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El primer mensaje llegó a las siete. Pitt explicó el motivo de la accidentada elevación. Jessie no había compensado lo bastante la falta de fuerza de sustentación ocasionada por el peso de Giordino y Gunn a bordo.

Desde entonces hasta las catorce, Pitt mantuvo abierta la frecuencia y sostuvo un diálogo fluido, comparando sus observaciones con las que habían sido transmitidas durante el vuelo de LeBaron.

El jefe del personal de tierra levantó el micrófono.

– Prosperteer, aquí la casa de la Abuela. Cambio.

– Adelante, Abuela.

– Puede darme su última posición satélite V1KOR.

– Roger. Lectura VIKOR H3608 por T8090.

El jefe comprobó rápidamente la posición en una carta.

– Prosperteer, parece que van bien. Les sitúa a cinco millas al sur de Guinchos Cay, en el Bahama Bank. Cambio.

– Yo leo lo mismo, Abuela.

– ¿Cómo están los vientos?

– A juzgar por las crestas de las olas, yo diría que han subido a fuerza 6 en la escala de Beaufort.

– Escuche, Prosperteer. La Guardia Costera ha emitido un nuevo boletín sobre Evita. Ha doblado la velocidad y girado hacia el este. Hay alarma de huracán en todas las Bahamas del sur. Si sigue el curso actual, llegará a la costa oriental de Cuba esta tarde. Repito: Evita ha girado al este y avanza en su dirección. Den por acabado su trabajo y vuelvan rápidamente a casa.

– Lo haremos, Abuela. Ponemos rumbo a los Cayos.

Pitt guardó silencio durante la media hora siguiente. A las catorce treinta y cinco, el jefe del personal de tierra llamó de nuevo:

– Responda, Prosperteer. Aquí la casa de la Abuela. ¿Me reciben?

Nada.

El aire sofocante del interior del camión pareció enfriarse súbitamente, cuando la aprensión y el miedo asaltaron al personal. Los segundos se hicieron eternos, convirtiéndose en minutos, mientras el jefe trataba desesperadamente de comunicar con el dirigible.

Pero el Prosperteer no respondía.

El jefe del personal de tierra soltó el micrófono y salió del camión, pasando entre sus pasmados hombres. Corrió hacia el coche aparcado y abrió febrilmente una portezuela de atrás.

– ¡Han desaparecido! Les hemos perdido, ¡como la última vez!

El hombre que estaba sentado a solas en el asiento de atrás se limitó a asentir con la cabeza.

– Continúe intentando establecer comunicación con ellos -dijo pausadamente.

Mientras el hombre volvía corriendo a la radio, el almirante James Sandecker descolgó un teléfono de un compartimiento disimulado e hizo una llamada.

– Señor presidente.

– Diga, almirante.

– Han desaparecido.

– Comprendido. He dado instrucciones al almirante Clyde Monfort de la Fuerza Conjunta del Caribe. Ha puesto ya en estado de alerta a barcos y aviones alrededor de las Bahamas. En cuanto colguemos, le ordenaré que inicie una operación de búsqueda y salvamento.

– Por favor, dígale a Montfort que se dé prisa. También me han informado de que el Prosperteer desapareció en un lugar donde se preveía un huracán.

– Vuelva a Washington, almirante, y no se preocupe. Su gente y la señora LeBaron serán encontrados y recogidos dentro de pocas horas.

– Trataré de compartir su optimismo, señor presidente. Muchas gracias.

Si había una doctrina en la que creía Sandecker de todo corazón era: «No te fíes nunca de la palabra de un político.» Hizo otra llamada desde su automóvil.

– Aquí el almirante James Sandecker. Quisiera hablar con el almirante Monfort.

– En seguida, señor.

– Jim, ¿eres tú?

– Hola, Clyde. Me alegro de oír tu voz.

– Caray, hace casi dos años que no nos hemos visto. ¿Qué se te ofrece?

– Dime una cosa, Clyde. ¿Te han dado la voz de alerta para una misión de salvamento en las Bahamas?

– ¿Dónde has oído tal cosa?

– Rumores.

– Para mí es una noticia. La mayor parte de nuestras fuerzas del Caribe están tomando parte de unas maniobras anfibias de desembarco en Jamaica.

– ¿En Jamaica?

– Un pequeño ejercicio para desentumecer los músculos y exhibir nuestra capacidad militar a los soviéticos y a los cubanos. Hace que Castro se sienta desconcertado, temiendo que vamos a invadir su isla el día menos pensado.

– ¿Vamos a hacerlo?

– ¿Para qué? Cuba es la mejor campaña publicitaria de que disponemos para demostrar el tremendo fracaso económico del comunismo. Además, es mejor que sean los soviéticos y no nosotros quienes tiren un millón de dólares diarios en el retrete de Castro.

– ¿No has recibido ninguna orden de no perder de vista a un dirigible que emprendió un vuelo desde los Cayos esta mañana?

Se hizo un ominoso silencio en el otro extremo de la línea.

