Tampoco estaba seguro de poder ver a su familia sin hablar con ellos. Desde luego no a Terry. Tenía que ocuparse de Lee Tourneau, sí, pero también necesitaba hablar con Terry. Sería un error dejarle fuera de aquello, permitir que se escabullera y volviera a su vida. La idea de que Terry regresara a Los Ángeles a seguir tocando sus melodías comerciales en Hothouse y guiñando el ojo a estrellas de cine le llenaba de un intenso odio. Antes de eso el muy cabrón tendría que dar unas cuantas explicaciones. Estaría bien encontrarle solo en casa, aunque eso era demasiado pedir. Una suerte endemoniada.
Consideró aparcar en el camino de incendios, a poco más de un kilómetro de la casa, y caminar hasta la parte trasera, trepar el muro y colarse sin ser visto, pero luego pensó que a tomar por culo, y condujo el Gremlin hasta la misma entrada. Hacía demasiado calor para andarse con cautelas y tenía demasiada hambre.
El Mercedes alquilado de Terry era el único coche en la entrada.
Aparcó junto a él y se quedó sentado con el motor en marcha, escuchando. Una nube de polvo brillante le había perseguido colina arriba y envolvía el coche. Observó la casa y la somnolienta y calurosa quietud de las primeras horas de la tarde. Quizá Terry había dejado su coche y había ido en el de sus padres. Era lo más probable, sólo que sabía que no era así y que Terry estaba en casa.
No se esforzó por no hacer ruido. Al contrario, salió del coche, dio un fuerte portazo y después se detuvo, mirando la casa. Pensó que vería movimiento en el piso de arriba, a Terry retirando una cortina para saber quién había venido, pero no detectó signo alguno de actividad.
Entró. La televisión estaba apagada en el cuarto de estar y el ordenador del despacho de su madre también. En la cocina, los electrodomésticos de acero inoxidable callaban también. Sacó un taburete, abrió la puerta de la nevera y se puso a comer. Se bebió medio cartón de leche fría en ocho grandes tragos y después esperó al inevitable dolor en la sien, la intensa punzada detrás de los cuernos, y a que se le borrara la vista. Cuando se le pasó y pudo ver de nuevo con claridad, descubrió un plato de huevos rellenos a la diabla tapados con papel transparente. Su madre debía de haberlos preparado para el cumpleaños de Vera, pero no iba a necesitarlos, pues supuso que su abuela estaría recibiendo alimentación intravenosa. Se los comió todos directamente con las manos, uno detrás de otro, y decidió que estaban 666 veces más ricos que los que preparaba él cuando vivía con Glenna.
Estaba girando el plato entre las manos como si fuera un volante y rebañándolo con la lengua cuando escuchó una voz masculina murmurar en el piso de arriba. Se detuvo y escuchó con atención. Pasados unos segundos oyó de nuevo la voz. Dejó el plato en el fregadero y cogió un cuchillo de la barra magnética de la pared, el más grande que encontró, que se desprendió con un suave tintineo de aceros entrechocándose. No estaba muy seguro de lo que pensaba hacer con él, sólo de que se sentía mejor teniéndolo en la mano. Después de lo ocurrido en su apartamento había decidido que era un error andar por ahí desarmado. Subió las escaleras. La antigua habitación de su hermano estaba al final del largo pasillo del segundo piso.
Mantuvo la puerta entreabierta con ayuda del cuchillo. Unos años atrás sus padres habían convertido el dormitorio en un cuarto de invitados dejándolo tan impersonal como una habitación de hotel para ejecutivos. Su hermano dormía de espaldas con una mano sobre los ojos. Profirió un murmullo de asco y chasqueó los labios. Ig paseó la mirada por la mesilla de noche y vio una caja de Benadril. Él tenía asma, pero su hermano era alérgico a todo: a las abejas, a los cacahuetes, al polen, al pelo de gato, a New Hampshire y al anonimato. El murmurar y el mascullar se debían a la medicación contra la alergia, que le sumergía en un sueño curiosamente inquieto. Canturreaba pensativo, como si estuviera llegando a conclusiones serías pero importantes.
