– Iremos de una punta a otra: desde «El Castillo», en lo alto de la colina, donde tendrás que cambiarte para cenar y podrás bailar el foxtrot ante una orquestina de tres músicos, hasta la pensión de la señora Kernow, que da cama y desayuno en Fish Lane número 2. Te recomiendo a la señora Kernow. Se ocupó de mí durante algo más de tres meses hasta que me trasladé a mi propia casa, y sus precios son muy razonables.
Aquello me llamó la atención.
– ¿Tu propia casa? ¿Quieres decir que vives aquí?
– Sí. Desde hace seis meses.
– Pero ¿y la tienda de New Kings Road, donde compré las sillas?
– Estaba echándole una mano al dueño durante un par de días.
Llegamos a un cruce y, al disminuir la velocidad, se volvió para mirarme.
– ¿Ya tienes las sillas?
– No. Pero aboné el importe y allí estarán cuando vuelva.
– Bien -dijo el joven.
Estuvimos un rato en silencio. Atravesamos un pueblo y un tramo de campo sin cultivar, arriba, muy por encima del nivel del mar; luego la carretera se inclinó otra vez hacia abajo y aparecieron árboles a los dos lados. A lo lejos, por entre los troncos retorcidos y las ramas azotadas por el viento, aparecieron las luces parpadeantes de una ciudad pequeña.
– ¿Es Porthkerris?
– Sí. O sea que me tienes que decir ya mismo si será «El Castillo» o Fish Lane.
Tragué saliva. «El Castillo» estaba, obviamente, descartado, pero si iba a Fish Lane tendría que agradecérselo al manipulador que tenía sentado junto a mí. Estaba en Porthkerris sólo para ver a Grenville Bayliss y tenía la incómoda sensación de que si intimaba con aquel joven no podría quitármelo de encima.
– No, «El Castillo» no… -dije, dando a entender que prefería otro lugar, más modesto. Pero él me interrumpió.
– Muy bien -dijo, con una franca sonrisa-. Entonces, la señora Kernow de Fish Lane; no te arrepentirás.
Mi primera impresión de Porthkerris, en la oscuridad y bajo las ráfagas de lluvia, fue, como mínimo, confusa. La ciudad estaba casi vacía, las calles desiertas y mojadas reflejaban la luz de las farolas y todo estaba encharcado.
Nos internamos a toda velocidad en un desconcertante laberinto de callejones para salir a la carretera que circunvalaba el puerto y regresar otra vez al laberinto de calles adoquinadas y casas desiguales, construidas a la buena de Dios.
Por último entramos en una calle estrecha y flanqueada de casas grises cuyas puertas principales se abrían en plena acera.
Todo era digno y respetable. En las ventanas había visillos de encaje y en ocasiones columbraba estatuillas de niñas con perros o grandes jarrones verdes con aspidistras.
La furgoneta redujo la velocidad y se detuvo.
– Ya hemos llegado. -El joven apagó el motor y entonces oí el viento y, por debajo de su agudo silbido, el fragor cercano del mar. Olas grandes rompían estruendosamente sobre la arena y se retiraban con un siseo prolongado-. Todavía no sé cómo te llamas -dijo.
– Rebecca Bayliss. ¿Y tú?
– Joss Gardner… Joss es apócope de Jocelyn, no de Joseph. -Después de regalarme aquella información bajó del vehículo y llamó al timbre de una puerta y, mientras esperaba, fue a sacar mi mochila de debajo de la lona. En aquel preciso momento se abrió la puerta, el joven se volvió y el haz de luz cálida que brotó de la casa le iluminó por completo.
– ¡Joss!
– Hola, señora Kernow.
– ¿Qué haces aquí?
– Le traigo una visita. Le he dicho que era el mejor hotel en Porthkerris.
– Ay, cielo, no acostumbro a tener huéspedes en esta época del año. Pero entra, apártate de la lluvia. Qué tiempo, ¿verdad? Tom ha bajado al cuartel de la guardia costera a causa de una alarma que se ha recibido en la dirección de Trevose, pero no sé nada aún. No he oído ningún cohete todavía.
Sin saber cómo, acabamos todos dentro de la casa; pero con la puerta cerrada, casi no cabíamos los tres en el pequeño vestíbulo.
