La velada de hoy es el ejemplo perfecto de lo que no se ha perdido al marcharse. Se ha pasado la noche alrededor de una fogata sin sentirse en absoluto parte de lo que ocurría, como si observara la escena desde detrás de un cristaclass="underline" las camionetas aparcadas en la orilla, los amigos borrachos forcejeando en el bajío mientras sus chicas les animaban a gritos y el cretino de Judas Coyne pinchando como dj, un tío cuya idea de la complejidad musical es una canción tocada a cuatro cuerdas en lugar de tres. Gente de pueblo. Cuando empezó a tronar y cayeron las primeras gotas gruesas y calientes, Terry dio gracias al cielo. No entiende cómo su padre ha podido vivir allí veinte años, él apenas puede soportar setenta y dos horas seguidas en este lugar.
Su principal recurso para aguantar la situación lo lleva escondido en la mano izquierda, y aunque sabe que ya ha superado sus límites, una parte de él está deseando encenderlo y dar otra calada. Y lo haría si la persona sentada a su lado no fuera Lee Tourneau. No es que Lee fuera a quejarse o a castigarle con algo más que una de sus miradas desagradables, pero es que Lee es ayudante del congresista que encabeza la Liga Antidroga, un defensor ardiente de los valores familiares supercristianos, y sería una putada que le pillaran metido en un coche apestando a marihuana.
Lee se había pasado alrededor de las seis y media para despedirse de Ig. Después se quedó jugando al póquer con Ig, Terry y Derrick Perrish. Ig ganó todas las manos y les sacó cuatrocientos dólares. «Toma -había dicho Terry tirando un puñado de billetes de veinte a la cara de su hermano pequeño-. Cuando Merrin y tú estéis disfrutando de vuestra botella de champán postcoital pensad en nosotros, que la hemos pagado». Ig se había reído. Parecía encantado consigo mismo pero también azorado. Se había levantado y había besado a su padre y después también a Terry en uno de los lados de la cabeza, un gesto inesperado que había pillado a éste por sorpresa. «Aparta la lengua de mi oreja», había dicho. Ig se había reído de nuevo y después se había marchado.
«¿Qué piensas hacer el resto de la tarde?», había preguntado Lee después de la marcha de Ig. Terry le había contestado: «No sé… Pensaba ver Padre de familia, si la ponen. ¿Y tú? ¿Tienes algún plan en el pueblo?». Dos horas después estaban en la orilla del río y un amigo del instituto cuyo nombre Terry no lograba recordar exactamente estaba pasándole un porro.
Habían salido teóricamente a tomar unas copas y saludar a las viejas amistades, pero allí en el río, de espaldas a la hoguera, Lee le contó a Terry que al congresista le encantaba su programa de televisión y que quería conocerle. Terry se lo tomó bien, hizo un gesto cortés con la botella de cerveza a Lee y dijo que no había ningún problema, que organizarían un encuentro cualquier día. Había contado con que Lee intentara algo por el estilo y no le molestaba. Al fin y al cabo Lee tiene un trabajo que hacer, igual que él. Y Lee trabaja para que las personas vivan mejor. Terry está al tanto de su colaboración con el proyecto Un hábitat para la humanidad, sabe que Lee dedica tiempo todos los veranos a trabajar con los chicos de ciudad pobres y desamparados del Camp Galilee, con Ig a su lado. Tantos años conviviendo con Lee le hacen sentir a Terry algo culpable. Nunca había sentido la necesidad de salvar al mundo. La única cosa que Terry había querido era encontrar a alguien que le pagara por divertirse tocando la trompeta. Bueno, eso y tal vez una chica a la que le guste divertirse, no una modelo de Los Ángeles de esas que no pueden vivir sin su teléfono móvil o su coche. Una chica real, divertida y a la que además le vaya la marcha. De la Costa Este, que vista vaqueros baratos y a la que le guste la música de Foreigner. El trabajo ya lo tiene, así que está a medio camino de la felicidad.
– ¿Qué coño estamos haciendo aquí? -pregunta ahora Terry mirando la lluvia-. Pensaba que habíamos dado por terminada la noche.
Lee dice:
– Hace cinco minutos pensé que tú ya lo habías hecho, porque estabas roncando. Estoy deseando contar a la gente cómo vi a Terry Perrish babeando en el asiento delantero de mi coche. Les encantará a las chicas. Mi propio cotilleo televisivo.
Terry abre la boca para contestarle -este año se embolsará más de dos millones de dólares, en parte gracias a su capacidad de ser más gracioso que nadie debido a su facilidad de palabra- pero descubre que no tiene nada que decir, que su cabeza está absolutamente vacía de ideas. Así que se limita hacerle la peineta.
– ¿Crees que Ig y Merrin seguirán en El Abismo? -pregunta Terry. Están a punto de pasar por delante del local.
– Ahora lo veremos -responde Lee-. Estaremos ahí en un minuto.
– ¿Tú estás gilipollas? No pintamos nada ahí. Quieren estar solos, es su última noche juntos.
Lee mira a Terry por el rabillo de su ojo bueno.
– ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho Merrin?
– ¿Decirme el qué?
– Que va a cortar con él. Que es su última noche juntos.
La información ha sacado a Terry de su sopor. Da un respingo como si acabara de sentarse sobre una chincheta.
– ¿De qué coño estás hablando?
– Cree que empezó a salir con él cuando era demasiado joven y quiere conocer a otros tíos.
Terry no da crédito a lo que escucha, está espantado, perplejo. Sin pensarlo, se lleva el porro a los labios y entonces se da cuenta de que no está encendido.
– ¿De verdad que no lo sabías? -pregunta Lee.
– Cuando he dicho que era su última noche me refería a que Ig se marcha mañana a Inglaterra.
– Ah.
Terry mira la lluvia con ojos neutros. Cae tan fuerte que los limpiaparabrisas no dan abasto, así que es como estar en un lavado automático, con el agua formando una cortina tras los cristales. No se imagina a Ig sin Merrin, no se hace a la idea de qué tipo de persona será. La noticia le ha dejado perplejo, así que tarda un tiempo en preguntar lo obvio:
– ¿Y tú cómo te has enterado de todo esto?
– Me lo contó ella -dice Lee-. Tiene miedo a hacerle daño. Este verano he estado mucho por Boston, haciendo gestiones para el congresista, y ella está allí también, así que de vez en cuando quedamos y charlamos. Probablemente la he visto más que Ig este último mes.
Terry observa el mundo acuático exterior y ve una luz rojiza acercarse a la derecha. Ya casi han llegado.
– ¿Y por qué quieres parar ahora aquí?
– Me dijo que me llamaría si necesitaba que la llevara a casa -dice Lee-. Y no me ha llamado.
– Pues eso es que no necesita que la lleves.
– O quizá que está demasiado hecha polvo para llamar. Sólo quiero ver si el coche de Ig sigue aquí o no. El aparcamiento está en la parte de delante, así que no necesitamos ni parar.
Terry no comprende a Lee, no entiende por qué quiere pasar por delante para comprobar si sigue ahí el coche de Ig. Tampoco cree que a Merrin le apetezca estar con ninguno de los dos si la cosa ha terminado mal.