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Esto a Brunetti no le parecía un desastre, ni por asomo.

– Y se ha sentado con nosotros -prosiguió ella-. Es un hombrecito insignificante. Ha pedido un macchiato y un vaso de agua y apenas ha dicho una palabra, en tanto que Umberto seguía hablando y yo trataba de hacerme invisible. -Brunetti dudaba de tal eventualidad-. Y entonces, mientras los tres estábamos allí sentados tan amigablemente, ¿quién cree que ha entrado en el café? Pues mi amiga Giulia con Luisa, su hermana.

– ¿Coltellini? -preguntó Brunetti, a sabiendas de que era innecesario.

– Sí. Giulia me ha visto, se ha acercado a saludarme y entonces ha venido también su hermana. Creí que el pobre Fontana iba a desmayarse. Se ha levantado tan de prisa que ha volcado su taza y el café le ha caído en el pantalón. Qué horror, él no sabía si darle la mano, de lo contento que estaba de verla allí, pero Giulia se ha limitado a darle una servilleta. ¿Qué otra cosa podía hacer? Él se ha puesto a enjugarse el café. Ha sido grotesco. Pobre hombre. No podía disimular. Era tan evidente como si llevara un carteclass="underline" «Te amo, te amo, te amo.»

– ¿Y la jueza?

– Después de saludar, se ha desentendido de él. -Ella levantó las manos de la mesa y volvió a frotarse la palma de la izquierda.

– No me parece un desastre -dijo Brunetti.

– Eso ha llegado cuando Umberto me ha presentado. Al oír mi nombre, ella no ha podido disimular la sorpresa, ha mirado a Umberto, ha mirado a Fontana, me ha dado la mano y ha tratado de sonreír.

– ¿Qué ha hecho usted?

– Fingir que no había notado nada, y no creo que ella se haya dado cuenta de que yo había observado su reacción.

– ¿Qué ha pasado luego?

– Se ha sentado con nosotros. Antes de eso, daba la impresión de que deseaba echar a correr para no tener que estar cerca de Fontana, pero se ha sentado y ha empezado a hablar.

– ¿De qué?

– Me ha preguntado dónde trabajaba, ahora que ya no estaba en el banco.

– ¿Usted qué le ha dicho?

– Que trabajaba en la Commune, y como ella seguía preguntando, he dicho que era todo tan aburrido que no soportaba hablar de ello, y le he preguntado dónde había comprado la blusa que llevaba.

– ¿Ha dicho ella algo más?

– Cuando ha visto que no iba a sacar nada de mí, ha preguntado a Fontana de qué estábamos hablando, pero lo ha hecho con naturalidad y simpatía: «¿Y decíais cosas interesantes, Araldo?», le ha dicho con voz de sacarina. Pobre hombre. Se ha puesto tan colorado al oírla llamarlo por su nombre, que he pensado que iba a darle una apoplejía.

– ¿Pero no le ha dado?

– No, señor. Y tampoco le ha contestado, y entonces Umberto ha dicho que hablábamos del trabajo en los tribunales. -Ella ha callado un momento y ha movido la cabeza-. Probablemente, es lo peor que podía decir. -Miró a Brunetti-. Tendría que haberle visto la cara cuando ha oído esto. Congelada.

– ¿Cuánto tiempo se ha quedado después de eso? -preguntó Brunetti.

– No lo sé. Yo he recogido las flores y he dicho que tenía que volver a la oficina. Umberto ha dicho que me acompañaría hasta el traghetto: él cree que trabajo en Ca' Farsetti, de manera que he tenido que cruzar el Canal y entrar por la puerta principal, porque Umberto estaba en la otra orilla, saludando con la mano.

– ¿Pero la jueza no se ha creído que usted trabajara allí?

– Ni pensarlo. Lo tenía escrito en la cara. Es «jueza», por favor: a la fuerza tiene que saber quién trabaja en la questura.

– Quizá -trató de atemperar Brunetti.

