Выбрать главу

El cerezo negro estaba donde lo había dejado la noche anterior. Había arrancado las fotografías de Merrin que colgaban de las ramas y ahora yacían desperdigadas entre hierbas y matojos. La corteza pálida y cubierta de escamas dejaba ver la madera rojiza y medio podrida del tronco. Ig se abrió la bragueta y orinó sobre los matojos, sobre sus propios pies y en la cara de la figurilla de plástico de la virgen María que alguien había encajado en el hueco que formaban dos espesas raíces. Detestaba a aquella virgen con su sonrisa idiota, símbolo de una historia que no significaba nada, servidora de un Dios que no hacía bien a nadie. No tenía ninguna duda de que Merrin había invocado la ayuda de Dios mientras la violaban y mataban, si no de viva voz al menos con el corazón. La respuesta de Dios había sido que, debido a la sobrecarga de las líneas, tendría que permanecer en espera hasta morir.

Miró ahora a la figura de la virgen, después apartó la vista y la miró de nuevo. La santa madre tenía aspecto de haber sido pasto de las llamas. La mitad de su sonrisa beatífica parecía cubierta de costras negras, como una chuchería, una nube, que se hubiera tostado demasiado tiempo en un fuego de campamento. La otra mitad de la cara se había derretido como cera y esbozaba una mueca deforme. Al mirarla, Ig sintió un mareo pasajero, se tambaleó, después de pisar algo redondo y suave que rodó bajo su zapato, y…

… por un momento era de noche y las estrellas giraban sobre su cabeza y él miraba hacia arriba por entre las ramas, apartando las hojas con suavidad y diciendo: «Te veo arriba». ¿Con quién hablaba? ¿Con Dios? Meciéndose sobre los talones en la cálida noche de verano antes de…

… se cayó de culo, estampándose el trasero contra el suelo. Se miró a los pies y vio que había tropezado con una botella de vino, la misma que había llevado allí la noche anterior. Se agachó para cogerla, la agitó y comprobó que todavía quedaba vino. Se levantó y volvió la cabeza, con gesto desconfiado, hacia las ramas del cerezo negro. Se pasó la lengua por la cavidad pastosa y de sabor acre de la boca y después se giró y echó a andar en dirección al coche.

Por el caminó pisó una o dos serpientes, pero continuó ignorándolas. Le quitó el tapón a la botella de vino y dio un trago.

Estaba caliente después de pasar todo el día al sol, pero no le importó. Le sabía al coño de Merrin, una mezcla de aceites y cobre. También sabía a hierba, como si de alguna manera hubiera absorbido la fragancia del verano después de pasar la noche bajo un árbol.

Condujo hasta la fundición traqueteando suavemente por el prado de hierba crecida. Cuando se acercaba al edificio lo recorrió con la vista en busca de señales de vida. Cuando Ig era un niño, un día de verano, en una calurosa tarde de agosto como ésta, la mitad de los niños y niñas de Gideon estarían allí en busca de algo: un cigarrillo fumado a escondidas, un beso robado, un magreo o el dulce sabor de la mortalidad bajando por la pista Evel Knievel. Pero ahora el lugar estaba vacío y aislado bajo la última luz del día. Tal vez desde que mataron allí a Merrin a los chicos había dejado de gustarles aquel lugar. Tal vez pensaban que estaba encantado. Y quizá lo estuviera.

Condujo hasta la parte trasera del edificio y aparcó el coche junto a la pista Evel Knievel, a la sombra de un roble, de cuyas ramas pendían una falda azul de volantes, un calcetín negro y largo y el abrigo de alguien, como si el fruto del árbol fuera ropa mojada de rocío. Delante del coche estaban las cañerías viejas y oxidadas que conducían hasta el agua. Cerró el coche y salió a dar una vuelta.

Llevaba años sin entrar en la fundición, pero seguía en gran medida como la recordaba. Abierta al cielo, con arcos y columnas de ladrillo elevándose hacia la luz rojiza de la tarde. Treinta años de grafitis superpuestos cubrían las paredes. Los mensajes individuales eran en su mayor parte incoherentes, pero tal vez los mensajes tomados por separado carecieran de importancia. Ig tuvo la impresión de que, en el fondo, todos decían los mismo: «Soy». «Fui». «Quiero ser».

