– Merrin, ¿estás bien?
Negó con la cabeza.
– No…, sí. Lee, por favor, para. Para aquí.
Hablaba en un hilo de voz rebosante de tensión.
Se dio cuenta de que estaba a punto de vomitar. La noche se arrugaba a su alrededor, se le iba de las manos. Merrin estaba a punto de vomitar en su Cadillac, un pensamiento que, para ser sinceros, le anonadaba. Lo que más había disfrutado de la enfermedad de su madre y de su muerte había sido que le dejó como único dueño del Cadillac, y si Merrin vomitaba dentro se iba a poner furioso. Era imposible hacer desaparecer el olor a vómito de un coche.
Vio el desvío a la vieja fundición a la derecha y giró para tomarlo, a demasiada velocidad. La rueda delantera derecha patinó en la tierra al borde de la carretera y el coche se escoró violentamente hacia el lado contrario, lo menos indicado si se lleva a una chica a punto de vomitar en el asiento del pasajero. Reduciendo la velocidad enfiló la abrupta pista forestal, mientras los arbustos golpeaban los costados del coche y éste levantaba nubes de grava. Los faros iluminaron una cadena que atravesaba el camino y se aproximaba hacia ellos a gran velocidad y Lee continuó pisando el freno, haciendo detenerse el coche poco a poco, con suavidad. Por fin se detuvo con un gemido del motor y el parachoques casi incrustado en la cadena.
Merrin abrió la puerta y empezó a vomitar con una fuerte arcada que sonó como una tos. Lee puso el coche en punto muerto. Él también estaba temblando, pero de ira, y tuvo que hacer un esfuerzo por recuperar la serenidad. Si iba a meter a Merrin en la ducha aquella noche, tendría que ser paso a paso y llevándola de la mano. Podía hacerlo, podía llevarla a donde ambos estaban destinados a terminar, pero para ello necesitaba controlarse, controlar aquella noche que amenazaba con echarse a perder. Hasta ahora nada había ocurrido que no se pudiera enderezar.
Salió y caminó hasta el otro lado del coche mientras la lluvia le mojaba la espalda y los hombros de la camisa. Merrin tenía los pies apoyados en el suelo y la cabeza entre las piernas. La tormenta empezaba a perder fuerza y la lluvia golpeaba en silencio las hojas que pendían sobre el camino.
– ¿Estás bien? -preguntó.
Merrin asintió y Lee siguió hablando:
– Vamos a llevar a Terry a su casa y después te vienes conmigo a la mía y me cuentas todo lo que ha pasado. Te pondré una copa y podrás desahogarte. Hará que te sientas mejor.
– No, gracias. Ahora mismo quiero estar sola. Necesito pensar.
– No quiero que te quedes sola esta noche. En tu estado sería lo peor que puedes hacer. Además, en serio, tienes que venir a mi casa. Te he arreglado la cruz y quiero ponértela.
– No, Lee. Quiero irme a casa, ponerme ropa seca y tranquilizarme un poco.
Tuvo otra oleada de irritación. Típico de Merrin pensar que podían posponer aquello indefinidamente, como si pudiera esperar que la recogiera en El Abismo y la llevara a donde ella quisiera sin darle nada a cambio. Pero apartó este sentimiento. La miró con su blusa y su falda mojadas, tiritando, y caminó hasta el maletero del coche. Sacó su bolsa de gimnasia y se la ofreció.
– Tengo ropa de deporte. Una camiseta y un pantalón. Están secos y limpios.
Merrin vaciló, después agarró la bolsa por las asas y salió del coche.
– Gracias, Lee -dijo sin mirarle a los ojos.
Lee no soltó la bolsa, sino que se aferró a ella -y a Merrin- por un instante, impidiendo que desapareciera en la oscuridad para cambiarse.
– Tenías que hacerlo y lo sabes. Era una locura pensar que tú…, que cualquiera de los dos…
Merrin dijo tirando de la bolsa:
– Sólo quiero cambiarme, ¿vale?