– Entrad, acercaos al fuego… se está bien aquí; os traeré una taza de té si os apetece… -La seguimos hasta una salita reducida, acogedora y llena de enseres. La señora Kernow se arrodilló para atizar el fuego y echar más carbón, y aproveché la pausa para mirarla con detenimiento: era pequeña, con gafas, bastante mayor, iba en zapatillas y llevaba un delantal encima de un vestido marrón de buen paño.
– No queremos té ahora -dijo el joven-. Pero sí queremos saber si podría usted hospedar a Rebecca durante un par de días.
La mujer se incorporó.
– Bueno, no sé… -Me miró indecisa. No era para menos: con el aspecto que tenía yo y el abrigo que olía a perro, no podía reprochárselo.
Fui a decir algo, pero Joss me interrumpió antes de que pudiera abrir la boca.
– Rebecca es persona respetable y no le robará los cubiertos. Yo respondo por ella.
– Está bien… -La señora Kernow sonrió. Tenía los ojos muy bonitos, de un azul pálido-. La habitación está libre, así que puede contar con ella. Pero no tengo nada para cenar esta noche, no esperaba a nadie. Sólo me quedan unas pastas.
– No se preocupe -dijo Joss-. Cenará conmigo. -Fui a protestar, pero no me hizo caso-. Que se instale y deshaga el equipaje, dentro de un rato pasaré a buscarla -dijo a la señora Kernow. Miró la hora-. A las siete y media. -Y a mí, como si mi opinión careciera de importancia-: ¿De acuerdo? Es usted un ángel, señora Kernow, la quiero como a una madre. -La abrazó y le dio un beso. La mujer parecía fascinada. Me hizo un guiño de despedida y dijo-: Hasta luego. -Y se fue. Oímos el rugido de la furgoneta al alejarse.
– Es un muchacho encantador -dijo la señora Kernow-. Lo tuve aquí alrededor de tres meses… Anda, coge el bolso y ven a ver la habitación. Es un poco fría, pero tengo una estufa eléctrica, y hay agua caliente, por si quieres darte un baño… Siempre he dicho que cuando se viaja en tren se acaba con mugre hasta las orejas.
La habitación era tan pequeña como las restantes estancias de la casa; la cama era de matrimonio y tan grande que se comía todo el espacio. Pero era limpia, incluso cálida, y después de indicarme dónde estaba el cuarto de baño, la señora Kernow volvió abajo y me dejó sola.
Me arrodillé junto a la ventana corrí las cortinas. El marco era antiguo y se había precintado con tiras de caucho para que no entrara el viento; la lluvia chorreaba por el cristal. No había nada que ver, pero me quedé allí de todos modos, tratando de entender por qué la súbita reaparición de Joss Gardner me había dejado aquella inexplicable sensación de desasosiego.
Capítulo 4
Necesitaba defensas. Necesitaba reconstruir mi confianza y mi amor propio: no me gustaba el papel de niña abandonada y rescatada en el que me encontraba de pronto. Un baño caliente y un cambio de ropa me ayudaron a recuperar la calma. Me peiné, me pinté los ojos, me eché encima todo el perfume caro que quedaba en el frasco que había llevado conmigo y de aquel modo recorrí la mitad del camino hacia la recuperación total. Ya había sacado un vestido de la omnipresente mochila y lo había tenido un rato colgado para que se le fueran las arrugas. Me lo puse. Era oscuro, de algodón y de manga larga. Me puse unas medias oscuras muy finas y unos zapatos de tacón alto y con hebillas anticuadas que había comprado hacía tiempo en una tienda de Portobello Road.
Mientras me ponía los pendientes de perlas oí, por encima del rugido del viento, el ronroneo de la furgoneta de Joss Gardner, cuyos neumáticos resonaron sobre los adoquines al acercarse. Chirriaron los frenos y un momento después oí su voz, llamando primero a la señora Kernow y luego a mí.
Me puse el segundo pendiente sin prisa ninguna. Recogí el bolso y el abrigo de cuero, que había puesto cerca de la estufa eléctrica con la inútil esperanza de que se secara. Lo único que el calor había conseguido era aumentar el olor a perro que había despertado el rato que había pasado bajo la lluvia; y seguía pesando como si fuera de plomo. Me lo puse en el antebrazo y bajé las escaleras.