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– ¿Qué ocurre? -Tener a la familia a su lado le había evitado el sobresalto de temer lo peor.

– Un asesinato, Guido. Parece un atraco que ha acabado mal.

– ¿Cómo ha sido? -Vio la mano de Paola en su rodilla y entonces se dio cuenta de que estaba mirando al suelo para aislarse.

La comunicación se interrumpió y, al cabo de un momento, volvió a oírse la voz de Griffoni:

– Estaba en el patio de entrada de su casa, al lado de la puerta. Quizá lo han hecho entrar de un empujón al abrirla, o lo esperaban dentro.

Brunetti profirió un sonido interrogativo y Griffoni prosiguió:

– Parece que lo han derribado y luego le han golpeado la cabeza contra una estatua.

– ¿Quién lo ha encontrado?

– Un vecino de la casa que salía a pasear al perro. Sobre las siete y media de la mañana.

– ¿Por qué no me han llamado? -inquirió Brunetti.

– Cuando han dado el aviso, el agente de servicio ha mirado la lista y ha visto que usted estaba de vacaciones. En aquel momento, sólo Scarpa se encontraba aquí, y él ha acudido al lugar. Ha llamado ahora mismo, para informar, y yo le llamo a usted.

Brunetti levantó la cabeza y vio que las tres personas que viajaban frente a él -su esposa, su hijo y la muchacha de al lado de la ventanilla- lo miraban con ojos redondos de curiosidad. Él se levantó, abrió la puerta corredera, salió al pasillo y cerró la puerta.

– ¿Dónde está ahora?

Otra interrupción.

– ¿Cómo dice? -preguntó Griffoni.

– ¿Dónde está la víctima?

– En el depósito.

– ¿Qué está pasando en el lugar del crimen?

– Han ido los de criminalística -empezó ella, y su voz se apagó durante segundos. Cuando volvió a oírse, decía-:… situación complicada. En el edificio viven tres familias, y sólo se sale a la calle por esa puerta. Scarpa ha conseguido mantenerlos dentro hasta que el equipo ha terminado, pero a las diez ha tenido que dejarles salir.

Brunetti renunció a comentar cómo esto contaminaría la escena o, cuando menos, brindaría a la futura defensa un pretexto para cuestionar la validez de las pruebas. Sólo en las series policíacas de la televisión se aceptan las pruebas forenses sin discusión.

– Scarpa sigue allí -dijo ella-. Se ha llevado a varios hombres. A Alvise.

– Sí, y ¿por qué no han puesto una parada de barcos en la escena del crimen? -dijo Brunetti, irritado-. ¿Quién hace la autopsia?

Otro corte en la comunicación.

– … pedido a Rizzardi -dijo ella, demostrando una vez más que el poco tiempo que llevaba en la questura no lo había desperdiciado.

– ¿Podrá encargarse él?

– Así lo espero. Su nombre no estaba en la lista, pero por lo menos el estúpido del ayudante está de vacaciones desde hace una semana y no dejó teléfono de contacto.

– No es manera de hablar del ayudante del médico légale de la ciudad, comisaria.

– Rectifico, comisario: estúpido y engreído.

Brunetti dejó pasar la sentencia, que suscribió en silencio.

– Regreso.

– Me alegro -dijo ella con audible alivio-. La mayoría de la gente está fuera y no quería acabar trabajando en esto con Scarpa. -Pasó a los detalles-. ¿Cómo piensa volver? ¿Llamo a Bolzano para que lo traigan en un coche patrulla?

Brunetti miró el reloj.

– ¿Dónde está usted? -preguntó.

– En mi despacho. ¿Por qué?

– Mire en el horario de trenes a qué hora sale de Bolzano el próximo tren en dirección al sur.

– ¿No quiere un coche? -preguntó ella.

– Me encantaría un coche, créame. Pero de vez en cuando desde el tren se ve la autostrada y en algunos tramos no se mueve nadie, ni en un sentido ni en el otro. El tren será más rápido.

Ella murmuró unas palabras y él oyó que dejaba el teléfono. Atento a las interrupciones, observó que parecían coincidir con la aproximación del tren a las torres de alta tensión. Entonces le llegó la voz de Griffoni, que decía:

– El EuroCity de Munich a Venecia tiene la salida un minuto después de que entre su tren.

