Ig se volvió y apuntó con la herramienta al chico que se llamaba Rory. Éste soltó la serpiente, que al caer sobre el asfalto empezó a retorcerse desesperadamente, como si tratara de escabullirse.
Rory se puso en pie lentamente, dio un paso atrás y pisó un montón de planchas de madera apiladas, latas viejas y cables de alambre oxidados. Perdió el equilibrio y se quedó sentado, mirando hacia donde Ig señalaba: una vieja horca con tres púas curvas y enmohecidas.
Ig notaba una punzada en los pulmones, una sensación de desgarro como la que precedía a sus ataques de asma. Exhaló tratando de aliviar la presión del pecho. Le salía humo de las fosas nasales y por el rabillo del ojo vio al chico en calzoncillos arrodillarse y limpiarse la cara con las dos manos, temblando como un flan.
– Quiero largarme de aquí -dijo Jesse.
– Yo también -dijo el chico gordo.
– Que Rory se quede aquí y muera -dijo Jesse-. ¿Es que ha hecho algo alguna vez por nosotros?
– Por su culpa tuve que quedarme después del colegio durante dos semanas por inundar el baño del instituto, y ni siquiera había atascado yo los retretes -dijo el chico gordo-. Sólo le había acompañado. Así que que le den por culo. ¡Quiero vivir!
– Entonces será mejor que echéis a correr -les dijo Ig.
Jesse y Gordito se dieron la vuelta y salieron corriendo hacia el bosque.
Ig bajó la horca y clavó las puntas en la tierra, se apoyó en el mango y miró al chico sentado sobre el montón de basura. Rory no hizo intento alguno de levantarse, sino que le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos, fascinado.
– Dime qué es lo peor que has hecho nunca, Rory -le ordenó Ig-. Quiero saber si esto es lo más bajo que has caído o si has hecho cosas peores.
Hablando automáticamente, Rory dijo:
– Robé cuarenta dólares a mi madre para comprar cerveza y mi hermano mayor, John, la pegó cuando dijo que no sabía lo que había pasado con el dinero. Johnny pensaba que estaba mintiendo, que se lo había gastado en tarjetas de rasca y gana, y yo no dije nada porque tenía miedo de que me pegara a mí también. La manera en que la golpeó fue como oír a alguien dar patadas a una sandía. Todavía no tiene bien la cara y cada vez que le doy un beso de buenas noches me dan ganas de vomitar.
Mientras hablaba una mancha oscura empezó a cubrirle la entrepierna de sus vaqueros cortos.
– ¿Me vas a matar?
– Hoy no -dijo Ig-. Vete. Estás libre.
El olor de la orina de Rory le horrorizó, pero no dejó que se le notara en la cara.
Rory se puso de pie. Las piernas le temblaban visiblemente. Dio un paso hacia a un lado y empezó a alejarse en dirección a los árboles, caminando de espaldas con la vista fija en la horca que sostenía Ig. No miraba por dónde iba y casi se choca con Zurraspas, que seguía sentado en el suelo vestido sólo con los calzoncillos y unas deportivas con los cordones desatados. Sostenía un bulto de ropa contra el pecho y observaba a Ig como miraría a una cosa muerta y enferma, una carcasa consumida por la enfermedad.
– ¿Te ayudo a levantarte? -le preguntó Ig dando un paso hacia él.
Al verlo, Zurraspas se puso en pie de un salto y retrocedió unos pasos.
– Aléjate de mí.
– No dejes que te toque -dijo Rory.
Ig buscó los ojos de Zurraspas y dijo, con la voz más paciente de la que fue capaz:
– Sólo intentaba ayudar.
Zurraspas tenía el labio superior arqueado en una mueca de desprecio, pero sus ojos tenían ya la expresión aturdida y distante que empezaba a serle familiar a Ig, la mirada que decía que los cuernos estaban empezando a apoderarse de él, a ejercer su influencia.
– No has ayudado -dijo Zurraspas-. Lo has estropeado todo.
– Te estaban quemando -dijo Ig.
– ¿Y qué? A todos los de primer curso que entran en el equipo de natación les hacen una marca. Sólo tenía que chupar esa serpiente y demostrar que me gusta la sangre; después sería uno de ellos. Pero has llegado tú y lo has estropeado todo.
– Largaos de aquí inmediatamente. Los dos.
