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– Yo no maté a mi novia.

Ante estas palabras la camarera por fin pareció reaccionar. Arrugó el ceño y frunció los labios en un gesto de confusa decepción.

– Pues eso no tiene nada de divertido. Me parecías mucho más interesante cuando creía que habías matado a alguien. Aunque llevas cuernos, y eso sí es divertido. ¿Es un tipo de modificación corporal?

– ¿Un tipo de qué?

– Modificación corporal. ¿Te lo has hecho tú?

Aunque seguía sin recordar la noche anterior -se acordaba de lo ocurrido hasta la borrachera en el bosque, junto a la fundición, pero después todo era una horrible nebulosa- sabía la respuesta a esta pregunta. Se le ocurrió inmediatamente, sin pensar.

– Sí -dijo.

Capítulo 23

La camarera le había dicho que resultaría más interesante si matara a alguien, así que pensó: ¿por qué no a Lee Tourneau?

Era una alegría saber adónde se dirigía, subir al coche con un destino fijo. Las ruedas levantaron polvo cuando arrancó. Lee trabajaba en la oficina del congresista en Portsmouth, en New Hampshire, a cuarenta minutos de allí, y a Ig le apetecía dar una vuelta en coche. Por el camino tendría tiempo de perfilar un plan.

Primero pensó que usaría las manos. Le estrangularía como él había estrangulado a Merrin. Merrin, que quería a Lee, había sido la primera en ir a su casa a consolarle el día en que su madre murió. Ig agarró el volante como si ya estuviera asfixiando a Lee y lo sacudió lo suficientemente fuerte como para hacer temblar la barra de la dirección.

Su segundo pensamiento fue que tenía que haber una barra de hierro en el maletero. Podría ponerse la cazadora -estaba tirada en el asiento trasero- y guardarse la barra dentro de la manga. Cuando tuviera a Lee delante podría dejarla caer hasta la mano y golpearle en la cabeza. Se imaginó el crujido cuando la barra entrara en contacto con el cráneo y tembló de excitación.

Lo que le preocupaba era que sería una muerte demasiado rápida, que Lee podría no llegar a saber nunca quién o qué le había golpeado. En una situación ideal, obligaría a Lee a meterse en el coche y le llevaría a algún lugar para ahogarle. Sujetaría su cabeza debajo del agua y le vería resistirse. Este pensamiento le hizo sonreír y no reparó en que le salía humo por las fosas nasales. Con la luz que entraba a raudales en el coche, parecía sólo neblina de verano.

Después de que Lee perdiera casi por completo la visión del ojo izquierdo, pasó un tiempo tranquilo, sin llamar la atención. Hizo veinte horas de trabajo voluntario para cada una de las tiendas en que había robado, independientemente de lo que se hubiera llevado de ellas, unas deportivas de treinta dólares o una chaqueta de cuero de doscientos. Escribió una carta al periódico detallando cada uno de sus delitos y pidiendo disculpas a los encargados de las zapaterías, a sus amigos, a su madre, a su padre y a la iglesia. Abrazó decididamente la religión y se apuntó a todos los programas que organizaba el Sagrado Corazón. Todos los veranos trabajaba con Ig y Merrin en Camp Galilee.

Y un día cada verano acudía como orador invitado a los servicios matutinos de los domingos de Camp Galilee. Siempre empezaba contando a los niños que había sido un pecador, que había robado y mentido, utilizado a sus amigos y manipulado a sus padres. Les contaba que había estado ciego pero que por fin había visto la luz y, mientras lo hacía, se señalaba el ojo izquierdo. Cada verano soltaba el mismo discurso moralizante. Ig y Merrin le escuchaban desde las últimas filas de la capilla y cada vez que Lee se señalaba el ojo y citaba el himno Amazing Grace a Ig se le ponía la carne de gallina. Se sentía afortunado por conocerle, por participar aunque fuera sólo un poco de su gloria.

