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Pero Lee ya ha reducido la velocidad y gira la cabeza hacia el aparcamiento.

– No lo veo… -dijo Lee-. No está… No creo que se haya ido a casa con él…

Parece preocupado… o casi.

Terry es quien la ve, de pie en la lluvia junto a la carretera, refugiada bajo un nogal de copa ancha.

– Ahí está, Lee. Justo ahí.

Merrin parece verles en ese mismo momento y sale de debajo del árbol con un brazo levantado. Con el agua que cae por la ventanilla de su asiento, a Terry le parece verla a través de un espejo de feria, la pintura impresionista de una muchacha con cabellos cobrizos y un puño en alto que al principio parece una vela votiva. Cuando Lee detiene el coche y Merrin se acerca, Terry comprueba que en realidad ha levantado un dedo para llamar la atención mientras abandona el refugio del árbol y echa a correr descalza bajo la lluvia, con los zapatos de tacón negros en la mano.

El Cadillac es un dos puertas y, sin necesidad de que Lee se lo diga, Terry se suelta el cinturón y se levanta de su asiento. Cuando se dispone a pasarse a la parte de atrás Lee le da un codazo en el trasero haciéndole perder el equilibrio, así que, en lugar de sentado, Terry termina en el suelo del coche. Por alguna razón hay allí una caja de herramientas y Terry se golpea con ella en la sien y siente un fuerte dolor. Se sienta y con la mano cerrada se presiona la cabeza lastimada. El movimiento brusco que acaba de hacer le ha dado fuertes ganas de vomitar y se siente como si un gigante hubiera levantado el coche y lo estuviera agitando como un cubilete de dados. Cierra los ojos y lucha por sobreponerse a las intensas náuseas mientras todo gira a su alrededor.

Para cuando se ha recuperado lo suficiente como para abrir los ojos, Merrin está en el coche y Lee tiene la cara vuelta hacia ella. Terry se mira la palma de la mano y ve una gota de sangre brillante. Se ha hecho un buen rasguño, aunque la intensa punzada ya casi ha remitido y sólo le queda un dolor sordo. Se limpia la sangre en el pantalón y levanta la vista.

Es evidente que Merrin acaba de estar llorando. Está pálida y temblorosa, como alguien que se está recuperando de una enfermedad o está a punto de sucumbir a ella, y su primer intento por sonreír resulta patético.

– Gracias por recogerme -dice-. Me habéis salvado la vida.

– ¿Dónde está Ig? -pregunta Terry.

Merrin se vuelve hacia él pero le cuesta mirarle a los ojos y Terry se arrepiente de haber preguntado.

– No…, no lo sé. Se ha ido.

– ¿Se lo has dicho? -pregunta Lee.

A Merrin le tiembla la barbilla y mira hacia delante, por la ventana, en dirección a El Abismo, pero no responde.

– ¿Qué tal se lo ha tomado? -pregunta Lee.

Terry ve la cara de Merrin reflejada en el cristal, la ve morderse el labio y esforzarse por contener el llanto. Su respuesta a la pregunta de Lee es:

– ¿Podemos irnos?

Lee asiente y pone el intermitente. Después da la vuelta con el coche.

Terry quiere tocarle el hombro a Merrin, quiere tranquilizarla de algún modo, hacerle saber que sea lo que sea lo que haya pasado en El Abismo no la odia, no está enfadado con ella. Pero no la toca, no se atreve. En los diez años transcurridos desde que la conoce siempre se ha mantenido a una distancia amistosa, incluso en su imaginación, ni una sola vez se ha permitido incluirla en sus fantasías sexuales. Eso no tendría nada de malo y, sin embargo, tiene la impresión de que sería un riesgo. ¿Un riesgo de qué? Eso no lo sabe.

Así que en lugar de tocarla dice:

– ¿Quieres mi chaqueta?

Porque Merrin está temblando de pies a cabeza con la ropa empapada.

Por primera vez Lee parece darse cuenta también de que está temblando -lo cual es raro, ya que no ha dejado de mirarla, tanto como a la carretera- y apaga el aire acondicionado.

– Estoy bien -dice Merrin, pero Terry ya se ha quitado la cazadora y se la tiende. Merrin se la pone sobre las rodillas-. Gracias, Terry -dice en voz baja y después añade-: Debes de estar pensando…

– No estoy pensando nada -dice Terry-. Así que tranquila.

– Ig…

– Estoy seguro de que está bien. No te preocupes.

Merrin le dedica una sonrisa triste y agradecida. Después se inclina hacia él y dice:

– ¿Tú estás bien?

Alarga una mano y le roza la ceja, donde se ha golpeado con la caja de herramientas de Lee. Terry reacciona apartando la cara instintivamente. Merrin retira los dedos, cuyas yemas están manchadas de sangre; se mira la mano y después mira de nuevo a Terry.

– Habría que vendarte esa herida.

– Estoy bien. No te preocupes -dice Terry.

Merrin asiente y se da la vuelta. Su sonrisa se borra inmediatamente y parece estar mirando algo que nadie más puede ver. Tiene algo en las manos que dobla y desdobla sin parar: una corbata, la corbata de Ig. Eso es casi peor que verla llorar y Terry tiene que apartar la vista. El efecto sedante de la marihuana ha dejado de hacerle efecto y sólo tiene ganas de tumbarse en algún sitio sin moverse y cerrar los ojos unos minutos. Echarse una pequeña siesta y despertarse fresco y siendo él mismo otra vez. De repente la noche se ha vuelto rancia y necesita alguien a quien echarle la culpa, alguien con quien estar enfadado. Decide que ese alguien será Ig.

Le irrita que se haya largado así dejándola bajo la lluvia, una reacción tan inmadura que resulta cómica. Cómica pero no sorprendente. Merrin ha sido para Ig una amante, un consuelo, una consejera, una barrera defensiva frente al mundo y también la mejor de las amigas. A veces da la impresión de que llevan casados desde que Ig tenía quince años. Pero a pesar de todo ello desde el comienzo siempre fue un amor de instituto. Terry está convencido de que Ig nunca se ha besado, y mucho menos acostado, con otra chica, y le gustaría que su hermano hubiera tenido más experiencias. No se trata de que no quiera que esté con Merrin porque…, bueno, por eso. Sino que el amor requiere de un contexto. Porque la primera relación amorosa es, por su propia naturaleza, inmadura. Y ahora Merrin quiere darles a ambos la oportunidad de crecer un poco. ¿Y qué?

Mañana por la mañana, cuando lleve a Ig al aeropuerto de Logan, estarán a solas y tendrá ocasión de decirle un par de cosas. Le dirá que sus ideas sobre Merrin, sobre su relación -que era algo predestinado, que era la más perfecta de las chicas, que su amor era también perfecto y que juntos eran capaces de hacer pequeños milagros-, era una trampa que terminaría por asfixiarle. Si Ig odiaba ahora a Merrin era sólo porque había descubierto que era una persona de carne y hueso, con defectos y necesidades y deseosa de vivir en el mundo real y no en los sueños de Ig. Que le quería lo suficiente como para dejarle marchar y que él debía estar dispuesto a hacer lo mismo, que si quieres a alguien debes darle alas. Joder, parece un anuncio de Red Bull.

– Merrin, ¿estás bien? -pregunta Lee. Merrin sigue temblando, aunque lo que tiene son más bien convulsiones.