Rory y Zurraspas salieron corriendo. Los otros dos chicos les esperaban junto a los árboles y cuando Rory y Zurraspas les alcanzaron, se quedaron hablando unos instantes en la oscuridad perfumada por los abetos.
– ¿Qué era eso? -preguntó Jesse.
– Da miedo -dijo Rory.
– Quiero largarme de aquí y olvidarlo -dijo el chico gordo.
Entonces Ig tuvo una idea y, adelantándose, les llamó:
– No. No olvidéis. Recordad que hay algo aquí que da miedo. Que todo el mundo lo sepa. Decidles a todos que se mantengan alejados de la vieja fundición. Desde ahora este sitio es mío.
Se preguntó si entre sus nuevos poderes figuraría el de convencerles de que no olvidaran, puesto que todo el mundo parecía olvidarse de él. Podría ser muy persuasivo en otras cosas, así que tal vez lo consiguiera con ésta también.
Los chicos le miraron absortos un instante más y después el gordo echó a correr y los otros le siguieron. Ig les miró hasta que hubieron desaparecido. Después ensartó la serpiente descabezada en una de las púas de la horca -la sangre continuaba manando del cuello abierto- y la llevó hasta la fundición, donde la enterró bajo un montón de ladrillos.
Capítulo 26
A media mañana se adentró en el bosque para cagar, agachado junto a un tocón con los pantalones cortos bajados hasta los tobillos. Cuando se los subió había dentro, enroscada, una serpiente de más de treinta centímetros. Gritando, la cogió y la lanzó hacia las hojas.
Se limpió con un periódico viejo pero seguía sintiéndose sucio, así que bajó por la pista Evel Knievel hasta el río. El agua estaba deliciosa y le refrescó la piel desnuda. Cerró los ojos y se alejó de la orilla, adentrándose en la corriente. Las langostas chicharreaban, sus timbales producían un sonido armónico que subía y bajaba, subía y bajaba, como la respiración. Ig respiraba con facilidad, pero cuando abrió los ojos vio culebras de agua nadando a gran velocidad bajo sus pies y gritó de nuevo antes de apresurarse a regresar a la orilla. Caminó con cuidado por lo que creyó que era una larga rama reblandecida por el agua y después saltó y se estremeció cuando ésta se deslizó sobre la hierba mojada y comprobó que era una serpiente ratonera tan larga como él.
Trató de huir de las serpientes refugiándose en la fundición, pero no había escapatoria. Las observó, de cuclillas sobre el horno, congregándose en el suelo debajo de la entrada, deslizándose por aberturas en la argamasa que unía los ladrillos, colándose por las ventanas abiertas. Era como si la habitación detrás del horno de fundir fuera una bañera y alguien hubiera abierto los grifos del agua caliente y fría, sólo que en lugar de agua de ellos salían serpientes. Fluían de todas partes, inundando el suelo en una masa líquida y ondulante.
Las miró angustiado mientras los pensamientos bullían en su cabeza al ritmo del estruendo agudo e histérico de los insectos. Todo el bosque estaba invadido de su canto, los machos llamando a las hembras en una transmisión constante y enloquecedora que no tenía fin.
Los cuernos. Los cuernos estaban transmitiendo una señal, igual que la puta melodía de las langostas. Estaban retransmitiendo una llamada por Radio Serpiente. La siguiente canción está dedicada a todas vosotras, nuestras queridas víboras. Dentro canción: El rock de la serpiente. Los cuernos invocaban a las serpientes de las sombras lo mismo que a los pecados, conminándolos a todos a salir de sus escondites.
Consideró una vez más cortarse los cuernos. En la carretilla había una sierra larga y oxidada a la que faltaban algunos dientes. Pero eran parte de su cuerpo, estaban fusionados a su cráneo, unidos al resto de su esqueleto. Presionó con el dedo pulgar la punta del cuerno izquierdo hasta que sintió un pinchazo intenso, y al retirarlo vio una gota de sangre de color rojo rubí. Los cuernos eran la cosa más real y sólida de su vida en ese momento y trató de imaginarse intentando cortar uno con la sierra. Se puso enfermo sólo de pensar en la sangre manando a chorros y en el insoportable dolor. Sería como amputarse un tobillo a pelo. Harían falta anestesia y la pericia de un cirujano.