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Brunetti vio la lancha de la policía amarrada delante de la estación y bajó rápidamente la escalera en dirección a ella. Se estaba tan cómodo en el vagón restaurante que tardó un momento en reconocer la sensación de sofoco de aquel calor. Antes de llegar a la lancha, ya sentía la camisa pegada a la espalda, y entonces advirtió con disgusto que sus nuevas gafas de sol se habían quedado en la maleta que, a estas horas, ya habría llegado a una altitud de 1.450 metros en el monte que se alzaba sobre Glorenza.

Brunetti saludó con un movimiento de la cabeza a Foa, el piloto; subió a bordo y estrechó la mano de Griffoni. La faldita que ella llevaba dejaba al descubierto una gran extensión de pierna morena. El bronceado hacía que la melena de la mujer pareciera aún más rubia. Por el aspecto, podía ser todo menos una comisaria de policía de servicio. Foa soltó la amarra, entró en la cabina y puso en marcha el motor.

– ¿Vianello? -preguntó él.

– Ya ha vuelto. Nos espera en casa de la víctima. Ha tardado menos de tres horas.

Brunetti sonrió. Tener que volver a Venecia podía haber desbaratado los planes de Vianello para las vacaciones, pero hacer la travesía del Adriático en una patrullera de Guardacostas, a toda velocidad, era una buena compensación.

– Imagino que habrá disfrutado.

– ¿Y quién no? -preguntó ella con envidia en la voz.

La embarcación viró a la izquierda por el Canale di Cannareggio, pasó a velocidad moderada bajo los dos puentes y salió a la laguna. Griffoni explicó que había hablado con el dottor Rizzardi, quien le había dicho que trataría de volver de su casa de los Dolomitas aquella misma noche, para hacer la autopsia. Si no, habría que esperar a la mañana siguiente.

Griffoni no había visto el cadáver, que había sido trasladado al depósito antes de que Scarpa la llamara para informarla del crimen. Brunetti, con cautela, preguntó cuál había sido la reacción de Scarpa al enterarse de que él y Vianello regresaban para hacerse cargo del caso.

– No se lo he dicho.

– ¿Él piensa entonces que el caso es suyo? -preguntó Brunetti.

– Suyo y mío. Pero, como sólo soy una mujer, evidentemente no cuento. -Se habían quedado en cubierta para captar el viento de la marcha, que se llevaba algunas palabras. Brunetti miró a su colega: era una mujer, indiscutiblemente, pero él nunca antepondría a la definición el adverbio «sólo».

– Entonces mi llegada será una sorpresa para él -dijo Brunetti, no sin satisfacción.

– Y espero que también motivo de disgusto -dijo ella con la inquina que solía provocar el teniente en todo el mundo, por breve que fuera el trato.

En esta parte de la laguna, el agua estaba insólitamente rizada, y tenían que agarrarse a la borda para no tambalearse. Foa, no obstante, puso la lancha a toda máquina al salir al agua abierta, y el ruido del motor ahogó sus voces e hizo imposible la conversación. Brunetti se volvió hacia la izquierda y su mirada fue de Murano a Burano y al campanario de Torcello, apenas visible en la bruma.

Viraron a la derecha, pasaron frente a un canal y entraron en el siguiente. Brunetti vio al hombre que conduce el camello y preguntó:

– ¿Qué hacemos en la Misericordia?

– La casa está ahí delante, a la izquierda.

– Oddio -exclamó Brunetti-. ¿No será Fontana?

– Le di el nombre por teléfono -dijo ella.

Brunetti recordó las interrupciones y los parásitos de la comunicación.

– Sí, por supuesto -dijo.

– ¿Le conoce? -preguntó ella con interés.

– No; sólo de referencias.

– Trabajaba en el Tribunale, ¿verdad?

Al notar que la lancha aminoraba la marcha, Brunetti dijo únicamente:

– Sí. -Se adelantó y asió la amarra.

Foa detuvo la lancha a la derecha del canal y Brunetti saltó a la orilla y ató la amarra a un aro. Alargó el brazo para ayudar a desembarcar a Griffoni. Foa dijo que buscaría un bar para refugiarse del sol y que lo llamaran al móvil cuando terminaran.

