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Debo añadir que el búho y el papagayo siguieron al príncipe a marchas descansadas hasta Granada, viajando el primero de noche y deteniéndose en las distintas posesiones hereditarias de su familia, mientras que el otro fue asistiendo a las reuniones más distinguidas de las ciudades y villas que se hallaban en el tránsito.

Ahmed, agradecido, remuneró los servicios que le habían prestado durante su peregrinación, nombrando al búho su primer ministro y al papagayo su maestro de ceremonias. Es ocioso, pues, el decir que jamás hubo reino tan sabiamente administrado ni corte más exacta en las reglas de la etiqueta.

LEYENDA DEL LEGADO DEL MORO

Hay en el interior de la fortaleza de la Alhambra, y frente al palacio real, una explanada grande y extensa, llamada Plaza de los Aljibes. Toma su nombre de los grandes depósitos de agua subterráneos que existen en ella desde el tiempo de los moros. En un extremo de la plaza se ve un pozo árabe, cortado también en el corazón de la roca, de una gran profundidad -que comunica con los aljibes- y cuya agua es fresca como la nieve y tan limpia y transparente como el cristal. Los pozas abiertos por los moros gozan de gran fama, pues es bien sabido qué esfuerzos empleaban hasta dar con los nacimientos y manantiales más puros y agradables. Este pozo de que nos estamos ocupando es célebre en Granada, principalmente porque los aguadores que de él se surten unos con grandes garrafas a las espaldas, y otros con jumentos llevándoles los cántaros están subiendo y bajando por las pendientes y frondosas alamedas de la Alhambra desde por la mañana muy temprano hasta las horas bien avanzadas de la noche.

Las fuentes y los pozos -desde los remotos tiempos de las Sagradas Escrituras- han sido muy notables, por constituir los sitios de concurrencia y conversación en los países cálidos. Ahora bien, el pozo de nuestra Alhambra es asimismo una especie de tertulia perpetua, que dura todo el santo día, formada por los inválidos, las viejas y todos los vagos y curiosos de la fortaleza, que se sientan sobre los bancos de piedra, bajo un toldo que se extiende sobre el brocal para resguardar del sol al cobrador. Allí se charla acerca de los sucesos de la fortaleza, se pregunta a los aguadores que van llegando por las noticias que corren en la capital, y se hacen largos comentarios sobre todo cuanto se ve y todo cuanto se oye. No hay hora del día en que no se oiga cuchichear a las comadres y holgazanas domésticas, que van allí con cántaros en la cabeza o en la mano, ansiosas de enterarse del último tema de conversación de la cháchara sempiterna de aquella buena gente.

Entre los aguadores que concurrían a este pozo había uno robusto, ancho de espaldas y corta y zambo de piernas, llamado Pedro Gil, conocido más bien por Peregil, por contracción y abreviatura. Siendo aguador, tenía que ser gallego, pues la naturaleza parece haber formado razas, así de hombres como de animales, para cada una de las diferentes ocupaciones; en Francia todos los limpiabotas son saboyanos; los porteros de las casas, suizos; y cuando se usaban tontillos y pelo empolvado en Inglaterra, nadie más que los irlandeses se cargaban con una silla de manos. Lo mismo sucede en España: los aguadores y mozos de cordel son todos robustos gallegos; nadie dice "Tráeme un mozo de cordel", sino "Anda y tráeme un gallego".

