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No era como si no tuvieran nada de qué hablar. Merrin estaba preocupada y no hacía falta ser un genio para entender por qué. Ig se marchaba a las doce menos cuarto del día siguiente en un vuelo de British Airways para trabajar con Amnistía Internacional y estarían separados por un océano durante medio año. Nunca habían pasado tanto tiempo sin verse.

Siempre sabía cuándo Merrin estaba preocupada por algo, conocía todos los síntomas. Se apartaba de él. Se dedicaba a alisar cosas con las manos -servilletas, su falda, las corbatas de él-, como si planchar estas prendas sin importancia sirviera para suavizar el camino hasta algún refugio futuro para los dos. Se olvidaba de reír y hablaba de las cosas con seriedad y madurez. Verla así le resultó gracioso, le hacía pensar en una niña pequeña vestida con las ropas de su madre. Era incapaz de tomarse su seriedad en serio.

No era lógico que estuviera preocupada. Aunque Ig sabía que la preocupación y la lógica rara vez van de la mano. Pero lo cierto es que ni siquiera habría aceptado el trabajo en Londres si ella no se lo hubiera dicho, si no le hubiera empujado a hacerlo. No estaba dispuesta a que dejara pasar esa oportunidad y había rebatido incansablemente todos sus argumentos en contra. Le había dicho que no le pasaría nada por probarlo seis meses. Que si lo odiaba siempre podía volver a casa. Pero no lo iba a odiar. Era justo el tipo de cosa que siempre había querido hacer, su trabajo ideal, los dos lo sabían. Y si le gustaba el trabajo -y así sería- y quería quedarse en Inglaterra, ella se reuniría con él. Harvard tenía un programa de intercambio con el Imperial College de Londres y su tutor de Harvard, Shelby Clarke, era el encargado de seleccionar a los candidatos; así que lo tenía muy fácil. En Londres podrían alquilar un apartamento. Ella le serviría té con pastas en bragas y después echarían un polvo a la inglesa. Ig se quedó sin argumentos, la palabra inglesa para «bragas» siempre le había resultado mucho más sexy que la americana. Así que aceptó el empleo y en verano se marchó a Nueva York para hacer un curso de formación y orientación de tres semanas. Y ahora había vuelto y Merrin ya estaba alisando cosas y a él no le sorprendía.

Caminó hasta la mesa abriéndose paso entre la concurrencia. Se inclinó para besarla antes de deslizarse en el asiento frente a ella. Merrin no le devolvió el beso en la boca, así que tuvo que conformarse con darle un beso rápido en la sien.

Tenía delante de ella una copa vacía de Martini y cuando llegó la camarera pidió otro y una cerveza para Ig. Éste la observó con placer. La suave línea de la garganta, el oscuro brillo de su pelo en la luz tenue, y al principio le siguió la corriente en lo que estaba diciendo, murmurando respuestas cuando se suponía que debía hacerlo y sólo escuchando a medias. No empezó a prestar realmente atención hasta que Merrin dijo que debía tomarse su estancia en Londres como unas vacaciones de su relación, e incluso entonces pensó que le estaba gastando una broma. No se dio cuenta de que hablaba en serio hasta que empezó a decir que sería bueno para los dos pasar tiempo con otras personas.

– ¿Sin la ropa puesta? -preguntó Ig.

– No estaría mal -contestó, y se bebió medio Martini de golpe.

Fue la forma en que dio el trago más que lo que dijo lo que le asustó. Bebía para hacer acopio de valor y por lo menos se había tomado ya un Martini -tal vez dos- antes de que él llegara.

– ¿Me consideras incapaz de esperar unos pocos meses? -preguntó. Se disponía a hacer un chiste sobre la masturbación, pero algo extraño le ocurrió antes de llegar a la frase graciosa. El aliento se quedó atrapado en la garganta y fue incapaz de seguir.

– No quiero preocuparme por lo que pasará de aquí a unos pocos meses. No podemos saber cómo te vas a sentir dentro de unos meses. O cómo me sentiré yo. No quiero que pienses que tienes que volver a casa sólo para estar conmigo. Ni que des por hecho que me voy a trasladar allí. Preocupémonos sólo del presente. Míralo de esta manera. ¿Con cuántas chicas has estado, en toda tu vida?

Ig la miró fijamente. Había visto muchas veces esa expresión de preocupación, de concentración, pero nunca hasta entonces le había dado miedo.

– Sabes perfectamente la respuesta -dijo.

– Sólo conmigo. Y nadie hace eso. Nadie pasa toda su vida con la primera persona con la que se acuesta. Ya no. No hay un solo hombre en el planeta que lo haga. Tiene que tener otras historias, al menos dos o tres.

– ¿Así es como lo llamas? ¿Historias? Qué fina.

– Bueno, vale -dijo ella-. Tienes que follarte a unas cuantas personas más.

Se escuchó una ovación del público del local. Un clamor de aprobación. Un jugador había tocado base con la pelota en la mano.

Ig iba a decir algo pero tenía la boca pastosa y necesitó dar un trago de cerveza. En el vaso sólo quedaba un culo. No recordaba cuándo le habían servido la cerveza ni era consciente de habérsela bebido. Estaba tibia y salada, como un trago de mar. Había esperado hasta hoy, doce horas antes de que partiera al otro lado del océano, para decirle esto, para decirle…

– ¿Estás rompiendo conmigo? ¿Quieres dejarme y has esperado hasta ahora precisamente para decírmelo?

La camarera estaba junto a su mesa con un cuenco de patatas fritas y una sonrisa rígida.

– ¿Queréis pedir ya? -preguntó-. ¿O queréis beber algo más?

– Otro Martini y otra cerveza, por favor -dijo Merrin.

– No quiero otra cerveza -dijo Ig sin reconocer esa voz pastosa y hosca, casi infantil.

– Entonces dos Martinis de lima -dijo Merrin.

La camarera se retiró.

– ¿De qué coño va esto? Tengo un billete de avión, un apartamento alquilado, una oficina. ¡Me esperan el lunes por la mañana para empezar a trabajar y me vienes con esta mierda! ¿Qué es lo que pretendes? ¿Que les llame mañana y les diga: «Gracias por darme un trabajo para el que había otros setecientos candidatos, pero creo que voy a pasar»? ¿Es una especie de examen para ver si me importas más que este trabajo? Porque si es así admitirás que es inmaduro e insultante.

– No, Ig. Quiero que te vayas y quiero que…

– Que me tire a otra.

Merrin encogió los hombros y a Ig le sorprendió lo feas que habían sonado sus palabras.

Pero Merrin asintió y tragó saliva.

– Más tarde o más temprano vas a acabar haciéndolo.

Ig tuvo un pensamiento absurdo formulado con la voz de su hermano: Bueno, así son las cosas. Puedes vivir la vida como un lisiado o como un pringado cobarde. No estaba seguro de que Terry hubiera pronunciado nunca esas palabras, pensó que se las había inventado por completo, y sin embargo le parecía recordarlas con la misma claridad con que alguien recuerda el estribillo de su canción favorita.

La camarera dejó con suavidad el Martini de Ig en la mesa y éste se lo llevó inmediatamente a la boca, bebiéndose un tercio de un trago. Era la primera vez que lo bebía y su sabor fuerte y azucarado le quemó la garganta y le cogió por sorpresa. El líquido descendió poco a poco por su garganta y le llegó a los pulmones. Su pecho era un horno de fundición y la cara le picaba por el sudor. Se llevó la mano al nudo de la corbata y forcejeó con él hasta soltarlo. ¿Por qué se habría puesto una camisa? Se estaba cociendo con ella. Era un infierno.