– Probablemente no debería decirte esto, Jim, pero recibí una orden verbal concerniente al dirigible. Me dijeron que mantuviese nuestros barcos y nuestros aviones lejos de los Bahama Banks y que interfiriese todas las comunicaciones procedentes de aquella zona.

– Esta orden, ¿venía directamente de la Casa Blanca?

– No abuses de tu suerte, Jim.

– Gracias por haberme hablado claro, Clyde.

– Siempre a tu disposición. Tenemos que vernos la próxima vez que yo esté en Washington.

– Lo espero con ilusión.

Sandecker colgó el teléfono, con el semblante enrojecido y echando chispas por los ojos.

– Que Dios les ayude -murmuró, apretando los dientes-. Nos la han pegado a todos.

19

La cara suave y de pómulos salientes de Jessie estaba tensa por el esfuerzo de luchar contra las ráfagas de viento y lluvia que zarandeaban el dirigible. Se le estaban entumeciendo los brazos y las muñecas de tanto manejar las válvulas y el timón de inclinación. Con el peso añadido de la lluvia, era casi imposible mantener en equilibrio y al nivel adecuado la oscilante aeronave. Empezaba a sentir la fría caricia del miedo.

– Tendremos que dirigirnos a la tierra más próxima -dijo, con voz insegura-. No podré mantenerlo mucho más tiempo en el aire, con esta tormenta.

Pitt la miró.

– La tierra más próxima es Cuba.

– Vale más la cárcel que la muerte.

– Todavía no -replicó Pitt desde su asiento, a la derecha y un poco detrás de ella-. Aguante un poco más. El viento nos empujará hacia Key West.

– Con la radio estropeada, no sabrán dónde buscarnos si tenemos que caer al mar.

– Hubiese debido pensar en esto antes de derramar café en el transmisor y provocar un cortocircuito.

Ella le miró. Dios mío, pensó, es para volverse loca. Él estaba mirando por la ventanilla de estribor, contemplando tranquilamente el mar con unos gemelos. Giordino estaba observando por el lado de babor, mientras Gunn leía los datos de la computadora VIKOR de navegación y marcaba su rumbo en una carta. Con frecuencia, Gunn observaba también las marcas de la aguja del gradiómetro Schonstedt, un instrumento para detectar el hierro por mediación de la intensidad magnética. Parecía como si aquellos tres hombres no tuviesen la menor preocupación en el mundo.

– ¿No han oído lo que he dicho? -preguntó, desesperada, ella.

– Lo hemos oído -respondió Pitt.

– No puedo dominarlo con este viento. Es demasiado pesado. Tenemos que echar lastre o aterrizar.

– El último saco de lastre fue arrojado hace una hora.

– Entonces tiren esa chatarra que subieron a bordo -ordenó ella, señalando una montañita de cajas de aluminio fijadas en el suelo.

– Lo siento. Esta chatarra, como usted la llama, puede sernos muy útil.

– Pero estamos perdiendo altura.

– Haga todo lo que pueda.

Jessie señaló a través del parabrisas.

– Esa isla a estribor es Cayo Santa María. La tierra de más allá es Cuba. Voy a poner rumbo al sur y probar suerte con los cubanos.

Pitt se volvió, con una mirada resuelta en sus ojos verdes.

– Fue usted quien quiso intervenir en esta misión -dijo rudamente-. Quería ser un tripulante más. Ahora aguante.

– Emplee la cabeza, Pitt -saltó ella-. Si esperamos otra media hora, el huracán nos hará pedazos.

– Creo que he encontrado algo -gritó Giordino.,

Pitt se levantó y pasó al lado de babor.

– ¿En qué dirección?

Giordino señaló.

– Acabamos de pasar por encima. A unos doscientos metros a popa.

– Y es grande -dijo Gunn excitado-. La aguja del detector se sale de la escala.

– Gire a babor -ordenó Pitt a Jessie-. Llévenos por donde hemos venido.

Jessie no discutió. Contagiada súbitamente del entusiasmo del descubrimiento, sintió que desaparecía su cansancio. Aceleró y viró a babor, aprovechando el viento para invertir el rumbo. Una ráfaga azotó la cubierta de aluminio, haciendo que el dirigible se estremeciese y oscilase la barquilla. Después amainó la corriente de aire y el vuelo fue más suave a partir del momento en que las ocho aletas de la cola dieron la vuelta y el viento sopló desde la popa.

El interior de la cabina de mandos quedó en silencio como la cripta de una catedral. Gunn desenrolló la cuerda de la unidad sensible del gradiómetro hasta que pendió a ciento cincuenta metros de la panza del dirigible y rozó las crestas de las olas. Entonces volvió su atención al registro y esperó a que la aguja marcase una raya horizontal en el papel. Pronto empezó a oscilar arriba y abajo.

– Nos estamos acercando -anunció Gunn.

Giordino y Pitt, haciendo caso omiso del viento, se asomaron a las ventanillas. El mar estaba agitado y saltaba espuma de las crestas de las olas, dificultando la visión de las transparentes profundidades. Jessie las estaba pasando moradas, luchando con los mandos, tratando de reducir las violentas sacudidas y el balanceo del dirigible, que se comportaba como una ballena tratando de remontar los rápidos del río Colorado.