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A Ig se le engancharon los pies en algo y cuando trató de dar un paso adelante no pudo. Algo le sujetaba los tobillos y le hizo perder el equilibrio. Eric llegó con la porra y él escuchó el leve silbido que hizo mientras le pasaba por detrás de la cabeza y después el crujido de algo quebrándose cuando golpeó el marco de la puerta y arrancó un pedazo de madera del tamaño del puño de un bebé.

Consiguió extender los brazos antes de estrellarse contra el suelo, lo que probablemente le salvó de partirse la nariz por segunda vez en su vida. Al mirar hacia abajo, entre los codos vio que tenía los pies enredados en las medias de Glenna, unas de seda negra con pequeños diablos estampados. Se liberó de ellas y escuchó a Eric acercándose a su espalda. Pero supo que si intentaba ponerse en pie la porra de madera le daría en plena nuca. Así que apoyó las manos en el suelo y, como pudo, se impulsó hacia delante tratando de alejarse. El agente de la ley apoyó su bota Timberland del número cuarenta y seis en el culo de Ig y empujó. Ig dio con la barbilla en el suelo y se golpeó el hombro con el remo apoyado contra la pared, que se le cayó encima.

Rodó por el suelo a ciegas, tratando de quitarse el remo de encima para poder ponerse en pie. Eric le atacó de nuevo con la porra en alto. Tenía los ojos en blanco y la cara ausente, como les pasaba a todos cuando estaban bajo el influjo de los cuernos. Los cuernos siempre inducían a la gente a hacer cosas terribles y a estas alturas Ig sabía que eran capaces de liberar los peores instintos de Eric.

Se movió sin pensar, sosteniendo el remo con ambas manos, casi como una ofrenda. Su vista se detuvo en algo escrito en el mango: «Para Ig de tu mejor amigo, Lee Tourneau. Para que lo uses la próxima vez que vayas al río».

De un porrazo, Eric partió el remo en dos por la parte más estrecha del mango. La pala saltó por los aires y le golpeó en plena cara. Gruñó y retrocedió tambaleándose. Ig le asestó un estacazo con el mango de madera en la cabeza, que le alcanzó justo encima del ojo derecho, con lo que ganó el tiempo suficiente para apoyarse sobre los codos y ponerse de pie.

No esperaba que Eric se recuperara tan rápido como lo hizo, pero en cuanto estuvo de pie le vio ir hacia él de nuevo con la porra. Ig dio un salto hacia atrás y la porra le pasó tan cerca que le rozó la camiseta. Eric siguió dando porrazos y uno de ellos alcanzó la pantalla del televisor. El cristal se agrietó formando una tela de araña y el monitor emitió un fuerte crujido y un centelleo.

Ig había retrocedido hasta la mesita baja que había enfrente del televisor y por un instante estuvo a punto de tropezar con ella y caerse de nuevo. Pero recuperó el equilibrio mientras Eric recuperaba la porra que había incrustado en el televisor. Ig se volvió y pasó por encima de la mesa y del sofá, que quedó entre ambos. En dos zancadas más estaba en la cocina.

Se giró y vio a Eric mirándole fijamente a través de la ventana que separaba la cocina y el salón. Ig se agachó respirando con dificultad; notaba un pinchazo en un pulmón. Había dos maneras de salir de la cocina -podía ir a la izquierda o la derecha-, pero las dos conducían de vuelta al salón y, por tanto, a Eric; no había otro camino posible a la escalera.

– No he venido aquí a matarte -dijo Eric-. En realidad sólo quería hacerte entrar en razón. Darte una lección para que aprendas a mantenerte alejado de Lee. Pero no sé qué coño me pasa que en cuanto te veo me entran ganas de partirte ese cráneo de lunático, como hiciste tú con Merrin Williams. No creo que alguien a quien le nacen cuernos en la cabeza tenga derecho a vivir. Creo que si te mato le estaré haciendo un favor al estado de New Hampshire.

Los cuernos. Eric estaba actuando movido por los cuernos.

– Te prohíbo que me hagas daño -dijo Ig tratando de manejar a Eric a su voluntad, poniendo toda la concentración y la fuerza de que era capaz en los cuernos. Éstos latieron, pero de dolor y no de placer, como normalmente sucedía. No funcionaban así. No obedecían ese tipo de órdenes. No disuadían a la gente de pecar, por mucho que la vida de Ig dependiera de ello.