– Bien. Llame a la estación de Bolzano y digan que lo retengan. Nosotros llegaremos dentro de doce minutos. Yo me apeo de éste, subo al otro y podría estar ahí dentro de unas cuatro horas.

– Sí -dijo ella-. Volveré a llamarle.

Brunetti cortó la comunicación y se apoyó en el cristal del compartimento en el que estaba su familia y miró a las montañas que se elevaban más allá de las grandes plantaciones de manzanos.

Después de que dejaran atrás muchos campos, volvió a sonar su teléfono y Griffoni dijo:

– El tren de Munich lleva diez minutos de retraso. Si el suyo llega a la hora, no tendrá dificultad. Entrará por la vía cuatro.

– Tengo que acompañar a mi familia a su tren, de modo que llame y dígales que me esperen.

– Está bien -dijo ella-. Alguien lo recogerá en la estación de Venecia.

Brunetti guardó el teléfono en el bolsillo y dio media vuelta para abrir la puerta del compartimento.

15

En el tren que lo llevaba de vuelta a Venecia, Brunetti pensaba que la naturaleza humana aún podía sorprenderlo: los dos jóvenes habían insistido en ayudarles a llevar el equipaje al otro tren, después de que un revisor se acercara a decir a Brunetti que el tren con destino a Venecia traía otros diez minutos de retraso. Una vez su familia estuvo a bordo, los dos jóvenes desaparecieron, sin hacer preguntas acerca de la misteriosa razón que le obligaba a regresar a Venecia con tanta urgencia. Brunetti besó a Paola y a los chicos, prometió reunirse con ellos lo antes posible y vio partir el tren que los llevaba a Merano, a las montañas, al goce de dormir con edredón a mediados de agosto.

En el tren que regresaba a Venecia también hacía fresco, pero con intermitencias, porque la refrigeración funcionaba sólo cuando le apetecía, alternando el soplo ártico con la brisa tropical. Las ventanas de los trenes modernos no se abren, por lo que él y los otros tres pasajeros que ocupaban el compartimento de primera clase al que lo había conducido el revisor, tenían la sensación de utilizar un medio de transporte que tanto podía parar en Calcuta como en Ulan Bator. Brunetti había dejado su maleta -y sus jerséis- con la familia, por lo que, cada vez que el tren se acercaba a Ulan Bator, tenía que refugiarse en el pasillo, donde la temperatura era alta, sí, pero, por lo menos, se mantenía constante.

Esta anomalía impedía a Brunetti leer en paz y pensar con calma acerca de la situación que encontraría en Venecia y lo haría cuando llegara. Al fin, decidió refugiarse en el vagón restaurante, donde la refrigeración funcionaba correctamente, y se sentó a leer el periódico mientras se tomaba dos cafés y una botella de agua mineral.

Cuando el tren entró en Mestre, Brunetti marcó el número de Griffoni y se alegró de oír que ella lo esperaría en la estación con una lancha.

– ¿Vianello? -preguntó él, sabiendo que su amigo estaba de vacaciones, pero confiando en que Griffoni hubiera pensado en llamarle.

– Le llamé después de hablar con usted. Conoce a alguien de la Guardia Costiera que ha conseguido permiso para entrar en aguas de Croacia a recogerlo.

– ¿A quién conoce? -preguntó Brunetti.

– Sólo ha dicho que es alguien con quien había ido a la escuela -explicó ella.

– Bien. Gracias.

El tren empezaba a salir de la estación y Brunetti cortó. Cuando cruzaban el puente, le llamó la atención las enormes masas de algas que se acumulaban a uno y otro lado. Por la mañana, la marea alta las disimulaba, pero ahora estaban bien a la vista. Circularon durante varios minutos y las algas no se acababan. Botellas de plástico se mecían sobre la capa verde que se extendía a uno y otro lado, y sin duda también debajo del puente, sin solución de continuidad. Las embarcaciones la evitaban. Las aves acuáticas se mantenían alejadas. La capa verde se iba extendiendo como un eczema mal cuidado.