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– ¿Piensas en él alguna vez cuando estás follando conmigo?

– Por Dios, no. ¿Cómo puedes preguntar eso?

– Porque quiero saberlo todo. Quiero saber hasta el más puto detalle de lo que no me estás contando, cada sucio secreto.

– ¿Por qué?

– Porque así me resultará más fácil odiarte.

La camarera estaba rígida junto a su mesa. Paralizada justo cuando se disponía a servirles las bebidas.

– ¿Qué coño estás mirando? -le preguntó Ig, y la chica retrocedió tambaleándose.

La camarera no era la única que les miraba. En las mesas de alrededor la gente tenía las cabezas vueltas hacia ellos. Unos cuantos espectadores les miraban con expresión grave, mientras que otros, en su mayoría parejas jóvenes, les observaban divertidos, esforzándose por no reír. Nada resultaba tan entretenido como una discusión de pareja en público.

Cuando Ig volvió los ojos hacia Merrin ésta se había levantado y estaba de pie detrás de su silla. Tenía la corbata de Ig en la mano. La había cogido cuando él la tiró y desde entonces había estado alisándola y doblándola sin cesar.

– ¿Dónde vas? -preguntó Ig y la sujetó por el hombro cuando intentó escabullirse. Merrin se apoyó en la mesa. Estaba borracha. Los dos lo estaban.

– Ig -dijo-. El brazo.

Sólo entonces se dio cuenta de que le estaba estrujando el brazo, clavando en él los dedos con fuerza suficiente para notar el hueso. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente por abrir la mano.

– No me estoy escapando -dijo Merrin-. Necesito un momento para lavarme -añadió llevándose la mano a la cara.

– No hemos terminado esta conversación. Hay muchas cosas que no me estás contando.

– Si hay cosas que no quiero contarte no es por egoísmo. Es que no quiero hacerte daño, Ig.

– Demasiado tarde.

– Porque te quiero.

– No te creo.

Lo dijo para hacerla daño -en realidad no sabía si la creía o no- y sintió una alegría salvaje al ver que lo había conseguido. Los ojos de Merrin se llenaron de lágrimas, se tambaleó y apoyó una mano en la mesa una vez más para recuperar el equilibrio.

– Si no te he dicho algunas cosas ha sido para protegerte. Ya sé lo buena persona que eres y te mereces más que lo que has sacado de estar conmigo.

– Por fin estamos de acuerdo en algo. En que me merezco algo mejor.

Merrin esperó a que siguiera hablando, pero no podía, de nuevo le faltaba el aliento. Merrin se volvió y echó a andar a través de la gente hacia el lavabo de señoras. Ig se terminó el Martini mientras la veía marcharse. Estaba guapa vestida con aquella blusa blanca y una falda gris perla, y reparó en que dos chicos universitarios se volvían a su paso para mirarla y después uno de ellos dijo algo y el otro se rió.

Sintió que la sangre se le espesaba en las venas y las sienes le latían. No vio al hombre que estaba junto a la mesa ni le oyó decir: «Señor»; no le vio hasta que el tipo se inclinó para mirarle a la cara. Tenía cuerpo de culturista, con fuertes hombros que se marcaban bajo una camiseta blanca deportiva pegada y ojos azules y pequeños que sobresalían bajo una frente huesuda y prominente.

– Señor -repitió-, vamos a tener que pedirle a usted y a su mujer que se marchen. No podemos permitir que maltrate al personal.

– No es mi mujer. Es sólo alguien con quien solía follar.

El hombre corpulento -¿barman?, ¿gorila?-dijo:

– Aquí no nos gusta ese tipo de lenguaje. Guárdeselo para otra clase de sitios.

Ig se levantó, sacó su cartera y puso dos billetes de veinte dólares en la mesa antes de dirigirse hacia la puerta. Mientras caminaba le dominó una sensación de justicia. Déjala, fue lo que pensó. Cuando estaba sentado frente a ella, todo lo que quería era sonsacarle todos los secretos y hacer que sufriera todo lo posible en el proceso. Pero ahora que estaba fuera de su vista y que tenía espacio para respirar, sentía que sería un error darle más tiempo para justificar lo que había decidido hacerle. No quería quedarse y darle la oportunidad de diluir su odio con lágrimas, con más charlas sobre cómo le quería. No estaba dispuesto a comprender y tampoco quería sentir compasión.

