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– En todo el cuerpo. Siento como si me ardiese la caja torácica. Creo que me he dislocado el hombro izquierdo; una pierna me duele como si tuviese descoyuntada la rodilla, y siento unos latidos infernales en la base del cráneo, junto al cuello. -Lanzó un juramento-. ¡Maldita sea, lo eché todo a perder! Creí que podríamos pasar entre las rocas. Perdonad mi fracaso.

– ¿Me creerías si te dijese que todos seríamos pasto de los peces de no haber sido por ti? -Pitt sonrió y después palpó suavemente la rodilla de Giordino, sacando la conclusión de que tenía un ligamento roto. Después prestó atención al hombro-. No puedo hacerte nada en las costillas, la rodilla ni la cabeza, pero tienes el hombro dislocado, y, si quieres, creo que te lo puedo volver a poner en su sitio.

– Esto me recuerda lo que me hacías cuando jugábamos a fútbol en el Instituto. El médico del equipo se ponía furioso. Decía que debías dejar que lo hiciese él.

– Porque era un sádico -dijo Pitt, agarrando el brazo de Giordino-. ¿Preparado?

– Adelante, arráncame el brazo.

Pitt dio un tirón y el hueso volvió a su sitio con un chasquido perfectamente audible. Giordino lanzó un gemido que se convirtió inmediatamente en un suspiro de alivio. Pitt buscó en la oscuridad, por el lado del camino, hasta que encontró una rama gruesa que había sido arrancada de un pequeño pino, y se la dio a Gunn para que la emplease como cayado, en vez de una muleta. Jessie asió a Gunn de un brazo para que mantuviese el equilibrio, mientras Pitt levantaba a Giordino sobre su pierna sana y le sujetaba con un brazo alrededor de la cintura.

Esta vez fue Pitt quien tomó la delantera, lanzando mentalmente una moneda al aire y caminando hacia la derecha, sin separarse de la alta pared para resguardarse de los continuos ataques de la tormenta. Ahora la marcha era más fácil. No había una gruesa capa de arena donde se hundiesen sus pies, ni árboles caídos con los que pudiesen tropezar, ni siquiera el tormento de la lluvia impulsada por el viento, pues la alta pared hacía que pasara sobre sus cabezas. Sólo veían el camino que se adentraba en la turbulenta oscuridad.

Al cabo de una hora, Pitt calculó que habrían caminado más o menos un kilómetro. Estaba a punto de decir que se detuviesen para descansar, cuando Giordino se irguió de pronto y se detuvo tan inesperadamente que perdió el apoyo de Pitt y cayó al suelo.

– ¡Barbacoa! -gritó-. ¿No lo oléis? Alguien está asando carne de buey.

Pitt husmeó el aire. El aroma era débil pero inconfundible. Levantó a Giordino y siguió adelante. El olor a carne asada sobre carbón se hizo más fuerte a cada paso. Al cabo de unos cincuenta metros encontraron una maciza puerta de hierro cuyos barrotes habían sido forjados en forma de delfines. Una pared coronada por vidrios rotos se extendía a ambos lados y, en uno de éstos, se hallaba la caseta del guarda. Como era de esperar, con el tiempo que hacía, no había nadie en ella.

La verja, de más de cuatro metros de altura, se erguía hacia el cielo de ébano y estaba cerrada, pero las puertas exterior e interior de la caseta del guarda estaban abiertas, y las cruzaron.

A poca distancia de allí, el camino terminaba en un paseo circular que pasaba delante de lo que, en la tormentosa oscuridad, parecía ser un montículo, pero que, al acercarse ellos, se convirtió en una estructura parecida a un castillo cuyos tejado y tres costados estaban recubiertos de tierra arenosa y protegidos con palmitos y arbustos propios del lugar. Solamente la fachada del edificio permanecía descubierta, desnuda y sin ventanas y con sólo una enorme puerta de caoba artísticamente tallada con peces de tamaño natural.

– Me recuerda un templo egipcio enterrado -dijo Gunn.

– Si no fuese por la puerta adornada -dijo Pitt-, yo diría que es una especie de depósito de pertrechos militares.

Jessie les sacó de su error.

– Una casa acondicionada. La tierra es un aislante ideal de las temperaturas y la humedad. Es el principio que se empleaba en las casas de la primitiva pradera americana. Yo conozco a un arquitecto especializado en diseñarlas.

– Parece deshabitada -observó Giordino.

Pitt probó el pomo de la puerta. La puerta cedió. Pitt empujó y abrió. El olor a comida llegó de alguna parte del oscuro interior.

– No huele a deshabitada -dijo Pitt.

El vestíbulo estaba pavimentado con baldosas de dibujo español e iluminado por varias velas grandes colocadas en un alto candelero. Las paredes eran de bloques tallados de piedra negra de lava y la única decoración era una horrible pintura de un hombre ensartado en los colmillos de un monstruo marino en forma de serpiente. Entraron y Pitt cerró la puerta a sus espaldas.

Por alguna extraña razón, el aullido de la tempestad y la fatigosa respiración de los intrusos parecían aumentar el silencio mortal de la casa.

– ¿Hay alguien aquí? -gritó Pitt.

Repitió otras dos veces la pregunta, pero la única respuesta fue un silencio misterioso. Un oscuro corredor les atraía, pero Pitt vaciló. Percibió otro olor. A humo de tabaco. Más fuerte que el gas casi letal producido por los cigarros del almirante Sandecker. Pitt no era experto en la materia, pero sabía que los cigarros caros apestaban más que los baratos. Sospechó que el humo procedía de un habano de alta calidad.