Caminó con sigilo hasta la cama y se sentó en la mesilla de noche sosteniendo el cuchillo. Sin asomo de furia ni irritación, consideró la posibilidad de hundirlo en el pecho de Terry. Podía imaginarlo con claridad. Primero le sujetaría contra la cama con una rodilla, buscaría un lugar entre dos costillas y clavaría el cuchillo con las dos manos mientras su hermano luchaba por recuperar la consciencia.
No iba a matar a Terry. No podía. Ni siquiera estaba seguro de ser capaz de matar a Lee mientras dormía.
– Keith Richards -dijo Terry con voz clara, e Ig se sorprendió tanto que se puso en pie de un salto-. Estaría genial.
Ig observó a su hermano esperando que retirara la mano de los ojos y se sentara, parpadeando adormilado, pero no estaba despierto, sólo hablaba en sueños. Hablaba de Hollywood, de su puto trabajo, de cómo se codeaba con estrellas de rock, de las audiencias, de modelos espectaculares. Vera estaba en el hospital, Ig había desaparecido y Terry soñaba con los buenos tiempos en la tierra de Hothouse. Por un momento el odio le impidió respirar y sus pulmones lucharon por llenarse de oxígeno. Sin duda Terry tenía un billete de vuelta a la Costa Oeste para el día siguiente; odiaba Villa Paleto y nunca se quedaba allí más tiempo del estrictamente necesario, incluso antes de la muerte de Merrin. No veía razón alguna para dejarle regresar con todos los dedos de la mano. Terry estaba tan grogui que podría cogerle la mano derecha, la que usaba para tocar la trompeta, y cortarle todos los dedos de un solo golpe antes de que se despertara. Si él había perdido a su gran amor, Terry podría pasarse sin el suyo. Que aprendiera a tocar el puto silbato.
– Te odio, egoísta hijo de puta -susurró mientras cogía la muñeca de su hermano y se la retiraba de los ojos, y en ese momento…
Terry se despierta de pronto y mira a su alrededor adormilado; no sabe dónde está. En un coche que no reconoce en una carretera que no reconoce, llueve con tal fuerza que los limpiaparabrisas no dan abasto, el mundo nocturno está más allá de un borrón de árboles azotados por la tormenta y un cielo negro en ebullición. Se frota la cara con una mano tratando de aclarar sus pensamientos y mira hacia arriba, de algún modo esperando ver a su hermano pequeño sentado junto a él, pero en lugar de ello ve a Lee Tourneau, conduciendo hacia las tinieblas.
Empieza a recordar el resto de la noche; los hechos empieza a encajar lentamente sin seguir un orden particular, como las piezas en una partida de tetris. Tiene algo en la mano izquierda. No es un porro ni cualquier canuto de marihuana, sino un grueso puro de hierba del valle de Tennessee del tamaño de su dedo pulgar. Esta noche ha estado en dos bares y en una fogata en la orilla del río bajo el puente Old Fair Road dando vueltas con Lee. Ha fumado y bebido demasiado y sabe que se arrepentirá por la mañana, que es cuando tiene que llevar a Ig al aeropuerto, porque su hermanito tiene que coger un vuelo a la vieja Inglaterra, Dios salve a la reina. Sólo faltan cuatro horas para que sea por la mañana y no se encuentra en estado de conducir; cuando cierra los ojos tiene la sensación de que el Cadillac de Lee se escora hacia la izquierda como un bloque de mantequilla fundiéndose en una sartén inclinada. Esta sensación de mareo le hace salir de su sopor.
Se sienta y se obliga a concentrarse en lo que hay a su alrededor. Parece que van por una carretera zigzagueante que rodea el pueblo, trazando un semicírculo por la periferia de Gideon, pero eso no tiene ningún sentido. Allí no hay nada excepto la vieja fundición y El Abismo, y no hay razón alguna para ir a ninguno de los dos sitios. Cuando dejaron el río, Terry supuso que Lee le llevaría a casa y se alegraba de ello. Pensar en su cama, con sábanas limpias y su mullido edredón, le había hecho casi estremecerse de placer. Lo mejor de ir a casa era despertarse en su dormitorio de siempre -en su antigua cama, al olor del café haciéndose en la cocina y con el sol entrando entre las cortinas- y saber que tenía todo el día por delante. En cuanto al resto de Gideon, se alegra de haberlo dejado atrás.