Ella abrió la marcha: bajó hasta el primer puente, lo cruzó, subió por la calle y torció a la derecha. La tercera casa de la derecha: un gran portone de color marrón con rótulos de nombres y timbres a un lado.

Griffoni tenía llave y entraron en lo que resultó ser un gran patio lleno de tiestos con palmeras y otras plantas. En el fondo ya empezaba a extenderse la sombra del atardecer. Allí se produjo un movimiento que captó la atención de Brunetti. Un joven agente, uno de los recién incorporados, se había puesto en pie y saludaba a los comisarios. Brunetti observó entonces que la cinta de la policía dividía el patio en dos zonas y que el joven estaba en la más alejada. Él y Griffoni pasaron por debajo de la cinta y se acercaron.

– ¿Dónde estaba? -preguntó Brunetti.

– Allí, comisario -dijo el agente señalando a su derecha, hacia el fondo, donde arrancaba la escalera.

Brunetti y Griffoni fueron hacia el lugar indicado. Atrajo la mirada de Brunetti una mancha de sangre en forma de triángulo rectángulo que había quedado en el suelo. De la mancha partía el dibujo en tiza de la silueta de un hombre, cuyos pies apuntaban hacia ellos. Desde el ángulo de Brunetti, la figura parecía muy pequeña.

– ¿Dónde está la estatua? -preguntó.

– Bocchese la mandó al laboratorio -respondió Griffoni-. Era sólo una copia en mármol del siglo diecinueve, de un león bizantino. -La explicación desconcertó a Brunetti, pero decidió no preguntar.

Miró al portone que daba a la calle y calculó que la mancha de sangre estaba a unos quince metros, de modo que alguien podía haber estado esperando en el patio. O alguien podía haberlo empujado desde la calle. O había entrado con un conocido.

– ¿A qué hora ha ocurrido? -preguntó a Griffoni.

– No estamos seguros. Aún no hemos interrogado a los vecinos, pero uno de ellos ha dicho a Scarpa que él y su esposa volvieron a casa poco después de las doce y no vieron nada. -Extendiendo el brazo en un amplio ademán que iba del portone a la mancha, dijo-: Por fuerza habrían tenido que verlo. Por lo tanto, lo mataron después de medianoche.

– Y antes de las siete treinta -dijo Brunetti-. Es mucho tiempo.

Griffoni asintió:

– Es una de las razones por las que quería que Rizzardi hiciera la autopsia.

Brunetti asintió a su vez.

– ¿Qué le ha dicho Scarpa?

– Que la mujer de esta pareja dijo que Fontana vivía con su madre. Que es muy religiosa, va a misa todos los días y al cementerio una vez a la semana, a arreglar la tumba de su esposo. Que su hijo la adoraba y que es una lástima que haya acabado así, en la plenitud de su vida. Lo de siempre: una vez se muere uno, todo son elogios, lamentaciones por la pérdida y cumplidos para toda la familia.

– ¿Lo cual, para usted, significa…?

Griffoni sonrió al contestar:

– Lo mismo que significaría para todo el que prestara atención a lo que dice la gente en realidad cuando habla de lo maravillosas que son las personas: que esa mujer es una fiera y que, probablemente, amargaba la vida a su hijo. -Estaban a cierta distancia del agente y hablaban en voz baja, y Brunetti lo lamentó, porque habría revelado al joven una de las verdades fundamentales que su profesión le haría descubrir con el tiempo: nunca hay que creer lo que se dice de un muerto.

Brunetti echó otra mirada al escenario del crimen, la cinta, el dibujo en tiza. Llamó con una seña al joven agente:

– ¿Ha venido usted con el teniente Scarpa?

– No, señor; yo estaba de patrulla por San Leonardo cuando recibí la orden de venir.

– ¿Quién estaba aquí cuando llegó?

– Estaba el teniente, señor. Scarpa. Y los agentes Alvise y Portoghese. Y tres técnicos de criminalística. Y el fotógrafo. -Su voz se apagó, pero era evidente que no había terminado.