Volviendo a nuestra historia, Peregil, el gallego, había empezado su oficio con una sola garrafa grande, que llevaba a la espalda; poco a poco fue prosperando, y pudo comprar una ayuda, consistente en un animal, el más útil para su profesión; un pollino fuerte y de pelo largo. A cada costado de su orejudo cirineo, y en las correspondientes aguaderas, llevaba colocados sus cántaros, cubiertos con hojas de higuera para protegerlos del sol. No había en toda Granada otro aguador más trabajador ni más alegre que Peregil; en las calles resonaba su hermosa voz vibrante, cuando iba detrás de su pollino, pregonando con el usual grito de verano que se oye en todos los pueblos de España: "¿Quién quiere agua? ¡Agua más fría que la nieve!" Cuando servía a un parroquiano el limpio vaso, le dirigía siempre alguna frasecilla que le hiciese sonreír; y si tal vez atendía a alguna hermosa dama o remilgada señorita, le endilgaba una picaresca mirada o algún gracioso requiebro, con lo que el hombre se hacía irresistible. De tal manera, Peregil, el gallego, era tenido en toda Granada por el más cortés, jovial y feliz de los mortales. Pero, ¡ay!, en este mundo el que canta y bromea más suele ser a veces el que devora más pesares; así, bajo toda su aparente alegría, el honrado Peregil sufría mil penas y quebrantos. Tenía el infeliz una extensa familia, una numerosa prole harapienta, a la que era preciso dar el sustento, y la cual se le agolpaba hambrienta cuando volvía de noche a su tugurio, exhalando gritos, cual nido de pollos de golondrinas, pidiéndole a voces de comer. Su esposa y compañera le servía de todo, menos de alivio; guapa lugareña, antes de casarse se había hecho notable por su habilidad en bailar el bolero y en tocar las castañuelas, aficiones primitivas que todavía conservaba, pues o bien gastaba en fruslerías el jornal que con tanto trabajo y afán ganaba el pobre Peregil, o bien se apoderaba del pollino para irse de jolgorio al campo los domingos, los días de los santos y los innumerables días feriados, que en España son casi más numerosos que los días de trabajo. Mujer desidiosa y abandonada, gustaba de estarse tendida a la larga; pero, sobre todo, era una bachillera incansable, que abandonaba su casa, sus hijos y sus quehaceres domésticos por irse, en chanclas, de visiteos a las casas de sus habladoras vecinas.

Pero Aquel que regula el viento para la esquilada oveja acornada también el yugo del matrimonio a la sumisa cerviz. Peregil sobrellevaba pacientemente los despilfarros de su esposa y de sus hijos con tanta humildad como su pollino llevaba los cántaros del agua; y, aunque algunas veces se quedaba pensativo y caviloso, nunca se atrevió a poner en duda las virtudes caseras de su descuidada esposa.

Amaba a sus hijos del mismo modo que el búho ama a sus polluelos, viendo en ellos multiplicada y perpetuada su propia imagen, pues eran fornidos, de pequeña estatura y cortos y zambos de piernas, como él. El mayor placer del honrado Peregil, cuando podía darse el gusto de celebrar un día de fiesta, por tener ahorrados unos cuantos maravedises, cifrábase en coger a toda su prole, y unos en brazos, otros agarrados a su chaqueta y andando por su pie, llevarlos a disfrutar en saltar y brincar por las huertas de la vega, mientras que su mujer se quedaba de baile con sus amigotas en las angosturas del Darro.

Era una hora bastante avanzada de cierta noche de verano y ya casi todos los aguadores descansaban de su tarea. El día había sido extraordinariamente caluroso, y se presentaba una de esas deliciosas noches que tientan a los habitantes de los climas meridionales a desquitarse del calor enervante del día, quedándose al aire libre para gozar de la frescura de la atmósfera hasta cerca de la medianoche. Aún había por las calles consumidores de agua, por lo que Peregil, como considerado y amantísimo padre de sus hijos, se dijo pensando en sus retoños: "Daré un viaje más a los aljibes para ganarles el puchero del domingo a los chiquillos". Y así diciendo, emprendió con paso firme la pendiente alameda de la Alhambra, cantando por el camino y descargando de vez en cuando un varazo mayúsculo en los lomos de su borrico, como por vía de compás a su canturía o de refresco para el animal, pues en España les sirve de forraje el garrotazo limpio a las bestias de carga.

Cuando llegó al pozo lo encontró enteramente desierto, excepción hecha de un solitario extranjero vestido a la guisa morisca, que se veía sentado en uno de los bancos de piedra a la luz de la luna. Peregil se detuvo de pronto, y lo miró con extrañeza mezclada de terror; pero el moro le hizo señas para que se le acercase.