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– ¿Eso es todo lo que tienes que decir sobre tu comportamiento? ¿Que las cosas se salieron de madre? Sabes que he venido a matarte.

Lee le observó un instante, después miró sobre su hombro a Eric Hannity y luego otra vez a Ig.

– Dado tu historial, Ig, no deberías hacer esas bromas. Después de lo que has pasado con lo de Merrin, tienes que andarte con ojo con lo que dices en presencia de un representante de la ley. Sobre todo si es alguien como Eric, que no entiende muy bien la ironía.

– No estoy siendo irónico.

Lee se llevó la mano a la cadena de oro alrededor del cuello y dijo:

– Por si te sirve de consuelo, me siento fatal. Y parte de mí se alegra de que te hayas enterado. No la necesitas en tu vida, Ig. Estás mejor sin ella.

Sin poderlo evitar, Ig dejó escapar un quejido ahogado de furia y miró a Lee. Esperaba que éste retrocediera, pero se quedó donde estaba y se limitó a mirar de nuevo a Eric, quien asintió. Entonces Ig miró a Eric… y se detuvo. Por primera vez reparó en que la funda de su pistola estaba vacía. La razón era que había cogido el revólver y lo tenía escondido bajo la axila. Ig no podía ver el arma pero notaba su presencia, podía sentir su peso como si la estuviera sosteniendo él mismo. No dudaba además de que Eric la usaría. Estaba deseando disparar al hermano de Terry Perrish y salir en los periódicos -«Policía heroico mata el presunto violador y homicida»- y si Ig tocaba un pelo a Lee le daría la excusa que necesitaba. Los cuernos harían el resto, obligando a Hannity a satisfacer sus más bajos impulsos. Así era como funcionaban.

– No sabía que la quisieras tanto -dijo por fin Lee mientras respiraba pausada y regularmente-. Dios, Ig, esa tía era basura. Vale, no era mala persona, pero Glenna siempre ha sido basura. Creía que sólo vivías con ella para no tener que volver a la casa de tus padres.

Ig no tenía ni idea de qué estaba hablando Lee. Por un momento el día pareció detenerse, incluso el estruendo de las langostas pareció desaparecer. Entonces comprendió, recordó lo que Glenna le había contado aquella mañana, la primera confesión que habían inspirado los cuernos. Le parecía imposible que hubiera sido aquella misma mañana.

– No estoy hablando de Glenna -dijo-. ¿Cómo puedes pensar que estoy hablando de ella?

– ¿De quién hablas entonces?

Ig no lo entendía. Todos confesaban. En cuanto le veían, en cuanto veían sus cuernos empezaban a largar secretos, no podían evitarlo. El recepcionista quería ponerse las bragas de su madre y Eric Hannity estaba buscando una excusa para matarle y salir en los periódicos. Ahora le tocaba a Lee y lo único que admitía era que se había dejado hacer una mamada por una tía borracha.

– Merrin -dijo con voz áspera-. Estoy hablando de lo que le hiciste a Merrin.

Lee ladeó la cabeza sólo un poco, lo suficiente para apuntar con la oreja derecha hacia el cielo, como un perro atento a un ruido lejano. Después emitió un suspiro suave y sacudió la cabeza muy levemente.

– Me he perdido, Ig. ¿Qué se supone que le he hecho a…?

– Matarla, hijo de puta. Sé perfectamente que fuiste tú. La mataste y obligaste a Terry a guardar silencio.

Lee dirigió a Ig una mirada larga y contenida. Después volvió la vista hacia Eric para asegurarse, según pensó Ig, de si estaba lo suficientemente cerca como para oír la conversación. No lo estaba. Entonces Lee volvió la vista a Ig y cuando lo hizo su cara no delataba sentimiento alguno. El cambio fue tal que Ig casi gritó de nuevo, una reacción cómica, un diablo asustado de un hombre cuando se suponía que debía ser al contrario.

– ¿Terry te ha contado eso? -preguntó Lee-. Porque si lo ha hecho es un mentiroso.

Lee parecía ser inmune a los cuernos de algún modo que Ig no lograba comprender. Era como si hubiera un muro y los cuernos no pudieran penetrarlo. Ig se concentró en hacerlos funcionar y por un instante notó en ellos una oleada de calor, sangre y presión, pero no duró mucho. Era como intentar tocar una trompeta llena de trapos: por mucho que te esfuerces, no suena.

