Fue como se lo esperaba. Vio a Baby, hizo alusión a lo de anoche y, como ella se limitara a sonreír indicando casi que nada había pasado, ya no encontró el coraje para tomarla por la mano y comprobar si algo había pasado. Podían ser dos cosas: que Baby le había dicho que no y que Baby, al comprobar que estaba borracho, había optado por no darle importancia al asunto en cuyo caso qué otra solución quedaba más que la de empezar de nuevo.
La feria de octubre fue la ocasión. Venían toros y toreros españoles y Taquito la invitó a ver las dos corridas del ídolo Ordóñez. Por supuesto que antes se leyó completitas las obras de Gregorio Corrochano y, en lo referente a La estética de Ordóñez, prácticamente se la aprendió de paporreta. A Acho llegó con puro y sombrero cordobés lo cual le valió más de un silbidito tipo hojita-de-té, pero qué diablos si Baby sabía compartir a fondo los verdaderos ambientes y eso precisamente era lo que él le estaba creando. La tarde se presentó perfecta.
Ordóñez, con un faenón de dos orejas y rabo, le dio tanto ambiente al asunto como la música de Sinatra le había dado antes a su encarnación del famoso cantante. La gente gritaba en la plaza, oles a granel, flores en el ruedo, pero Taquito, muy entendido, sabía en qué consiste la seriedad de un torero de Ronda y entre toro y toro le explicaba a Baby cuál era la exacta diferencia entre la escuela rondeña y la sevillana. Realmente la llegó a interesar, y terminada la corrida, ella aceptó gustosa seguir escuchándolo mientras tomaban un par de oportos en el bar del Bolívar. El embrujo se había creado, Baby estaba nuevamente cerquísima de él.
Y en la fiesta de Luz María Aguirre, Taquito, con la serenidad y elegancia de una verónica de Ordóñez, con un solo whisky bien saboreado, le iba a hablar definitivamente de sus sentimientos. No había miedo, no había cortedad posible, como en la escuela rondeña con el mínimo de pases el bello animal se aproximaría ya dominado a la hora de la verdad. Frases seguras, palabras bien dichas, una fina atención a sus deseos, un oporto traído a tiempo, una majestuosa calma serían los equivalentes de una breve y grande faena. El lugar era propicio. Se habían instalado al borde de una gran terraza que se elevaba un metro sobre el jardín. Abajo, en el tabladillo, bailaban las parejas y ellos, allí al borde, conversaban tranquilos, casi graves. Taquito hasta se sorprendía de lo bien que Baby se ajustaba a las circunstancias que él iba creando. Así hasta que llegó el momento en que ella tuvo su oporto y él su whisky. No; esta vez no iba a llegar intempestivamente y con la ayuda de copas a lo que quería; esta vez sin confusión ni engaños era él quien iba a encontrar el momento apropiado, con coraje, con hombría. Y ahora es cuando, ahora en que la orquesta estaba tocando un hermoso pasodoble, ahora en que Baby, volteando ligeramente para observar a las parejas, le había mostrado como nunca la desesperante dimensión de su belleza a los veintiún años. Ordóñez-Taquito se apoyó sólidamente sobre el espaldar de su asiento y echó una bocanada de humo antes de empezar a hablar, Baby, ha llegado el momento en que tenemos que ver muy claro en nuestros sentimientos… Eso es lo que estaba diciendo, apoyándose cada vez más en el espaldar para poder seguir el humo que se elevaba ayudándolo a hablar. No se dio cuenta Taquito de que los muebles suelen ser muy livianos en las terrazas y a punta de apoyarse se fue de espaldas, desapareciendo bruscamente de su declaración de amor.
Ésa fue la última tentativa que hizo por acercarse a la verdad, a lo que debía y tenía que ser la verdad. Dos veces se había acercado y las dos veces algo había ocurrido pero también algo había sido dicho. Entonces ¿por qué no reaccionaba Baby? Taquito llegó a pensar que era por insensible o por falta de inteligencia; cualquier otra persona se habría dado cuenta, habría hecho una alusión al asunto, se habría sentido aludida. Pero por esas épocas andaba demasiado embobado como para dar rienda suelta a tan negativos pensamientos. Qué quedaba más que seguir, seguir viendo a Baby, seguir saliendo con ella cuando no tenía cita con alguno de los tres solteros incasables con que salía a cada rato. Volvió a abrazarse con todos, volvió a compartir sus risas y optimismos, habló en público de los «lazos inseparables» que lo unían a Baby, pero en una comida de ex alumnos de su colegio bebió un poco más de la cuenta y extrañó profundamente las épocas en que hablaba a solas con el padre Manrique.
Sin embargo la vida empezó a darle grandes satisfacciones. De la Academia Diplomática se graduó con excelentes notas y dónde se ha visto un diplomático triste. Estaba tan contento con sus ocupaciones que en el fondo a lo mejor ni quería a Baby. La continuaba viendo, eso sí. Con ella iba a todas partes y ella era su compañera infalible cada vez que salía con algún amigo y su novia. Porque por esa época sus amigos empezaron a tener novias, a regalar anillos con brillantes y hasta a casarse. Ya no salían con amigas o enamoradas, ahora el asunto era con la novia, hasta con la esposa. «No, conmigo no es la cosa», dijo un día Taquito, cuando le preguntaron que cuándo iba a sentar cabeza. Lo dijo sin pensar, casi como un reflejo defensivo y de golpe descubrió que su frase le había encantado. Hombre, por qué no. Por qué no ser como el arquitecto y el conde y el abogadazo. Eso. La soltería, la soltería le caía de perilla, estaba perfectamente de acuerdo con su carácter y aquello de convertirse en un soltero cotizado e incasable le pareció una idea muy atractiva. «Sale con Baby pero ése no se casa nunca.» Exactamente. Era justo lo que iba a decir la gente sobre él, y qué mejor que tener fama de hombre de mundo, de solterón inconquistable.
