– Joder -dijo Merrin-. Joder, Lee, coño. No es el momento para esa clase de bromas.
– Estoy de acuerdo.
Merrin le miró. La sonrisa pálida y confusa se le había borrado de la cara y ahora tenía la boca desfigurada con una mueca. Una fea mueca de asco.
– ¿Eso es lo que crees? ¿Qué he cortado con Ig para poder follar contigo? Eres su amigo. Mi amigo. ¿Es que no entiendes nada?
Lee dio un paso hacia ella y le puso la mano en el hombro, pero Merrin le empujó. Esto sí que no se lo esperaba; se le enredó un zapato en una raíz y cayó al suelo de culo.
Miró a Merrin y sintió cómo algo crecía en su interior: una especie de rugido atronador que avanzaba por un túnel. No la odiaba por todo lo que le estaba diciendo, aunque desde luego era muy fuerte. Después de provocarle durante meses -años en realidad- ahora le ponía en ridículo por desearla. Lo que en realidad le enfurecía era la expresión de su cara. Esa mirada de asco, con los dientecillos afilados asomando bajo el labio superior.
– ¿Entonces de qué me estabas hablando? -preguntó pacientemente, sintiéndose ridículo allí, sentado en el suelo-. ¿De qué hemos estado hablando todo este mes? Pensaba que querías tirarte a otros tíos. Pensaba que había cosas de ti, sentimientos a los que por fin querías enfrentarte. Sentimientos hacia mí.
– Dios -dijo Merrin-. Madre mía, Lee.
– Pidiéndome que te llevara a cenar por ahí, mandándome mensajes guarros sobre una supuesta rubia que ni siquiera existe. Llamándome a todas horas para saber a qué me dedico, si estoy bien.
Alargó una mano y la apoyó en el montón de ropa de Merrin, preparándose para ponerse de pie.
– Estaba preocupada por ti, gilipollas. Se acababa de morir tu madre.
– ¿Te crees que soy idiota? La mañana en que murió te dedicaste a ponerme como una moto, restregándote contra mi pierna con el cadáver en la habitación de al lado.
– ¿Cómo dices?
Hablaba en voz alta, aguda, histérica. Estaba haciendo demasiado ruido y Terry podría oírla, preguntarse por qué discutían. Lee asió la corbata metida en el zapato y cerró el puño mientras se ponía en pie. Merrin siguió hablando:
– ¿Te refieres a que estabas borracho y te di un abrazo y empezaste a toquetearme? Te dejé porque te vi hecho polvo, Lee, eso es todo. To-do.
Se había echado a llorar otra vez. Se cubrió los ojos con una mano y la barbilla le temblaba. Con la otra mano seguía sujetando la cazadora.
– Esto es una mierda. ¿Cómo has podido pensar que quería cortar con Ig sólo para follar contigo? Antes muerta, Lee. Antes muer-ta. ¿Lo pillas?
– Ahora sí -dijo Lee y le arrancó la chaqueta de las manos, la tiró al suelo y le colocó el nudo de la corbata alrededor del cuello.
Capítulo 40
Después de que la golpeara con la piedra, Merrin dejó de resistirse y pudo hacer con ella lo que quiso. Aflojó la presión de la corbata en su garganta. Merrin volvió la cara de lado con los ojos en blanco y parpadeando de forma extraña. Un hilo de sangre le bajaba desde el arranque del pelo por la cara sucia y emborronada por el llanto.
Decidió que estaba ida, demasiado confusa como para hacer otra cosa que dejarse follar, pero entonces habló con voz extraña y distante.
– Está bien -dijo.
– ¿Ah sí? -preguntó embistiendo con más fuerza, porque era la única forma de mantener la erección. No estaba disfrutando tanto como había pensado. Merrin estaba seca-. Te gusta, ¿eh?
Pero la había malinterpretado otra vez. No estaba hablando de si le gustaba.
– Me escapé -dijo.
Lee la ignoró y siguió concentrado en lo que estaba haciendo.
Merrin ladeó ligeramente la cabeza y alzó la vista hacia la gran copa del árbol bajo el que estaban.
– Me subí al árbol y me escapé -dijo-. Conseguí encontrar el camino de vuelta a casa. Estoy bien, Ig. A salvo.
Lee miró hacia las ramas y la hojas mecidas por la brisa pero no vio nada. No tenía ni idea de qué estaba hablando ni a qué miraba y no le apetecía preguntárselo. Cuando volvió la vista a su rostro algo había desaparecido de sus ojos y no pronunció una palabra más, lo que era una buena cosa, porque estaba asqueado y cansado de sus putas monsergas.
