La cruz aún colgaba del cuello de Lee y yacía sobre la colchoneta, extendiéndose desde su garganta hacia Ig, como si la mirada de éste tuviera poder magnético y la atrajera en su dirección. El sol se reflejaba en ella y lanzaba destellos de oro hacia sus ojos, emitiendo la misma señal una y otra vez. No necesitaba saber Morse para entenderla. Era sábado y Merrin Williams estaría en la iglesia al día siguiente. Última oportunidad -decía la cruz-. Última oportunidad, última oportunidad.
Lee entreabrió ligeramente los labios. Parecía querer decir algo más, pero no sabía cómo seguir. Al fin dijo:
– El primo de Glenna, Gary, está organizando una fogata para dentro de un par de semanas. En su casa. Una especie de fiesta de final del verano. Tiene cohetes y cosas de ese tipo. Dice que incluso puede que haya cerveza. ¿Quieres venir?
– ¿Cuándo?
– El último sábado del mes.
– No puedo. Mi padre toca con John Williams y los Boston Pops. Es el estreno y siempre vamos a sus estrenos.
– Ah, vale -dijo Lee.
Se metió la cruz en la boca y la chupó, pensativo. Después se la sacó y soltó lo que llevaba un rato intentando decir:
– ¿Tú la venderías?
– ¿El qué?
– La cereza de Eva. El petardo bomba. En la casa de Gary hay un coche abandonado y dice que podemos destrozarlo. Podríamos echarle gasolina de mechero y quemarlo. -Se detuvo y después añadió-: No te he invitado por eso. Te he invitado porque estaría bien que vinieras.
– Sí, ya lo sé -dijo Ig-. Pero es que no me parece bien vendértelo.
– Pero si estás regalándome cosas todo el tiempo… Si fueras a venderlo, ¿cuánto pedirías? Tengo algo de dinero de las propinas que me saco vendiendo revistas.
También le podrías pedir veinte dólares a tu mamá, pensó Ig con una voz suave y casi maliciosa que le resultó irreconocible.
– No quiero tu dinero -dijo-. Pero te lo cambio.
– ¿Por qué?
– Por eso -dijo Ig señalando con la cabeza hacia la cruz.
Ya estaba dicho. Contuvo el siguiente aliento en los pulmones, una cápsula de oxígeno caliente con sabor a cloro, química y extraña. Lee le había salvado la vida, le había sacado del río cuando estaba inconsciente y le había ayudado a respirar otra vez e Ig estaba dispuesto a devolverle el favor, sentía que le debía a Lee cualquier cosa, todo excepto esto. La chica le había hecho señales a él, no a Lee. Comprendía que hacer un trato de este tipo con Lee no era justo, no tenía defensa moral posible, no era de personas decentes. Nada más pedirle que le devolviera la cruz se le encogió el estómago. Siempre se había visto como el bueno de la película, el héroe indiscutible. Pero los héroes no hacían algo así. En todo caso, tal vez había cosas más importantes que ser el bueno de la película.
Lee le miró mientras en las comisuras de los labios se le dibujaba una media sonrisa. Ig notó una oleada de calor en la cara pero no le dio demasiada vergüenza, le alegraba ruborizarse por ella. Dijo:
– Ya sé que no viene a cuento, pero creo que me gusta. Te lo habría dicho antes pero no quería interponerme en tu camino.
Sin dudarlo un instante, Lee se llevó las manos detrás del cuello y se soltó el broche.
– Sólo tenías que haberlo dicho. Es tuya, siempre lo ha sido. Tú la encontraste, no yo. Yo lo único que hice fue arreglarla. Y si te ayuda a llegar hasta ella me alegro de haber contribuido.
– Pensé que te gustaba. Tú no…
Lee hizo un gesto con la mano.
– ¿Me voy a pelear con un amigo por una chica que no sé ni cómo se llama? Con todas las cosas que me has dado, los CD… A pesar de que la mayoría son una mierda, no soy ningún ingrato, Ig. Si la vuelves a ver, ve a por todas. Yo te apoyo. Aunque no creo que vaya a volver.
