Brunetti no pudo resistir la tentación de preguntar: -¿Así es como Umberto la trata a usted, como a la Madonna?
– Oh, no -dijo ella yendo hacia la puerta-. Lo suyo es amor no correspondido.
Ni aquel día ni al día siguiente pudo la signorina Elettra descubrir indicio alguno que apuntara a la causa de los aplazamientos de los casos consignados en la lista. El sistema informático del Tribunale estaba averiado y como las dos personas encargadas de él estaban de vacaciones, la base de datos no estaría disponible hasta dentro de una semana por lo menos.
Desgraciadamente, según ella pudo comprobar, la avería excluía del sistema tanto a las personas autorizadas a consultarlo como a las no autorizadas.
Con la esperanza de recibir noticia de algún éxito antes de irse de vacaciones, Brunetti la llamó para preguntar si había tenido tiempo de informarse sobre Marco Puntera, el dueño del apartamento de Fontana. Ella casi le pidió disculpas por no haber podido hacer tal cosa, y explicó que su amigo ya no trabajaba en el banco y ella había estado tan ocupada redactando las instrucciones del vicequestore Patta para el período de vacaciones que no había tenido tiempo de ver qué podía encontrar sobre el signor Puntera. Prometió dedicarse a ello en cuanto el vicequestore se hubiera ido a la isla de Ponza donde él y su familia serían huéspedes del presidente del Consejo Municipal de Venecia, que tenía casa allí.
– Otra manera de garantizar la absoluta objetividad de las fuerzas del orden en toda investigación de los políticos locales -dijo Brunetti, al oír el nombre del anfitrión de Patta.
– Estoy convencida de que el vicequestore es inmune a toda clase de halagos -dijo la signorina Elettra en respuesta a la sugerencia de Brunetti-. Usted ya sabe, comisario, que él habla a menudo de la necesidad de evitar hasta la apariencia de favoritismos de cualquier especie.
– Sé muy bien cómo habla de esas cosas -dijo el comisario, y entonces ambos centraron la atención en la inminente marcha de Brunetti y en lo que habría que hacer mientras él estuviera de vacaciones. Ella le deseó una buona vacanza y se despidió hasta dos semanas después.
Tomando los buenos deseos de la joven como el permiso para marcharse, Brunetti se fue a casa y se dedicó a meter en la maleta lo que no eran libros.
A la mañana siguiente, los Brunetti tomaron el Eurostar de las 9.50, hicieron trasbordo en Verona y se dirigieron al norte con creciente entusiasmo. En Bolzano cambiaron a un cercanías hasta Merano, y aquí, al trenino de Vinchgau hasta Malíes, donde los esperaría el coche. A poco de salir de Verona, estaban viajando por un universo de vides. Una poesía que Brunetti había tenido que estudiar en tercero de Inglés decía: «Cañón a la izquierda y cañón a la derecha»; aquí, en lugar de cañones, eran vides, kilómetros y kilómetros de viñedos, todos podados a idéntica altura; seguramente, pensó, también las uvas serían todas de la misma variedad y tamaño.
Transcurría el tiempo, como suele transcurrir el tiempo en el tren; Brunetti, contento de estar en campo abierto, miraba por la ventanilla; Chiara conversaba con una joven pareja que viajaba en el mismo compartimento; y Raffi, sentado frente a su madre, en una de las butacas del centro, se camuflaba entre unos auriculares y, de vez en cuando, movía la cabeza de arriba abajo siguiendo el compás. En un momento en que la cabeza aceleró el movimiento, Paola levantó la mirada del libro y desconcertó a los otros cinco ocupantes del compartimento diciendo en inglés:
– Unheard melodies are indeed sweeter, sí que son más dulces las melodías que no oímos -y volvió a enfrascarse en las observaciones de míster James.
Brunetti escuchaba a intervalos la conversación que mantenían su hija y la pareja que ocupaba los asientos de la ventanilla. Al parecer, los jóvenes iban a pasar dos semanas en Bolzano, en casa de unos amigos, tiempo que dedicarían a escuchar música y descansar. Puesto que ambos habían comentado lo fácil que resultaba la escuela y lo aburrida que era la vida en general, Brunetti sintió la tentación de preguntar de qué necesitaban descansar, pero optó por contemplar los viñedos. Observó que unos tractores en miniatura patrullaban entre las hileras de vides, rodándolas con pulverizadores. Cuando el tren, al acercarse a Trento, empezó a aminorar velocidad, Brunetti observó que uno de los tractoristas llevaba un mono blanco parecido al que usaba la policía científica y, además, se protegía la cabeza con una capucha y toda la cara, no sólo la boca y la nariz, con una máscara.
Paola estaba frente a él, al lado de la puerta, y Brunetti no tuvo más que alargar el brazo para llamar su atención con un golpecito en la rodilla.
– Parece un marciano, ¿no crees? -dijo señalando hacia la ventana.
Chiara, atenta a lo que estaba diciéndole el muchacho, no reparó en el tractor ni en el que lo conducía.
Paola estuvo un rato mirando por la ventanilla y se volvió hacia Brunetti.
– ¿Comprendes ahora por qué en casa comemos fruta ecológica?
Como si la mención de un comestible hubiera atravesado los auriculares y despertado un instinto siempre latente, Raffi dijo con una voz más gruesa de lo normaclass="underline"
– Tengo hambre.
Paola, al igual que la típica madre de película italiana de los años cincuenta, estaba convencida de que la comida que se compra en el tren es perjudicial, y había llenado una cesta de bocadillos, fruta, agua mineral, media botella de vino tinto y más bocadillos.
A una señal de su madre, Raffi bajó la cesta de la red de equipajes, la abrió y empezó a repartir bocadillos a todo el compartimento, incluidos los dos jóvenes que, después de la obligada negativa inicial, los aceptaron encantados. Había prosciutto y tomate, prosciutto y aceitunas, mozzarella y tomate, ensaladilla, atún y aceitunas, y otras variaciones de estos ingredientes. Raffi llenó de agua seis vasos de papel y los fue pasando.
Brunetti se sintió de pronto inundado de alegría. En paz, viajando hacia el norte, rodeado de lo que más quería en el mundo. Todos sanos; todos seguros. Durante dos semanas, pasearía por la montaña, comería speck y strudel, dormiría con edredón mientras el resto del mundo se achicharraba, y leería hasta hartarse. Miraba por la ventana, observando que las vides habían sido reemplazadas por manzanos.
La conversación entre la gente joven se hizo general. La pareja dio profusas gracias a Paola habiéndole respetuosamente de usted, lo mismo que a Brunetti. Con Chiara y Raffi, por supuesto, se tuteaban. Gran parte de su conversación tenía una cualidad hermética para los oídos de Brunetti, que no entendía casi ninguna de sus referencias ni encontraba sentido a algunos de sus adjetivos. Por el contexto, dedujo que «refatto» era una alabanza y que ser considerado «scrauso» era lo último.
Salieron de Trento a la hora, y Raffi empezó a repartir plátanos y ciruelas.
Diez minutos después, mientras continuaba el desfile de manzanos, sonó el teléfono de Brunetti. Durante un momento, pensó en dejarlo sonar, pero luego decidió contestar y lo sacó del departamento lateral del bolso de Paola, donde él lo había metido al salir de casa.
– Pronto -respondió.
– ¿Es usted, Guido?
– Sí. ¿Con quién hablo?
– Claudia. -Brunetti tardó unos segundos en asociar la voz con el nombre y deducir que la persona que llamaba era la comisaria Claudia Griffoni, que por ser la última en orden de veteranía debía permanecer de servicio durante las vacaciones del ferragosto.