Se volvió a los otros.

– ¿Qué opináis?

– ¿Tenemos otra alternativa? -preguntó, aturdido, Giordino.

– Dos -respondió Pitt-. Podemos salir de aquí mientras podamos, y desafiar al huracán. Después, cuando empiece a amainar, podemos tratar de robar una barca y volver a Florida…

– O entregarnos a los cubanos -le interrumpió Gunn.

– Así está la cosa.

Jessie sacudió la cabeza y le miró con ojos tiernos.

– No podemos volver atrás -dijo pausadamente y sin sombra de miedo-. La tormenta puede tardar días en amainar y ninguno de nosotros está en condiciones de sobrevivir cuatro horas más. Yo propongo que corramos el riesgo con el Gobierno de Castro. Lo peor que puede hacernos es meternos en la cárcel hasta que el Departamento de Estado negocie nuestra liberación.

Pitt miró a Gunn.

– ¿Qué dices tú, Rudi?

– Estamos destrozados, Dirk. Lo que dice Jessie es lógico.

– ¿Y tú qué opinas, Al?

Giordino se encogió de hombros.

– Si tú lo dices, amigo, volveré nadando a los Estados Unidos. -Y Pitt supo que lo decía en serio-. Pero la verdad es que no podemos aguantar mucho más. Lamento decirlo, pero creo que deberíamos arrojar la toalla.

Pitt les miró y pensó que no habría podido tener un equipo mejor para enfrentarse a una situación desagradable, y no hacía falta ser vidente para saber que las cosas iban a ser ciertamente muy desagradables.

– Está bien -dijo, con una triste sonrisa-. Vamos a interrumpirles la fiesta.

Echaron a andar por el pasillo y pronto pasaron por debajo de un arco que se abría a un vasto cuarto de estar decorado con antigüedades españolas. Tapices gigantes pendían de las paredes, representando galeones que navegaban en mares crepusculares o eran arrojados implacablemente contra los arrecifes por furiosas tormentas. El mobiliario tenía un aire náutico; la habitación estaba iluminada por antiguas linternas de barco, de cobre y cristal coloreado. La chimenea resplandecía con un fuego que calentaba la habitación hasta una temperatura de invernadero.

No se veía un alma en parte alguna.

– Horrible -murmuró Jessie-. Nuestro anfitrión tiene un gusto espantoso para la decoración.

Pitt levantó una mano, pidiéndole silencio.

– Voces -dijo suavemente-. Vienen de aquel otro arco, entre las dos armaduras.

Pasaron a otro corredor, que estaba débilmente iluminado por candelabros a intervalos de diez pies. El ruido de risas y palabras confusas, de voces tanto masculinas como femeninas, se hizo más fuerte. Una luz se filtraba por debajo de una cortina, delante de ellos. Esperaron un segundo y, después, corrieron la cortina a un lado y entraron.

Se encontraron en un largo comedor ocupado por casi cuarenta personas, que interrumpieron sus conversaciones y se quedaron mirando a Pitt y a sus acompañantes con la pasmada expresión de un grupo de campesinos en su primer encuentro con extraterrestres.

Las mujeres vestían elegantes trajes de noche, mientras'que la mitad de los hombres iban de smoking y la otra mitad vestía uniforme militar. Varios criados que servían la mesa se quedaron petrificados como personajes de una película súbitamente encallada. El pasmado silencio era tan espeso como una manta de lana. Parecía una escena tomada de un melodrama de Hollywood de principio de los años treinta.

Pitt se dio cuenta de que él y sus amigos debían tener un aspecto muy extraño. Empapados en agua, con la ropa sucia y hecha jirones, contusa y rasgada la piel, con huesos rotos y músculos distendidos. Con los cabellos pegados a la cabeza, debían parecer ratas ahogadas y lanzadas a la orilla de un río contaminado.

Pitt miró a Gunn y dijo:

– ¿Cómo se dice «Perdonen la intromisión» en español?

– No tengo la menor idea. Sólo estudié francés en el colegio.

Entonces vio Pitt que la mayoría de los hombres de uniforme eran altos oficiales soviéticos. Sólo uno parecía ser cubano.

Jessie estaba en su elemento. A Pitt le pareció majestuosa, incluso con su vestido de safari hecho jirones.

– Alguno de ustedes, caballeros, ¿quiere ofrecerle una silla a una dama? -preguntó ella.

Antes de que recibiese respuesta, diez hombres con metralletas rusas entraron en la habitación y les rodearon, impávidos como esfinges y apuntando con sus armas a los cuatro. Tenían los ojos helados y los labios apretados. Pitt se dio perfecta cuenta de que habían sido adiestrados para matar cuando se lo ordenasen.

Giordino, parecía un hombre atropellado por un camión de basura, se irguió fatigosamente en toda su estatura y miró atrás.

– ¿Viste alguna vez tantas caras sonrientes? -preguntó con naturalidad.

– No -dijo Pitt, iniciando una malévola sonrisa-. No desde Little Big Horn.

Jessie no les oyó. Como en trance, se abrió paso entre los guardias y se detuvo cerca de la cabecera de la mesa, mirando a un hombre alto y de cabellos grises, vestido de etiqueta, que la miró a su vez con asombro e incredulidad.