– Sí, sí que va a volver -dijo Ig suavemente.
Lee le miró.
Toda la verdad salió a relucir sin que Ig pudiera evitarlo. Necesitaba saber que a Lee no le importaba, porque ahora eran amigos, y lo serían durante el resto de sus vidas.
Cuando vio que Lee no decía nada, sino que se quedaba allí flotando con la media sonrisa en su cara larga y estrecha, Ig siguió hablando:
– Me encontré con alguien que la conoce. El domingo pasado no estaba en la iglesia porque su familia se está mudando aquí desde Rhode Island y tenían que volver a recoger sus cosas.
Lee terminó de quitarse la cruz y se la lanzó con suavidad a Ig, quien la cogió justo cuando tocaba el agua.
– A por ella, tigre -dijo-. Tú eres quien la encontró y por la razón que sea yo no le hice tilín. Además, yo ya estoy bastante ocupado en lo que a tías se refiere. Ayer vino a verme Glenna para contarme lo del coche en casa de Gary y aprovechó para metérsela en la boca. Sólo un minuto, pero lo hizo. -Lee sonrió como un niño al que le acaban de regalar un globo-. Qué pedazo de putón, ¿no?
– Es una pasada -dijo Ig sonriendo débilmente.
Capítulo 19
Vio a Merrin Williams y simuló que no se daba cuenta. Tarea difícil, ya que el corazón le saltaba dentro del pecho, golpeándole las costillas como un borracho furioso que aporreara los barrotes de su celda. Había estado esperando este momento no sólo cada día, sino prácticamente cada hora del día desde que la vio por primera vez, y era casi más de lo que su sistema nervioso era capaz de soportar; tenía los circuitos a punto de explotar. Llevaba pantalones de algodón de color crema y una blusa blanca arremangada. Esta vez llevaba el pelo corto y le miró directamente mientras Ig avanzaba por el pasillo con su familia haciendo como que no la veía.
Lee y su padre entraron pocos minutos antes de que empezara la misa y se sentaron en un banco al lado de Ig, cerca del altar. Lee volvió la cabeza y miró con detenimiento a Merrin, de arriba abajo. Ésta pareció no darse cuenta, tan concentrada como estaba en Ig. Lee movió la cabeza simulando desaprobación antes de girarse de nuevo.
Merrin estuvo observando a Ig durante los cinco primeros minutos de la misa y en todo ese tiempo él no la miró directamente. Tenía las manos juntas y apretadas, las palmas resbaladizas por el sudor, y mantenía los ojos fijos en el padre Mould.
Ella no dejó de mirarle hasta que el padre Mould dijo:
– Oremos.
Se deslizó del banco para ponerse de rodillas y juntó las manos. Entonces fue cuando Ig se sacó la mano del bolsillo. La sostuvo en el cuenco de la mano, localizó un rayo de sol y la apuntó hacia ella. Una cruz de luz dorada y espectral bailó sobre la mejilla de Merrin y se posó en la comisura de uno de los ojos. La primera vez que le envió un destello cerró los ojos, la segunda vez parpadeó y la tercera le miró. Ig sujetaba la joya sin moverse, de modo que en el centro de su mano ardía una cruz dorada de pura luz que se reflejaba en la mejilla de ella. Merrin le miró con inesperada solemnidad, como el radioperador de una película bélica que está recibiendo un mensaje de vida o muerte de un camarada.
Lenta y deliberadamente, Ig empezó a mover la cruz para emitir el mensaje en Morse que había estado memorizando toda la semana. Se le antojaba importante transmitirlo de forma exacta y manejaba la cruz como si fuera una carga de nitroglicerina. Cuando hubo terminado, sostuvo la mirada de la chica por unos segundos y después escondió la cruz en la mano y volvió la vista a otro lado, mientras el corazón le latía con tal fuerza que estaba seguro de que su padre, arrodillado al lado, estaba oyéndolo. Pero su padre rezaba con las manos entrelazadas y los ojos cerrados.