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El aparcamiento de tejado negro detrás del edificio estaba casi vacío, recociéndose bajo el sol de la tarde. Ig aparcó, cogió la cazadora de nailon azul del asiento trasero y salió del coche. Hacía demasiado calor para llevar chaqueta, pero se la puso de todas maneras. Le agradó notar el sol en la cara y en la cabeza y sentir el calor que despedía el asfalto bajo sus pies. De hecho le produjo un gran placer.

Abrió el maletero y levantó la tapa del compartimento donde estaban las herramientas y la rueda de repuesto. La llanta de hierro estaba sujeta a un panel metálico, pero los tornillos estaban oxidados y al tratar de aflojarlos se hizo daño en las manos. Desistió y echó un vistazo en su kit de emergencias en carretera. Había una bengala de magnesio envuelta en suave papel encerado. Sonrió: una bengala era mucho mejor que una barra de hierro. Le serviría para quemarle a Lee su cara bonita. Dejarle ciego del otro ojo tal vez. Eso podría estar tan bien como matarle. Además, lo de la bengala resultaba mucho más apropiado. ¿No dice la canción que el fuego es el mejor amigo del demonio?

Cruzó el aparcamiento bajo el calor reluciente. Era el verano en que las langostas de diecisiete años salían para aparearse y los árboles de detrás del aparcamiento resonaban con su zumbido vibrante e intenso, como un gigantesco pulmón artificial. Su cabeza se llenó de él; era el sonido de su jaqueca, de su locura, de su furia clarividente. Le vino al pensamiento un fragmento del Apocalipsis: «Y del humo del pozo salieron langostas en la tierra». Las langostas salían cada diecisiete años para aparearse y morir. Lee Tourneau era un insecto, no era mejor que las langostas; de hecho era bastante peor. Ya se había apareado y ahora le había llegado el momento de morir. Ig le ayudaría. Mientras cruzaba el aparcamiento, se escondió la bengala en la manga de la cazadora y la sujetó con la mano derecha.

Se acercó a unas puertas de plexiglás impresas con el nombre del honorable congresista de New Hampshire. Eran reflectantes y vio su imagen en ellas: un hombre escuálido y sudoroso con una cazadora cerrada hasta el cuello y aspecto de ir a cometer un delito. Por no hablar de los cuernos. Las puntas le habían desgarrado la carne de las sienes y el hueso de debajo estaba teñido de sangre rosácea. Peor que los cuernos, pensó, era la manera en que sonreía. Si hubiera estado de pie al otro lado de las puertas y se hubiera visto entrar, habría echado el cerrojo y llamado a la policía.

Entró en un silencio refrigerado y mullido. Un hombre gordo con el pelo rapado estaba sentado detrás de una mesa hablando animadamente por un auricular. A la derecha de la mesa había un control de seguridad, donde los visitantes debían pasar por un arco detector de metales. Un agente de policía estaba sentado detrás del monitor de rayos X mascando chicle. Una puerta corredera de plexiglás detrás de la mesa del recepcionista daba a una habitación pequeña apenas amueblada con un mapa de Nueva York pegado a la pared y un monitor de seguridad sobre una mesa. Un segundo agente, un hombre corpulento de anchas espaldas, estaba sentado ante una mesa plegable inclinado sobre unos papeles. Ig no podía verle la cara, pero tenía el cuello grueso y una gran cabeza calva que le resultaban vagamente obscenos.

Aquellos agentes de policía y el detector de metales le pusieron nervioso. Al verlos le vinieron a la cabeza malos recuerdos en el aeropuerto Logan y empezó a sudar por todo el cuerpo. Llevaba más de un año sin visitar a Lee y no recordaba haber tenido que pasar antes por ningún control de seguridad.

El recepcionista dijo: «Adiós, cariño» por el auricular, pulsó un botón de su mesa y miró a Ig. Tenía una cara grande y redonda con forma de luna y probablemente se llamaba Chet o Chip. Detrás de las gafas de montura cuadrada sus ojos brillaban de consternación o de asombro.

– ¿Puedo ayudarle? -preguntó a Ig.

– Sí. ¿Podría…?

Pero entonces algo captó la atención de Ig: el monitor de seguridad de la habitación al otro lado de la ventana de plexiglás. Transmitía una imagen distorsionada de la zona de recepción, de las macetas con plantas, los sillones caros de aspecto inofensivo y de Ig. Sólo que algo ocurría con el monitor, porque Ig se dividía en dos figuras superpuestas que se juntaban y se volvían a escindir. La parte de la pantalla que ocupaba él parpadeaba y bailaba. La imagen primaria de Ig le mostraba tal y como era, un hombre pálido y delgado con grandes entradas, perilla y cuernos curvos.