Se volvió y se alejó con paso rígido y la falda pegada a los muslos. Al pasar delante del coche, los faros iluminaron su blusa, que se transparentaba como papel de cera. Pasó por encima de la cadena y continuó avanzando hacia la oscuridad, camino arriba. Pero antes de desaparecer se volvió y miró a Lee con el ceño fruncido y una ceja levantada en señal de interrogación. O de invitación. Sígueme.
Lee encendió un cigarrillo y se lo fumó de pie junto al coche, preguntándose si debería seguirla, dudando si internarse en el bosque con Terry mirando. Pero transcurridos un minuto o dos comprobó que éste se había tumbado en el asiento trasero con una mano sobre los ojos. Se había dado un buen golpe en la sien derecha y antes de eso ya estaba bastante colocado, más cocido que una gamba de Nochevieja, de hecho. Era curioso, encontrarse allí junto a la fundición, como el día en que conoció a Terry Perrish y éste hizo volar un gigantesco pavo por los aires con Eric Hannity. Se acordó del porro de Terry y lo buscó en el bolsillo. Tal vez un par de caladas le asentarían el estómago a Merrin y la volverían menos arisca.
Observó a Terry unos minutos más, pero cuando comprobó que no se movía tiró la colilla del cigarro en la hierba húmeda y echó a andar por el camino en busca de Merrin. Siguió los surcos de grava trazando una curva y después una pequeña pendiente, y allí estaba la fundición, perfilada contra un cielo de furiosas nubes negras. Con su gigantesca chimenea, parecía una fábrica de pesadillas a granel. La hierba mojada relucía y se agitaba con el viento. Pensó que tal vez Merrin había ido a cambiarse dentro del torreón de ladrillo en ruinas y envuelto en sombras, pero entonces la escuchó llamarle desde la oscuridad, a su izquierda.
– Lee -dijo.
La vio a pocos metros del camino.
La bolsa de gimnasia estaba a sus pies y las ropas mojadas dobladas y puestas a un lado, con los zapatos de tacón encima. Había algo metido en uno de ellos, parecía una corbata, doblada varias veces. ¡Cómo le gustaba a Merrin doblar cosas! A veces Lee tenía la impresión de que llevaba años doblándole a él en pliegues cada vez más pequeños.
– No tienes ninguna camiseta. Sólo pantalones de chándal.
– Es verdad. Se me había olvidado -dijo caminando hacia ella.
– Pues vaya mierda. Dame tu camisa.
– ¿Quieres que me desnude?
Merrin trató de sonreír, pero sólo consiguió suspirar con impaciencia.
– Perdona, Lee, pero… no estoy de humor.
– Claro que no. Lo que necesitas es una copa y alguien con quien hablar.
Le enseñó el porro y sonrió, porque sentía que debía sonreír en ese momento.
– Vamos a mi casa y si hoy no estás de humor lo dejamos para otro día.
– ¿De qué hablas? -preguntó Merrin frunciendo el ceño, con las cejas muy juntas-. Quiero decir que no estoy de humor para bromas. ¿De qué estás hablando tú?
Lee se inclinó y la besó. Los labios de Merrin estaban fríos y húmedos. Se estremeció y dio un paso atrás, sorprendida. La cazadora se deslizó de sus manos, pero la sujetó para interponerla entre los dos.
– ¿Qué estás haciendo?
– Sólo quiero que te sientas mejor. Si estás triste es en parte culpa mía.
– Nada es culpa tuya.
Merrin le miraba con los ojos muy abiertos y expresión desconcertada. Pero poco a poco iba cayendo en la cuenta de lo que ocurría. Parecía una niña pequeña. Era fácil mirarla y olvidarse de que tenía veinticuatro años y no era una jovencita virgen de dieciséis.
– No he roto con Ig por ti. No tiene nada que ver contigo.
– Excepto que ahora podemos estar juntos. ¿No era ése el motivo de todo este numerito?
Merrin dio otro paso atrás tambaleándose, con una expresión de suspicacia cada vez mayor y la boca abierta como disponiéndose a gritar. Sólo que no gritó. Se rió, una sonrisa forzada e incrédula. Lee hizo una mueca de dolor. Por un momento fue como oír a su madre riéndose de él. Deberías pedir que te devuelvan el dinero.