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La camarera no estaba mirando al banco e Ig se encogió contra el vinilo rojo. Ya era demasiado tarde para escabullirse sin ser visto. Consideró la posibilidad de esconderse bajo la mesa pero decidió que era una idea inquietante. Había una luz que iluminaba directamente el banco donde estaba sentado, de manera que aunque se apretara contra el asiento seguía proyectando una sombra de su cabeza, con los cuernos, en la mesa. La camarera vio primero la sombra y después le miró.

Las pupilas se le encogieron y palideció. Dejó caer los platos sobre la mesa con estrépito en un gesto de sorpresa, aunque lo más sorprendente de todo quizá fuera que ninguno se rompió. Después tomó aire con fuerza, preparándose para gritar, y fue entonces cuando reparó en los cuernos y el grito pareció morir en su garganta. Se quedó allí de pie.

– El letrero dice que los clientes pueden sentarse directamente -dijo Ig.

– Sí, muy bien. Déjame que limpie la mesa y te traeré la carta.

– En realidad -dijo Ig-, ya he comido.

Hizo un gesto señalando los platos sobre la mesa.

La camarera paseó la vista varias veces de sus cuernos a su cara.

– Tú eres ese chico -dijo-. Ig Perrish.

Ig asintió.

– Nos atendiste a mí y a mi novia hace un año, la última noche que estuvimos juntos. Quería decirte que siento las cosas que dije aquella noche y la forma en que me comporté. Te diría que me viste en mi peor momento, pero lo cierto es que aquello no fue nada comparado con lo que soy ahora.

– No me siento mal por aquello en absoluto.

– Ah, qué bien. Me parecía que te había causado una mala impresión.

– No, a lo que me refiero es a que no me arrepiento de haber mentido a la policía. Sólo siento que no me creyeran.

A Ig se le encogió el estómago. Ya estamos otra vez, pensó. La camarera había empezado a hablar consigo misma o, mejor dicho, con su demonio interior particular, un demonio que daba la casualidad de que tenía el rostro de Ig. Y si no encontraba una manera de controlar aquello -al menos de anular el efecto de los cuernos- no tardaría en volverse loco, si es que no lo estaba ya.

– ¿Qué mentiras dijiste?

– Le dije a la policía que la habías amenazado con estrangularla. Les dije que vi cómo la empujabas.

– ¿Y por qué les dijiste eso?

– Para que te condenaran. Para que no te libraras. Y mira ahora, ella está muerta y tú aquí. No sé cómo, pero te libraste, igual que mi padre después de lo que nos hizo a mi madre y a mí. Quería que fueras a la cárcel. -En un gesto inconsciente, levantó la mano y se retiró el pelo de la cara-. También quería salir en los periódicos, ser la testigo principal. Si hubiera habido juicio, yo habría salido en la televisión.

Ig la miró sin decir nada. La camarera siguió hablando:

– Lo intenté. Aquella noche, cuando te marchaste, tu novia salió corriendo detrás de ti y se olvidó el abrigo. Lo cogí y salí para devolvérselo; entonces vi que te marchabas sin ella. Pero eso no es lo que le dije a la policía. A ellos les dije que cuando salí te vi obligándola a entrar en el coche y salir a toda velocidad. Eso es lo que lo jodió todo, porque te chocaste contra un poste de teléfonos al dar marcha atrás y uno de los clientes oyó el golpe y miró por la ventana para ver qué había pasado. Le dijo a la policía que te habías ido sin la chica. El detective me pidió que me sometiera a la prueba del polígrafo para confirmar mi historia y tuve que desdecirme de esa parte. Entonces no se creyeron nada de lo que les había dicho. Pero sé lo que pasó. Sé que dos minutos más tarde te diste la vuelta y te la llevaste.

– Pues te equivocas. La recogió alguien que no era yo.

Al pensar en ello sintió náuseas.

Pero la posibilidad de estar equivocada en su juicio sobre él no parecía interesar a la camarera. Cuando volvió a hablar era como si Ig no hubiera dicho nada.