Ella se levantó y fue hacia él tan aprisa que Brunetti tuvo que hacerse a un lado para esquivarla. Sin mirarlo, recogió las flores, arrancó el papel y las puso en la mesa, fue al armadio, sacó dos floreros y salió al pasillo. Él se quedó donde estaba, reflexionando acerca de lo que acababa de oír.

Cuando ella volvió, Brunetti tomó uno de los jarrones con agua y lo puso en el antepecho de la ventana. Ella dejó el otro en la mesita que estaba junto a la pared, fue a su escritorio y agarró uno de los ramos de flores. Tiró bruscamente de las gomas que sujetaban los tallos, las arrojó a la mesa y prácticamente embutió las flores en el jarrón, luego repitió la operación con el otro ramo.

Ella se sentó en su sillón, miró a Brunetti, miró a las flores y dijo:

– Pobrecitas. No debería desahogarme con ellas.

– No creo que tenga usted de qué desahogarse.

– No diría eso si hubiera visto cómo ha reaccionado ella.

– ¿Qué va a hacer ahora? -preguntó Brunetti.

– Me gustaría echar un vistazo a lo que sea que despertara su curiosidad acerca de la jueza.

14

La signorina Elettra fue con Brunetti al despacho de éste, donde él le dio los papeles del Tribunale que le había entregado su antiguo condiscípulo. Él le explicó lo que pensaba de los aplazamientos de ciertos casos encomendados a la jueza Coltellini y señaló la firma de Fontana al pie de los papeles.

– Juego de niños -dijo ella refiriéndose al método utilizado por el Ministerio de Justicia para preservar la inviolabilidad del sistema judicial. Mirando la firma de Fontana ella dijo:

– ¿Sabe?, he estado pensando en todo esto y tengo la impresión de que hay algo extraño en la manera en que Fontana se comportaba con la jueza. Cuanto más lo pienso, más raro me parece su comportamiento.

– El amor no correspondido siempre parece extraño a quienes no saben lo que es -observó Brunetti, sintiéndose más sentencioso que Polonio.

– Ahí está -dijo la signorina Elettra mirándolo fijamente-. No estoy segura de que se trate de amor no correspondido.

– ¿De qué si no?

– No lo sé -respondió ella. Cruzó los brazos y se golpeó el labio inferior con una punta de los papeles-. Yo he visto amor no correspondido -dijo, sin explicar desde qué lado-. Al principio creí que era eso, pero cuanto más lo pienso, más me parece otra cosa. Él se muestra muy humilde, muy servil cuando le habla: hasta el más obtuso se daría cuenta de que a nadie le gusta que le hablen como le habla él.

– Según quién, sí -objetó Brunetti.

– Ya lo sé, ya lo sé. Pero no a ella. Eso está claro. No le he dicho, porque violenta hasta hablar de ello, la manera en que él se ofrecía continuamente a traerle cosas: un café, un vaso de agua, una pasta. Era como si se sintiera en deuda con ella, pero de un modo extraño.

– Si están juntos en esto, probablemente ella esté recibiendo ya la mayor parte de los pagos -dijo Brunetti, con lo que puso de manifiesto la interpretación que había dado a las listas que obraban en su poder-. Por lo tanto, ella es quien debería pagar los cafés.

– No, no -dijo ella rechazando tanto su interpretación como su comentario jocoso-. Él no da la impresión de pensar que tiene que compensarla por algo. Es como si entre los dos hubiera un enorme agujero y él no pudiera pensar más que en la manera de cerrarlo, aun a sabiendas de que es tan grande que nunca lo conseguirá. -Se quedó pensativa un momento y agregó-: No; tampoco es eso. Él le está «agradecido», pero agradecido de la manera en la que lo están los devotos cuando la Madonna ha escuchado su plegaria. Violenta verlo.

– ¿Lo ha notado su amigo Umberto?

– Si lo ha notado, no ha hecho comentarios. Y yo tenía tanta prisa por marcharme que no le he preguntado. Además, me horrorizaba la idea de estar en la riva, al sol, hablando con él ni un minuto más. Sólo quería subir a la góndola y cruzar al otro lado lo antes posible.