Claro que un cirujano, al ver los cuernos, utilizaría la anestesia para dormir a la enfermera y a continuación follársela en la mesa de operaciones cuando estuviera inconsciente. Así que necesitaba encontrar una forma de interrumpir la retransmisión sin cortarse los cuernos, una forma de eliminar a Radio Serpiente de las ondas, acabar con ella de alguna manera.
Y si ello no era posible, entonces tendría que ir a algún lugar donde las serpientes no pudieran seguirle. Llevaba doce horas sin comer y Glenna trabajaba los sábados por la mañana en la peluquería, peinando y depilando cejas. Así que dispondría del apartamento y la nevera para él solo. Además tenía dinero allí y casi toda su ropa. Y tal vez podría dejarle una nota sobre Lee (Querida Glenna: He venido por aquí a comer un sándwich y coger algunas cosas. Estaré fuera un tiempo. Mantente lejos de Lee Tourneau. Él fue quien mató a mi novia. Un beso, Ig).
Se subió al Gremlin y quince minutos después salió de él tras aparcar en la esquina frente al edificio de Glenna. El calor le golpeó; era como abrir la puerta de un horno encendido al máximo. Sin embargo, no le importó.
Se preguntó si no debía haber dado antes un par de vueltas a la manzana para asegurarse de que no había policía esperándole para detenerle, acusado de amenazar a Lee con un cuchillo el día anterior. Pero decidió arriesgarse. Si Sturtz y Posada le estaban esperando, recurriría a los cuernos, les pondría a montarse un sesenta y nueve. Esta idea le hizo sonreír.
Pero la única compañía que encontró en la escalera vacía fue su sombra, de tres metros de alto y cornuda, abriendo el camino hasta el último piso. Glenna no había echado la llave al salir, cosa extraña en ella. Supuso que habría estado distraída con otras cosas, tal vez preocupada por él, preguntándose dónde estaba. O tal vez simplemente se había dormido y había salido con prisas. Era lo más probable. Normalmente Ig era su despertador, quien la sacaba de la cama y le hacía el café. Glenna no era precisamente madrugadora.
Empujó la puerta. Sólo hacía un día que se había marchado de allí y, sin embargo, mirando ahora la casa, se sentía como si nunca hubiera vivido en ella y estuviera viéndola por primera vez. Los muebles eran chatarra de segunda mano. Un sofá de pana lleno de manchas, un puf con relleno sintético que asomaba por las costuras. Casi no había nada suyo allí, ni fotos ni objetos personales: sólo algunos libros en una estantería, unos cuantos CD y un remo barnizado con nombres escritos. Era del último verano en Camp Galilee -había dado clases de lanzamiento de jabalina-, donde lo habían nombrado monitor del año. Todos los demás monitores habían firmado el remo, al igual que los chicos con los que había compartido cabaña. No recordaba cómo había terminado allí ni lo que tenía pensado hacer con él.
Echó un vistazo a la cocina, separada del salón por una barra llena de migas donde reposaba una caja de pizza vacía. La pila estaba llena de platos sucios sobre los que zumbaba una nube de moscas.
Glenna había dicho varias veces que necesitaban una vajilla nueva, pero Ig se había hecho siempre el loco. Trató de recordar si alguna vez le había hecho un regalo a Glenna y sólo se le ocurrió que solía comprarle cerveza. Cuando estaban en el instituto, Lee al menos había tenido el detalle de robar para ella una cazadora de cuero. Aquel recuerdo le puso enfermo: que Lee hubiera sido, de algún modo, mejor novio que él.
Pero no quería pensar en Lee; le hacía sentirse sucio. Su plan era prepararse un desayuno ligero, coger sus cosas, limpiar la cocina, escribir una nota y marcharse, por ese orden. No quería estar allí si alguien venía a buscarle: sus padres, su hermano, la policía, Lee Tourneau. Estaría más seguro en la fundición, donde las probabilidades de encontrarse a alguien eran escasas. Y de todas maneras, la atmósfera sombría y silenciosa del apartamento, el aire húmedo y pesado le sentaban mal. Nunca le había parecido tan oscuro. Claro que las persianas estaban bajadas y no lo habían estado en meses.
Encontró una cacerola, la llenó de agua, la colocó en la cocina y encendió el fuego al máximo. Sólo quedaban dos huevos. Los sumergió en el agua y los dejó hervir. Después se dirigió por el corto pasillo hasta el dormitorio, evitando pisar una falda y unas medias que Glenna se había quitado y dejado tiradas en el vestíbulo. También en el dormitorio estaban echadas las persianas. No se molestó en encender la luz, pues no necesitaba ver. Sabía dónde estaba cada cosa.
Se volvió hacia el armario y se detuvo extrañado. Todos los cajones estaban abiertos, los suyos y los de Glenna. No entendía nada, él nunca los dejaba así. Se preguntó si alguien habría estado registrando sus cosas, tal vez Terry, intentando averiguar dónde se había metido. Pero no, Terry no haría de detective privado. Había ciertos detalles en todo aquello que le hacían pensar en otra cosa: la puerta principal sin cerrar, las persianas bajadas para que nadie pudiera ver el interior del apartamento, los cajones desvalijados. Todo estaba relacionado de alguna manera; antes de que le diera tiempo a deducir cómo, escuchó el ruido de la cisterna en el cuarto de baño.
Se sobresaltó, pues no había visto el coche de Glenna en el apartamento y no podía imaginarse que estuviera en casa. Cuando se disponía a abrir la boca para llamarla y hacerle saber su presencia, la puerta se abrió y Eric Hannity salió del retrete.
Tenía los pantalones bajados y llevaba en la mano una revista, un ejemplar de Rolling Stone. Levantó la vista y miró a Ig, quien le devolvió la mirada. Eric abrió la mano y el Rolling Stone cayó al suelo. Se subió los pantalones y se abrochó el cinturón. Por alguna razón llevaba puestos unos guantes azules de látex.
– ¿Qué haces aquí? -preguntó Ig.
Eric sacó una porra manchada de rojo oscuro que llevaba sujeta en el cinturón.
– Bueno -dijo-, Lee quiere hablar contigo. El otro día hablaste tú, pero él también tiene cosas que decirte. Y ya le conoces, siempre le gustar decir la última palabra.
– ¿Te ha mandado él?
– Sólo para que vigilara el apartamento. Por si aparecías por aquí. -Eric frunció el ceño-. El otro día fue de lo más raro. Cuando te presentaste en la oficina con esos cuernos, creo que me hicieron algo en el cerebro, porque hasta ahora mismo me había olvidado de que los tenías. Lee dice que tú y yo hablamos ayer, pero no tengo ni idea de sobre qué.
Mientras hablaba balanceaba con suavidad la porra atrás y adelante.
– No es que importe demasiado, la verdad. La mayoría de las conversaciones no son más que gilipolleces. A Lee le encanta hablar, pero yo soy más bien un hombre de acción.
– ¿Y qué vas a hacer? -preguntó Ig.
– Partirte la cara.
Ig notó una sensación rara en los riñones, como si se le estuvieran llenando de agua.
– Pienso gritar.
– Eso espero -dijo Eric-. Lo estoy deseando.
Ig salió disparado hacia la puerta, pero la salida estaba en la misma pared que la puerta del cuarto de baño y Eric dio un salto hacia la derecha para detenerle. Ig tomó impulso para esquivarle y llegar antes que él a la puerta, mientras un terrible presagio le venía a la cabeza: No lo voy a conseguir. Eric había echado atrás el brazo con el que sostenía la porra, como un jugador de fútbol americano dispuesto a lanzar.