Parte de una pared se había derrumbado y tuvo que pasar entre un montón de ladrillos, dejando atrás una carretilla llena de herramientas viejas. Al final de la habitación de mayor tamaño estaba el horno de fundir. La portezuela de hierro de la estufa estaba entreabierta, dejando espacio suficiente para que pasara una persona.

Ig se asomó y miró. Había un colchón y una colección de velas rojas casi consumidas. Una manta sucia llena de manchas que en otros tiempos había sido azul yacía arrugada junto a uno de los lados del colchón y más allá un círculo de luz cobriza dejaba ver los restos calcinados de una hoguera, justo debajo del horno. Cogió la manta y la olió. Apestaba a orina y a humo, y la dejó caer.

De vuelta hacia el coche para coger la botella y el teléfono móvil, no le quedó más remedio que admitir que las serpientes le seguían. Podía oírlo, el siseo que hacían sus cuerpos desplazándose sobre la hierba seca. En total había casi una docena. Agarró un pequeño bloque de cemento que había en el suelo y se lo tiró. Una de las serpientes se apartó sin esfuerzo y ninguna resultó golpeada. Se quedaron quietas mirándole bajo las últimas luces del día.

Trató de no mirar a las serpientes y sí al coche. Entonces una serpiente ratonera de unos setenta centímetros cayó desde lo alto del roble y aterrizó sobre el capó del Gremlin con un golpe metálico. Ig retrocedió gritando y después se lanzó hacia ella y la agarró para hacerla bajar.

Creía que la tenía sujeta por la cabeza, pero en lugar de ello la había cogido demasiado abajo, hacia la mitad del tronco, y el animal se retorció sobre sí mismo y le clavó los dientes en la mano. Fue como si le pusieran una grapa en la yema del dedo pulgar. Gruñó y agitó la mano lanzando la serpiente hacia los arbustos. Después se llevó el dedo a la boca y chupó la sangre. No le preocupaba el veneno: no había serpientes venenosas en New Hampshire. Bueno, eso no era del todo exacto. A Dale Williams le gustaba llevar a Ig y a Merrin de acampada a las White Mountains y les había aconsejado estar atentos a posibles serpientes de cascabel. Pero siempre lo hacía en tono alegre, mostrando sus regordetas mejillas de color rojo intenso, e Ig nunca había oído a nadie más hablar de serpientes de cascabel en New Hampshire.

Se volvió para contemplar su séquito de reptiles. En ese momento ya había al menos veinte.

– ¡A tomar por culo de aquí! -les gritó.

Las serpientes se quedaron inmóviles, mirándole entre la hierba con ojos ávidos, rasgados y dorados, y a continuación empezaron a desperdigarse, deslizándose entre los matojos. Le pareció ver una mirada de decepción en los ojos de algunas mientras se alejaban.

Caminó hacia la fundición y trepó por una puerta situada a varios centímetros del suelo. Una vez dentro se volvió para echar un último vistazo al crepúsculo. Había una serpiente que había desobedecido sus órdenes y le había seguido de vuelta a las ruinas. Era una serpiente jarretera de suaves colores que reptaba en círculos inquieta bajo la ventana, con la mirada hambrienta de una groupie bajo el balcón de su ídolo del rock, loca por ser vista y reconocida.

– ¡Vete a hibernar a alguna parte!

Tal vez fueron imaginaciones suyas, pero la serpiente pareció aumentar la velocidad con la que trazaba círculos hasta entrar en éxtasis. Le hizo pensar en el esperma subiendo por el canal del parto en un frenesí erótico desatado, una asociación que le desconcertó. Se dio la vuelta y se alejó de allí tan rápido como fue capaz sin echar a correr.

* * *

Se sentó en el horno con la botella. A cada trago de vino que daba, la oscuridad que le rodeaba se abría y expandía, creciendo en tamaño. Cuando se hubo bebido todo el merlot y ya no tenía sentido seguir chupando la botella, se chupó el dolorido pulgar.