– Sabía que volvería a verte algún día. ¿Vas a obligarme a salir al aparcamiento contigo? ¿Vas a llevarme a algún sitio para sodomizarme?

Hablaba en un tono decididamente esperanzado.

– ¿Qué? ¡Claro que no! Pero ¿qué coño…?

La camarera pareció perder algo de entusiasmo.

– ¿Al menos me vas a amenazar?

– No.

– Puedo decir que lo has hecho. Puedo decirle a Reggie que me has aconsejado que me ande con cuidado. Eso estaría bien. -Su sonrisa se diluyó un poco más y dirigió una mirada contrita al culturista que estaba detrás de la barra-. Aunque probablemente no me creería. Reggie cree que soy una mentirosa compulsiva y supongo que tiene razón. Me gusta inventarme pequeñas historias. De todas maneras nunca debería haberle contado a Reggie que mi novio, Gordon, murió en la World Trade Tower después de haberle dicho a Sarah -otra camarera que trabaja aquí- que había muerto en Irak. Debería haber supuesto que compararían sus respectivas informaciones. Pero para mí es como si estuviera muerto. Rompió conmigo por correo electrónico, así que que le den por culo. ¿Por qué te estoy contando todo esto?

– ¿Porque no puedes evitarlo?

– Eso es, no puedo -dijo y se estremeció, en una reacción de claras connotaciones sexuales.

– ¿Qué os hizo tu padre a ti y a tu madre? ¿Os…, os hizo daño? -preguntó Ig sin estar muy seguro de querer oír la respuesta.

– Nos dijo que nos quería pero era mentira. Se marchó a Washington con mi profesora de quinto curso. Allí empezó una nueva familia, tuvo otra hija a la que quiere más de lo que nunca me quiso a mí. Si de verdad me hubiera querido me habría llevado con él en lugar de dejarme con mi madre, que es una vieja zorra amargada y deprimente. Me dijo que siempre formaría parte de mi vida, pero ni de coña. Odio a los mentirosos. A los otros mentirosos, quiero decir. Mis pequeñas historias no hacen daño a nadie. ¿Quieres oír la historia que cuento sobre ti y tu novia?

La pizza que se había comido había formado una pesada bola en su estómago.

– Pues creo que no.

La camarera enrojeció de placer y recuperó la sonrisa.

– A veces viene gente y me pregunta qué le hiciste. Con sólo mirarles sé cuánto quieren saber, si sólo la información básica o también los detalles desagradables. Los universitarios, por lo general, quieren algo truculento, así que les digo que después de reventarle los sesos la pusiste boca abajo y la sodomizaste.

Al intentar ponerse de pie, se golpeó las rodillas con la mesa y los cuernos chocaron con la lámpara de vidrio cromado que colgaba sobre el mantel. La lámpara empezó a balancearse y su sombra cornuda se proyectó sobre la camarera y a continuación se alejó, realizando este movimiento varias veces. Tuvo que sentarse otra vez; le dolían las rodillas.

– No la… -empezó a decir-. Eso no…, zorra pervertida.

– Lo sé -confesó la camarera no sin orgullo-. No sabes lo mala que soy. Pero deberías ver sus caras cuando se lo cuento. A las chicas sobre todo las encanta esa parte. Siempre es excitante escuchar cómo desvirgan a alguien. A todo el mundo le gusta un crimen sexual y en mi opinión todas las historias mejoran con un toque de sodomía.

– ¿Te das cuenta de que estás hablando de alguien a quien yo quería? -preguntó Ig. Sentía pinchazos de dolor en los pulmones y le costaba trabajo respirar.

– Sí, claro -dijo la camarera-. Por eso la mataste. Por eso mata la gente normalmente. No por odio, sino por amor. A veces me gustaría que mi padre nos hubiera querido a mi madre y a mí lo suficiente para matarnos y suicidarse él después. Eso habría sido una gran tragedia, en lugar de una ruptura más, aburrida y deprimente. Si hubiera tenido narices para cometer un doble homicidio, todos habríamos salido en la televisión.