– Tú no me prohíbes una mierda -dijo Hannity.

Ig le miró desde la cocina mientras la sangre le ardía en las venas y bullía en sus oídos como agua a punto de hervir. Agua a punto de hervir. Volvió la cabeza hacia la cacerola puesta al fuego. Los huevos flotaban en medio de burbujas blancas.

– Quiero matarte y cortarte esos cuernos asquerosos -dijo Eric-. O tal vez cortártelos primero y luego matarte. Me apuesto a que tienes un cuchillo de cocina lo suficientemente grande. Nadie sabrá que he sido yo. Después de lo que le hiciste a Merrin Williams debe de haber unas cien personas en este pueblo deseosas de verte muerto. Sería un héroe, incluso aunque nadie más se enterara. Mi padre se sentiría orgulloso de mí.

– Sí -dijo Ig concentrándose de nuevo en los cuernos-. Ven a por mí. Lo estás deseando, así que no esperes. Hazlo ahora.

Aquello fue música para los oídos de Eric, quien avanzó de un salto, pero no rodeando la separación entre cocina y salón, sino directamente por la abertura, enseñando los dientes en lo que podía ser una mueca furiosa o una sonrisa horrible. Apoyó una mano en la barra y se lanzó de cabeza hacia la cocina, momento que aprovechó Ig para agarrar el cazo por el mango y tirárselo a la cara.

Eric reaccionó con rapidez, protegiéndose el rostro antes de que le cayeran encima dos litros de agua hirviendo, que le abrasaron el brazo y le salpicaron la calva. Gritó y se dio de bruces contra el suelo de la cocina mientras Ig corría hacia la puerta. A Hannity todavía le dio tiempo de lanzarle la porra, que se estrelló contra una lámpara sobre la mesa de la entrada y la hizo añicos. Pero entonces Ig ya estaba fuera, saltando los escalones de cinco en cinco, como si en vez de cuernos le hubieran salido alas.

Capítulo 27

En algún lugar al sur del pueblo detuvo el coche a un lado de la carretera, se bajó y permaneció unos minutos de pie en el arcén, abrazado a sí mismo hasta que se le pasaran los temblores.

Éstos le venían en forma de furiosos espasmos que le sacudían las extremidades, pero conforme pasaba el tiempo se iban haciendo más espaciados. Por fin desaparecieron, dejándole débil y mareado. Se sentía ligero como una hoja de arce que la brisa más leve puede hacer volar. Las langostas zumbaban en una melodía de ciencia ficción, un re alienígena y mortal.

Así pues, estaba en lo cierto. Lee era, de alguna manera, inmune al influjo de los cuernos. Lee no había olvidado que se habían visto el día anterior, como les había ocurrido a los demás; sabía que Ig era una amenaza y quería encontrarle antes de que hallara la manera de llegar hasta él. Ig necesitaba un plan y eso era una mala noticia. Ni siquiera había logrado idear la manera de desayunar y estaba mareado por el hambre.

Volvió al coche y se sentó con las manos sobre el volante, tratando de decidir adonde ir. Entonces recordó, sin saber por qué, que era el ochenta cumpleaños de su abuela y que tenía suerte de estar viva. Lo siguiente que pensó fue que ya era mediodía y que toda su familia habría ido al hospital para cantarle el cumpleaños feliz y comerse la tarta con ella, lo que quería decir que la nevera de su madre estaba indefensa. La casa de los padres es el lugar donde uno está siempre seguro de poder comer caliente cuando no tiene adonde ir.

Claro que tal vez las horas de visita del hospital fueran por la tarde, pensó mientras enfilaba de nuevo la carretera. No había garantías de que la casa fuera a estar vacía. Pero ¿acaso importaba si su familia seguía allí? Podía pasar por delante de ellos, que se olvidarían de haberle visto entrar. Lo que planteaba una pregunta interesante: ¿se olvidaría Eric Hannity de lo que acababa de suceder en el apartamento de Glenna? ¿De que Ig le había abrasado con agua hirviendo? No lo sabía.