Lee siguió hablando:

– Espero que no le haya contado esa historia a nadie más. Y espero que tú tampoco.

– Todavía no, pero pronto todo el mundo sabrá lo que hiciste.

¿Veía al menos los cuernos? No los había mencionado. Ni siquiera parecía haberlos mirado.

– Será mejor que no -dijo Lee, y contrajo los músculos de los extremos de la mandíbula mientras se le ocurría una idea-. ¿Estás grabando esto?

– Sí -dijo Ig, pero tardó demasiado en reaccionar y, de todas formas, era la respuesta incorrecta. Nadie que estuviera intentando cazar a alguien admitiría estar grabando una conversación.

– No. No lo estás. Nunca has sabido mentir, Ig -dijo Lee con una sonrisa. Con la mano izquierda acariciaba la cadena de oro del cuello y tenía la derecha metida en el bolsillo-. Es una pena. Si estuvieras grabando esta conversación, podría servirte de algo. Pero tal y como están las cosas no creo que puedas probar nada. Tal vez tu hermano dijera algo cuando estaba borracho, no lo sé. Pero fuera lo que fuera, olvídalo. Yo que tú no lo iría repitiendo por ahí. Esas cosas siempre terminan mal. Piénsalo: ¿te imaginas a Terry yendo a la policía con el cuento de que yo maté a Merrin sin ninguna prueba, sólo su palabra contra la mía y además teniendo en cuenta que ha estado callado un año entero? ¿Sin pruebas que respalden su acusación? Porque no hay ninguna, Ig, no queda nada. Si va a la policía, en el mejor de los casos será el fin de su carrera. Y en el peor tal vez terminemos los dos en la cárcel, porque te juro que no pienso ir solo.

Lee se sacó la mano del bolsillo y se frotó el ojo bueno con un nudillo, como para limpiarlo de una mota de polvo que se le hubiera metido. Por un momento cerró el ojo derecho y miró a Ig sólo con el malo, un ojo atravesado con rayos blancos. Y por primera vez Ig comprendió lo terrible de aquel ojo, lo que siempre había tenido de terrible. No era que estuviera muerto, simplemente estaba… ocupado en otros asuntos. Como si hubiera dos Lee Tourneau. El primero era el hombre que había sido su amigo durante más de diez años, alguien capaz de admitir que era un pecador ante una audiencia infantil y que donaba sangre a la Cruz Roja tres veces al año. El segundo Lee era una persona que observaba el mundo a su alrededor con la misma empatía que una trucha.

Cuando se hubo sacado lo que fuera que tenía en el ojo, dejó caer la mano derecha a un lado del cuerpo. Avanzó de nuevo e Ig retrocedió, quedándose a una distancia prudencial. No estaba seguro de por qué retrocedía, no entendía por qué de repente mantenerse alejado unos cuantos metros de Lee se había vuelto una cuestión de vida o muerte. Las langostas zumbaban en los árboles con un runrún feo y enloquecedor que llenaba la cabeza de Ig.

– Era tu amiga, Lee -dijo mientras retrocedía hacia el coche-. Confiaba en ti y la violaste, la mataste y la dejaste tirada en el bosque. ¿Cómo fuiste capaz?

– En una cosa te equivocas, Ig -dijo Lee con voz suave y calmada-. No fue una violación. Es lo que te gustaría creer, pero lo cierto es que Merrin quería que la follara. Llevaba meses buscándome, enviándome mensajes, juegos de palabras. Calentándome la polla a tus espaldas. Estaba esperando a que te largaras a Londres para que pudiéramos enrollarnos.

– No -dijo Ig mientras por la cara le subía un calor malsano que procedía de detrás de los cuernos-. Tal vez se acostara con otro, pero desde luego no contigo, Lee.

– Te dijo que quería acostarse con otras personas. ¿A quién te crees que se refería? En serio, no sé qué pasa con tus novias que tarde o temprano terminan chupándome la polla -dijo con una sonrisa enseñando los dientes en la que no había un atisbo de humor.

– Estoy seguro de que se resistió.

– Seguramente no me vas a creer, Ig, pero quería que la forzara, que asumiera el mando y la obligara a hacerlo. Tal vez lo necesitaba, era la única forma de superar sus inhibiciones. Todos tenemos un lado oscuro y ése era el suyo. Cuando me la follé, se corrió, ¿sabes? Se corrió a base de bien. Creo que era una de sus fantasías. Que un tipo la violara en el bosque. Que le diera un poco de caña.