas para los gastos del viaje, y aquella misma noche se descolgó con su ceñidor por el ajimez de la torre, escalando las murallas exteriores del Generalife, y salvó las montañas antes del amanecer, guiado por el búho.
Deliberó después con su mentor acerca de la ruta más conveniente que debían tomar.
– Si valiese mi parecer -le dijo el búho-, yo os recomendaría que marchásemos a Sevilla, pues habéis de saber que fui allí a visitar, hace ya de esto muchos años, a un búho tío mío, que gozaba de gran dignidad y poderío, el cual habitaba en un ángulo arruinado del alcázar en aquella ciudad. En mis salidas nocturnas a la población observé con frecuencia una luz que brillaba en una solitaria torre. Poséme entonces sobre el adarve y vi que procedía de la lámpara de un mago árabe a quien vi rodeado de sus libros mágicos, sosteniendo en el hombro a un viejo cuervo, su favorito, que había traído consigo del Egipto. Tengo relaciones con ese cuervo y a él le debo gran parte de la ciencia que poseo. El mago murió mucho después; pero el cuervo habita todavía en la torre, pues sabido es que esas aves gozan de larga vida. Yo os aconsejo, ¡oh príncipe!, que busquemos al cuervo, porque es un gran zahorí y hechicero y conoce perfectamente la magia negra, por la que son tan renombrados todas los cuervos, especialmente los de Egipto.
Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría que encerraba este consejo, y tomó, por lo tanto, la dirección hacia Sevilla. Caminaba solamente de noche, para complacer a su compañero, descansando de día en alguna tenebrosa caverna o desmantelada torre, pues el búho conocía todos los escondrijos y guaridas, y tenía verdadera pasión de anticuario por las ruinas.
Al fin, cierta mañana, al romper el día, llegaron a Sevilla, donde el búho, que aborrecía el resplandor y el ruido de las calles, hizo alto fuera de las puertas de la ciudad, sentando sus reales en el hueco de un árbol.
Pasó el príncipe la puerta, y encontró al poco tiempo la torre mágica, que sobresale por encima de las casas de la ciudad del mismo modo que la palmera se eleva sobre las hierbas del desierto; era, en resumen, la misma torre que existe actualmente conocida con el nombre de la Giralda, famosa torre morisca de Sevilla.
El príncipe subió por una gran escalera de caracol a lo alto de la torre, donde encontró el cabalístico cuervo, ave misteriosa con la cabeza encanecida y casi desplumada, y con una nube en un ojo que le hacía parecer un espectro; mirando con el ojo que le quedaba un diagrama trabado sobre el pavimento.
Llegóse el príncipe a él con el respeto y reverencia que inspiraban su venerable aspecto y sobrenatural sabiduría, y le dijo:
– Perdonad, ¡oh ancianísimo y sabio cuervo mágico, si interrumpo por un momento vuestros estudios, admiración del mundo entero. Aquí tenéis delante a un peregrino de amor, que desea pediros consejo para alcanzar el objeto de su pasión.
– Decidme claramente -le dijo el cuervo dirigiéndole una mirada significativa- si es que queréis consultar mi ciencia de zahorí; si es eso, mostradme vuestra mano y dejadme descifrar las misteriosas líneas de la fortuna.
– Dispensad -le dijo el príncipe-. No vengo para conocer los decretos del destino, ocultos por Allah a la vista de los mortales, sino que, peregrino de amor, deseo solamente conocer la clave para encontrar el objeto de mi peregrinación.
– ¿Conque se os presentan inconvenientes para encontrar el objeto de vuestra pasión en la seductora Andalucía? -le dijo el viejo cuervo mirándole con el único ojo que le quedaba-. Pero ¿cómo diantres os halláis perplejo en una Sevilla, donde bailan la zambra mil beldades de ojos negros bajo las copas de los naranjos?
Sonrojóse el príncipe oyendo hablar tan libremente al cínico cuervo, y le dijo con gravedad:
– Creedme, amigo mío; yo no persigo empresa tan inútil e innoble como me insinúa. Las beldades de ojos negros de Andalucía que bailan bajo los naranjos del Guadalquivir no tienen que ver nada con mi aventura; yo busco a una doncella purísima, al original de este retrato. Así pues, os ruego, ¡oh poderosísimo cuervo!, que me digáis si está al alcance de vuestra ciencia, de vuestra inteligencia o de vuestro arte el decirme dónde podré encontrarla.
El viejo cuervo se sintió corrido ante la severa gravedad del príncipe.
– ¿Qué he de saber yo -le dijo con sequedad- de juventudes ni de bellezas? Yo solamente visito a los viejos y a los decrépitos, no a los vigorosos y jóvenes. Yo soy el precursor del destino, y mi misión es cantar los presagios de la muerte desde lo alto de las chimeneas, batiendo mis alas junto a las ventanas de los que están enfermos. Podéis ir, por lo tanto, a otra parte en busca de esas noticias relativas a vuestra bella desconocida.
– ¿Y dónde ir a buscarla sino entre los hijos de la sabiduría, versados en el libro del destino? Sabed que soy un augusto príncipe influido por las estrellas, y que me encuentro destinado a llevar a cabo una empresa misteriosa de la cual depende la suerte de vastos imperios.
Cuando el cuervo vio que era un asunto de importancia en el cual influían las estrellas, cambió de tono y ademanes y escuchó con profundo interés la historia del príncipe. Luego que éste concluyó su relato, le dijo:
– Por lo que toca a esa princesa, no puedo daros noticias, pues yo no acostumbro a volar por los jardines ni por las cámaras frecuentadas por las damas; pero dirigid vuestros pasos a Córdoba, buscad la palmera del gran Abderramán, que está en el patio de la mezquita principal, y al pie de ella encontraréis un gran viajero que ha visitado todas las cortes y países y que ha sido favorito de reinas y princesas. Éste os facilitará cuantas noticias queráis acerca del objeto de vuestros desvelos.