Pero después había otra imagen secundaria, como una sombra oscura y sin rasgos que aparecía de forma intermitente. En esta segunda versión no tenía cuernos; es decir, era una imagen no de quien era, sino de quien había sido. Era como ver su propia alma tratando de liberarse del demonio al que estaba anclada.

El agente sentado en la habitación desnuda y fuertemente iluminada con el monitor también se había dado cuenta y se había incorporado de la silla para estudiar la pantalla. Ig seguía sin verle la cara; se había girado de tal modo que sólo alcanzaba a verle la oreja y su cráneo blanco y pulido, una bola de cañón hecha de carne y hueso encajada en un cuello grueso y tosco. Pasado un instante, el agente dio un puñetazo en el monitor tratando de corregir la imagen, tan fuerte que por un momento la pantalla se quedó en negro.

– ¿Señor? -dijo el recepcionista.

Ig apartó al vista del monitor.

– ¿Podría avisar a Lee Tourneau por el busca? ¿Le puede decir que está aquí Ig Perrish?

– Necesito ver su carné de conducir y hacerle una tarjeta de identificación antes de dejarle pasar -dijo el recepcionista con voz plana y automática mientras observaba los cuernos fascinado.

Ig miró hacia el control de seguridad y supo que no podría pasar con una bengala de magnesio en la manga.

– Dígale que le espero aquí fuera. Dígale que le interesa verme.

– Lo dudo -dijo el recepcionista-. No puedo imaginar que le interese a nadie. Es usted horrible. Tiene cuernos y es usted un horror. Mirándole pienso que ojalá no hubiera venido hoy a trabajar. De hecho he estado a punto de no venir. Una vez al mes me regalo un día de salud mental y me quedo en casa. Me pongo las bragas de mi madre y me pego un buen calentón. Para ser una vieja tiene bastante buen material. Un corsé de satén negro con ballenas y correas, una pasada.

Tenía los ojos vidriosos y saliva en las comisuras de los labios.

– Me hace gracia que lo llame precisamente «un día de salud mental» -dijo Ig-. Avise a Lee Tourneau, ¿quiere?

El recepcionista se giró noventa grados dándole parcialmente la espalda. Pulsó un botón y murmuró algo al auricular. Escuchó un momento y después dijo:

– De acuerdo. -Se volvió hacia Ig con la cara redonda cubierta de sudor-. Va a estar reunido toda la mañana.

– Dígale que sé lo que ha hecho. Con esas mismas palabras. Dígale a Lee que si quiere hablar de ello le esperaré cinco minutos en el aparcamiento.

El recepcionista le miró inexpresivo, después asintió y volvió a darle la espalda. Hablando al auricular, dijo:

– ¿Señor Tourneau? Dice… Dice que…, ¿que sabe lo que ha hecho? -En el último momento había transformado la afirmación en pregunta.

Sin embargo Ig no oyó qué más dijo, porque al momento escuchó una voz que le hablaba al oído, una voz que conocía bien pero que no había oído en varios años.

– ¡El cabrón de Iggy Perrish! -dijo Eric Hannity.

Se volvió y vio al policía calvo que había estado sentado frente al monitor de seguridad en la habitación al otro lado de la ventana de plexiglás. A los dieciocho años Eric parecía un adolescente salido de un catálogo de Abercrombie & Fitch, grande y musculoso, con pelo castaño rizado y corto. Le gustaba andar descalzo, las camisas desabrochadas y los pantalones vaqueros caídos. Pero ahora que tenía casi treinta años, su rostro había perdido toda definición y se había convertido en un bloque de carne, y cuando empezó a caérsele el pelo había optado por afeitárselo antes que enzarzarse en una batalla perdida de antemano. Ahora lucía una calva espléndida; de haber llevado un pendiente en una oreja podría haber interpretado a Mr. Proper en un anuncio de televisión. Había elegido, tal vez inevitablemente, una profesión similar a la de su padre, un oficio que le garantizaba la autoridad y la cobertura legal necesarias en caso de que decidiera hacer daño a alguien. En los tiempos en que Ig y Lee todavía eran amigos -si es que lo habían sido de verdad alguna vez-, Lee había mencionado que Eric era el jefe de seguridad del congresista. También dijo que se había ablandado mucho. Incluso habían salido a pescar juntos un par de veces. «Claro que de cebo usa los hígados de los manifestantes que previamente ha destripado -le había dicho Lee-. Para que te hagas una idea».