Debutó feliz Taquito en su nuevo personaje. Se mandó hacer cuatro temos a la medida y con ayuda de su papá hasta se compró su carrito sport. A Baby la llevaba a la playa y era lindo ver sus cabellos volando al viento. Por las noches la invitaba al cine, a un bar de moda, a un restaurante y era realmente cojonudo parecerles a otros algo que hasta entonces otros le habían parecido a él. Cojonudo sentirme medio playboy. De humor andaba como nunca, todo lo tomaba a broma si Baby le decía, por ejemplo, esta noche no puedo salir contigo, él sobre la marcha le contestaba cuál de los tres, gringa, ¿el de las sienes plateadas, el arquitecto o el condecito? Pero un día ella le dijo que ninguno de los tres y entonces sí que se quedó desconcertado y triste.
En efecto, era uno nuevo y, lo peor, era el último. También lo saludó aspaventosamente, también lo abrazó cuando le tomó confianza, pero esta vez no era como las otras y muy pronto supo Taquito que el personaje tipo playboy acababa de derretirse ante la presencia del hombre que verdaderamente lo iba a apartar de Baby Schiaffino. Sintió de golpe que vivía en un mundo en el que todos habían nacido para casarse y que ahí el único que no iba a casarse nunca era él. Lo de Baby se veía venir, se había enamorado, Taquito se dio cuenta desde el día en que le presentó a Ignacio Boza, un hombre que era la encarnación de la madurez y que se afeitaba dos veces al día. Qué importaba que fuera un tipo con un brillante porvenir político, que añadiera una nueva dimensión a la curiosidad intelectual de Baby. Muchas cosas antes habían despertado su interés pero ahora estaba simple y llanamente enamorada.
Y sin embargo no lo excluyó. Por el contrario, lo llamaba cuando estaba sola, hasta lo invitaba a salir con ellos dos. Taquito encantado. Se hizo íntimo de Ignacio Boza y nunca se sintió de más acompañándolos. Muchos sábados pasaron sentados en la terraza de un club, hablando de política, de libros, y bebiendo la infalible copa de oporto de Baby. Pero una tarde, saliendo del Regatas, a Taquito se le vino a la cabeza una idea de lo más triste, de golpe se le ocurrió que estaban en una tira cómica y que Ignacio lo llevaba a todas partes metido en el bolsillo interior del saco; a veces lo mostraba y otras lo escondía. Esa noche soñó con Baby.
Después, durante el año y medio que transcurrió hasta el matrimonio de Baby, Taquito logró componer la realidad hasta el punto en que sus calladas esperanzas renacieron mezclando su nueva alegría con una sincera aflicción por el trágico destino que aguardaba a Ignacio Boza. En efecto, una noche se durmió con una fe terrible en aquel infarto que en medio de tantos ajetreos políticos sorprendería a su amigo, causándole repentinamente la muerte. Pero nada ocurrió hasta el día en que Baby recibió su flamante anillo de compromiso, quedando fijada la fecha de la boda para unos meses más tarde. Tirado en su cama, otra noche, semanas antes de la celebración, Taquito volvió a inferir en la realidad, aliviándose extrañamente. El avión que llevaba a la pareja en su viaje de luna de miel se estrellaba al aterrizar, dejando un trágico saldo de muertos y heridos. Tiempo más tarde, Baby, desengañada pero joven siempre y con toda una vida por delante, se sobreponía a tan terrible tragedia y encontraba otra vez el calor de la ilusión en el descubrimiento de un viejo afecto, el único real ahora, sólido y sincero como para durar ya para siempre.
En la otra realidad Taquito fue testigo de la novia, despidió con aplausos a la pareja cuando huyó del banquete de bodas, y cenó con ella un mes más tarde, al regreso de la luna de miel en Nassau. Pero en aquella ocasión fueron cuatro y no tres los comensales. Ana, prima por Adán de Baby, acompañaba a Taquito, dejándose coger la mano dulcemente. Todo había sucedido el mismo día del matrimonio cuando él, luego de haber almorzado en la mesa de honor, se lanzó algo turbado por tanto champán en busca de gente con quien comentar la radiante belleza de la novia. A las seis de la tarde la fiesta seguía y Taquito, sin saber muy bien cómo, conversaba encantado de la vida con una muchacha que le confesó haber oído hablar mucho de él, de su vieja amistad con su prima Baby. Horas después ambos cenaban en la Taberna y de ahí pasaban al Mon chéri. Una mezcla de champán, vino y whisky logró que se pareciera increíblemente a su prima y, a eso de las dos de la mañana, Taquito, entre borracho, sentimental y profundamente solo, soltó la más larga y paporreteada declaración de amor. Ana lo escuchó conmovida. Cosas como que algún día sería la esposa del embajador del Perú en Washington le encantaron, aunque de vez en cuando tenía que corregirlo porque él en lugar de Ana le decía Baby.