EL EVANGELIO SEGÚN MICK Y KEITH
Capítulo 41
Era temprano cuando Ig recogió la horca de la fundición y regresó, todavía desnudo, al río. Se metió en el agua hasta las rodillas y permaneció quieto mientras el sol se elevaba en el cielo sin nubes y su luz le calentaba los hombros.
No supo cuánto tiempo había pasado hasta que vio una trucha, a menos de un metro de su pierna izquierda. Vadeaba en el lecho arenoso agitando la cola atrás y adelante y mirando el pie de Ig con expresión estúpida. Éste blandió la horca, cual Poseidón con su tridente, hizo girar el mango en la mano y la lanzó. Acertó a la primera, como si llevara años pescando con lanza, como si hubiera lanzado la horca miles de veces. No era tan diferente del lanzamiento de jabalina, que había enseñado en Camp Galilee.
Cocinó la trucha con su aliento en la orilla del río, expulsando una bocanada de calor directamente desde los pulmones lo suficientemente potente para distorsionar el aire y ennegrecer el pobre pescado, cuyos ojos se volvieron del color de una clara de huevo cocida. Todavía no era capaz de escupir fuego como un dragón, pero suponía que era cuestión de tiempo.
Emitir calor le resultaba sencillo. Todo lo que tenía que hacer era concentrarse en algo que le produjera placer odiar. La mayoría de las veces recurría a lo que había visto dentro de la cabeza de Lee. Cocinando a su madre a fuego lento en el lecho de muerte, cerrando el nudo de su corbata alrededor del cuello de Merrin para obligarla a dejar de gritar. Las vivencias de Lee se agolpaban ahora en su cabeza y era como tener la boca llena de ácido de batería de coche, un amargor tóxico y abrasador que necesitaba escupir.
Después de comer regresó al río para disfrutar observando a las truchas huir de él mientras culebras de agua se deslizaban alrededor de sus tobillos. Se inclinó para mojarse la cara y cuando la levantó estaba chorreando. Se pasó el dorso de una mano demacrada y roja por los ojos para quitarse el agua, pestañeó y miró su reflejo en el río. Tal vez era un efecto del agua, pero los cuernos parecían más grandes y las puntas empezaban a curvarse hacia dentro, como si fueran a encontrarse. Tenía la piel de un color rojo intenso y el cuerpo inmaculado y terso como la piel de una foca, el cráneo liso como el pomo de una puerta. Sólo la perilla, inexplicablemente, no se había quemado.
Movió la cabeza de un lado a otro, estudiando su perfil, y decidió que era la viva imagen de un Asmodeo joven y sátiro.
Su reflejo en el agua ladeó la cabeza y le miró con timidez.
¿Qué haces pescando aquí? -dijo el diablo del agua-. ¿Acaso no eres pescador de hombres?
– ¿Pesca recreativa tal vez? -preguntó Ig.
Su reflejo se retorció de risa, una aullido obsceno y convulso de cuervo divertido, tan súbito como una ristra de cohetes explotando. Ig alzó la cabeza al instante y comprobó que se trataba de un cuervo izando el vuelo desde Coffin Rock y sobrevolando el río corriente abajo. Ig jugueteó con su perilla, su barbita de conspirador, escuchando al bosque y su resonante silencio y entonces fue consciente de otro sonido, de voces que se aproximaban río arriba. Al poco se oyó también, en la distancia, el breve graznido de una sirena de policía.
Subió por la pendiente para vestirse. Todo lo que se había llevado consigo a la fundición había ardido con el Gremlin, pero recordó las ropas cubiertas de rocío olvidadas en las ramas del roble al inicio de la pista Evel Knievel, un abrigo negro manchado con el forro roto, una media negra desparejada y una falda de encaje azul que parecía sacada de un vídeo de Madonna de los ochenta. Tiró de las ropas y metió la falda por las piernas recordando el precepto del Deuteronomio 22:5, que el hombre no vestirá ropa de mujer, porque es abominable para Jehová, tu Dios, cualquiera que hace esto. Ig se tomaba muy en serio sus responsabilidades en tanto futuro señor de los infiernos. Puestos a hacer las cosas, mejor hacerlas bien. Se puso la media negra, pero como la falda le quedaba corta y se sentía ridículo, se enfundó también el abrigo retieso con un forro impermeable y harapiento.