Cuando volviera se encontraría la mesa vacía. Su ausencia sería más elocuente que cualquier cosa que dijera si se quedaba. No importaba que no tuviera coche. Era adulta, podía buscarse un taxi. ¿No era ése su argumento para follarse a alguien mientras él estuviera en Inglaterra? ¿Demostrar que era realmente adulta?

Nunca en su vida había estado tan seguro de estar haciendo lo correcto, y conforme se acercaba a la salida escuchó lo que parecía una ovación, un ruido de patadas en el suelo y palmas que creció en intensidad hasta que por fin abrió la puerta y se encontró con que estaba diluviando.

Cuando llegó al coche tenía las ropas empapadas. Metió la marcha atrás y arrancó antes siquiera de encender los faros. Puso los limpiaparabrisas a máxima velocidad y éstos empezaron a apartar la lluvia a latigazos, pero el agua seguía cayendo a raudales por el cristal, distorsionando su visión de las cosas. Escuchó un crujido y al mirar hacia abajo vio que se había chocado contra un poste de teléfono.

No pensaba salir a comprobar los daños. Ni se le pasó por la imaginación. Antes de incorporarse a la carretera, sin embargo, miró por la ventana del asiento del pasajero y, aunque la cortina de agua casi la tapaba, pudo ver a Merrin a unos pocos metros, de pie y encogida para protegerse de la lluvia. El pelo le caía en mojados mechones. Le dirigió una mirada de infelicidad a través del aparcamiento pero no le hizo gesto alguno para que se detuviera, para que la esperara o diera la vuelta. Ig pisó el acelerador y se alejó.

Veía el mundo pasar a gran velocidad por la ventana, una confusa sucesión de verdes y negros. Hacia el final de la tarde la temperatura había alcanzado los treinta y seis grados. El aire acondicionado estaba puesto al máximo, llevaba así todo el día. Sentado allí entre ráfagas de aire refrigerado apenas era consciente de que tiritaba con sus ropas empapadas.

Las emociones se acompasaban con su respiración. Al exhalar la odiaba y sentía ganas de decírselo y verle la cara mientras lo hacía. Al inhalar sentía una punzada de dolor por haberse marchado y haberla dejado bajo la lluvia, y quería volver y susurrarle que subiera al coche. La imaginaba todavía allí parada, esperándole. Miró por el espejo retrovisor por si la veía, pero, claro, para entonces El Abismo ya estaba casi un kilómetro atrás. En su lugar vio un coche de policía negro con la sirena en el techo pisándole los talones.

Miró el cuentakilómetros y descubrió que iba casi a noventa por hora cuando el límite era sesenta. Los muslos le temblaban con tal fuerza que casi le dolían. Con el pulso desbocado, aflojó el pie del acelerador y cuando vio un Dunkin' Donuts cerrado a la derecha de la carretera se desvió y detuvo el coche.

El Gremlin seguía circulando a demasiada velocidad y los neumáticos derraparon en la tierra, levantando piedras. Por el espejo lateral vio pasar de largo el coche de policía, sólo que no era un coche de policía, tan sólo un Pontiac negro con baca portaequipajes.

Permaneció temblando detrás del volante mientras esperaba a que el corazón recuperara su ritmo normal. Transcurridos unos minutos decidió que tal vez era un error seguir conduciendo con semejante tiempo, especialmente si tenía en cuenta que además estaba borracho. Esperaría a que dejara de llover; de hecho ya llovía menos. Lo siguiente que pensó es que Merrin tal vez estuviera intentando llamarle a su casa para asegurarse de que había llegado bien, y le alegró imaginar la respuesta de su madre: No, Merrin, no ha llegado todavía. ¿Ha pasado algo?

Entonces se acordó del móvil. Probablemente Merrin probaría a llamarle primero al móvil. Lo sacó del bolsillo, lo apagó y lo tiró al asiento del pasajero. Estaba seguro de que llamaría, y la idea de que pudiera imaginar que le había pasado algo -que había tenido un accidente o que, trastornado, se hubiera estampado adrede contra un árbol- le llenaba de satisfacción.