Era una historia muy buena y a las chicas les gustaba especialmente. Les gustaba tanto que Lee hubiera sido malvado como el hecho de que se hubiera reformado. Había algo insoportablemente noble en la forma que tenía de admitir las cosas que había hecho, sin asomo alguno de vergüenza ni timidez. Salir con chicas era la única tentación a la que no se resistía.

Le habían aceptado en el seminario de Bangor, en Maine, pero Lee renunció a la teología cuando su madre enfermó, y volvió a casa a cuidarla. En aquel entonces sus padres se habían divorciado y su padre se había mudado con su segunda mujer a Carolina del Sur. Lee se ocupó de su madre; le compraba las medicinas, le cambiaba las sábanas y los pañales y veía con ella la televisión. Cuando no estaba a la cabecera de su cama asistía a clases en la Universidad de New Hampshire, y se licenció en Ciencias de la Información. Los sábados conducía hasta Portsmouth para trabajar en la oficina del último congresista electo de New Hampshire.

Empezó como voluntario sin sueldo, pero para cuando su madre murió ya era empleado a tiempo completo y responsable de difundir los aspectos relacionados con la religión del programa del congresista. Mucha gente pensaba que Lee era la principal razón por la que el congresista había sido reelegido. Su oponente, un antiguo juez, había autorizado a una delincuente embarazada a abortar en su primer trimestre, algo que Lee había equiparado con aplicar la pena capital a un nonato. Lee acudió a la mitad de las iglesias del estado a hablar del caso. Se le daba muy bien el púlpito, ataviado con su corbata y su camisa blanca recién planchada, y nunca perdía la oportunidad de admitir que era un pecador, lo que a su público le encantaba.

Su labor en la campaña también había sido la causa de la única pelea que había tenido con Merrin, aunque Ig no estaba seguro de si podía llamársele pelea cuando uno de los participantes no había tenido ocasión de defenderse. Merrin puso verde a Lee con el asunto del aborto, pero éste se lo tomó con calma y dijo:

– Si quieres que deje mi trabajo, Merrin, mañana entregaré la carta de renuncia. No tengo ni que pensarlo. Pero si me quedo tengo que hacer aquello para lo que me contrataron, y pienso hacerlo bien.

Merrin le dijo que no tenía vergüenza. Lee le contestó que en ocasiones pensaba que sólo tenía eso, y Merrin le pidió que no se pusiera en plan trascendental; pero no volvió a sacar el tema.

A Lee siempre le había gustado mirarla. Ig se había dado cuenta a veces de que la observaba cuando se levantaba de la mesa y llevaba puesta una falda. Siempre le había gustado mirarla y a Ig no le importaba. Merrin era suya. Y de todas maneras, después de lo que le había hecho a Lee en el ojo -con el tiempo había llegado a convencerse de que era personalmente responsable de la ceguera parcial de su amigo-, no podía escatimarle una miradita a una mujer guapa. Lee solía decir que el accidente podía haberle dejado completamente ciego y que trataba de disfrutar todas y cada una de las cosas que veía como si fueran la última cucharada de un helado. Tenía un talento especial para decir cosas de ese estilo, para admitir con toda naturalidad sus debilidades y sus errores, sin miedo a que se burlaran de él. Claro que nadie lo hacía, más bien al contrario. Todo el mundo le buscaba. Su éxito de convocatoria era la leche. Tal vez un día decidiera presentarse a unas elecciones. Ya se había rumoreado algo al respecto, aunque Lee se burlaba de todos los que se lo sugerían argumentando, a lo Groucho Marx, que nunca querría formar parte de un club que lo aceptara a él como miembro. Pero Ig recordaba que César también había rechazado el poder tres veces.

Algo le golpeaba las sienes; como un martillo sobre metal caliente, un chasquido agudo y constante. Se desvió de la carretera interestatal y siguió la autopista hasta el parque empresarial donde el congresista tenía sus oficinas, en un edificio con un gran vestíbulo cuneiforme acristalado que sobresalía de la fachada como la proa de un gigantesco y transparente buque cisterna. Condujo hasta la entrada trasera.