Y sorprendió al hombre.
Se hallaba a su espalda, asomado tras uno de los biombos. Sostenía pluma y cuaderno y tomaba notas mientras contemplaba a la pareja. Su brazo derecho parecía sufrir una crisis epiléptica de inspiración. De sus labios colgaba un hilo de saliva. No se trataba de aquel a quien Cabo apodaba «Cara Fofa» sino de otro, no menos repugnante, sin embargo: de pelo blanco cortado a cepillo, mandíbula prominente y ojos diminutos y bestiales. Su mirada era una enciclopedia de la crueldad. Jamás (podemos asegurarlo) se había sentido Cabo más ridículo en toda su vida. Se volvió hacia el hombre, que, al darse cuenta de que había sido descubierto, desapareció tras el biombo. Cuando retornó a Musa, comprobó que ésta había interrumpido la actuación y lo observaba pálida y tranquila como un maniquí. Los ojos de Cabo, inundados, hicieron trizas el hermoso semblante de la chica.
– Juan, por favor, sigamos -musitó ella-. No te preocupes por éclass="underline" es un cliente.
Se preguntó si aquel tipo también había exigido que fuera él, Juan Cabo, quien interpretara el papel del violador, o era idea de la maravillosa Musa Gabbler Ochoa, murmullo, estallido de burbuja y aliento final. «De esta forma, un mismo tío te sirve para dos sesiones, ¿eh?», pensó. La rabia le impedía formar palabras; sus labios se movían en el aire como las manos de un ciego. Dio media vuelta y salió corriendo de la habitación, no sin antes propinarle una fuerte patada al biombo, que tembló de arriba abajo sin caerse, como él mismo. Musa lo llamaba. La ignoró. Regresó sobre sus pasos observando el subrayado rojo. Nadie lo seguía. En un momento dado, miró al suelo y ya no vio la línea conductora. Atravesó paredes amarillas, puertas azules, esculturas rosadas. Aquella casa le asqueaba. «¿A cuántos más habrá invitado a copiar la escena?», se preguntaba. Veía escritores en las tres dimensiones: aplanados bajo la alfombra; cilíndricos, tras las cortinas; esféricos y encaramados como arañas en las lámparas del techo. Los veía camuflados, irisados, teñidos como camaleones, burbujeantes como espejismos, azogados en los espejos, fundidos en el diseño. Escritores que miraban, escritores que escribían, escritores, escritores.
– ¡Escritores! -aulló, al mismo tiempo que un diablo barbudo lo gritaba desde una repisa. Cabo cogió un cenicero de piedra y destrozó su rostro (que era el mío, o sea, el de él, el de Juan Cabo) en el pequeño espejo camuflado. Aquel estúpido desahogo lo calmó un poco. Advirtió entonces una puerta doble, la abrió, era el salón.
Recogió la chaqueta y las gafas y se largó.
En el Madrid nocturno, una luminosa valla publicitaria se erguía sobre los edificios. Cabo la vio desde el taxi. Mostraba el anuncio de Salmerón: el Ojo Escritor. La valla parecía mirarlo a él mientras él la miraba a ella. Recordó que la colección Madrid en tiempo real se presentaría aquella misma mañana de domingo en el Parque Ferial, a las doce, y que él tenía la obligación de asistir. «¡Escritores, literatura, ficción, mentiras!», pensaba. Su estado era lo más parecido al del hombre que se vuelve alérgico a sí mismo. Y cuando el taxi se detuvo en un semáforo, aulló (pero no, no lo gritó, sólo lo pensó como un grito; ahora yo me desahogo por él, otorgándole un sonido desgarrador):
– ¡FIN DEL CAPÍTULO, ESCRITORES!
IX LA LITERATURA ES UN LABERINTO
Dormí mal, me levanté tarde. Era un domingo soleado y algo frío. Me vestí maquinalmente para acudir a la presentación en el Parque Ferial. Después abrí la libreta y anoté «vacía» junto a «perfecta» en la línea de Musa Gabbler. «Perfecta» y «vacía» eran las palabras que mejor la resumían. No me dolía tanto su engaño como el motivo de éste; si lo hubiera hecho para su disfrute personal no me hubiera importado, pero que lo hiciera por su trabajo resultaba denigrante. Ahora ya me daba todo igual. El hipotético falsificador de cuartillas, el supuesto asesino de Grisardo…, todo me traía sin cuidado. El lunes llamaría a Neirs para decirle que dejara el caso. Ya sabía lo que quería saber: quién era ELLA. Y mejor hubiera sido, concluí, si no lo hubiera sabido nunca.
El sol arañador y el torrente de viento frío que penetraba por la ventanilla del taxi hicieron que me sintiera mejor. La entrada sur del Parque Ferial asemejaba una gloria pequeña: banderines agitándose como alas de ángeles; fanfarria de coches y autocares; policías resplandecientes; periodistas enarbolando cámaras y micrófonos plateados. Era como entrar en Camelot. De forma absolutamente imprevista, aquella visión me reanimó.
En el interior del vasto recinto reinaba ambiente de aeropuerto. El espectro científico del aire acondicionado me estremeció. Letreros azules colgados del techo promovían un bilingüismo equitativo: Entradas, Tickets; Acreditaciones, Registrations. Flechas y símbolos lógicos desafiaban la inteligencia abstracta. MADRID EN TIEMPO REAL, LA LITERATURA DEL NUEVO MILENIO, se leía en una inmensa pancarta situada detrás de los mostradores. Flotaban los flases en la distancia como una tormenta de juguete. Las azafatas, anguilas en azul sonriente, se deslizaban aquí y allá, portando papeles y peinados. Una de ellas me colocó un adhesivo en la chaqueta con las frases publicitarias de la colección.
El vestíbulo estaba abarrotado. La gente alzaba la mano ejercitando ese acto de juramento social que es el saludo a distancia: «Hola, juro que desearía hablar contigo, pero ahora no dispongo de tiempo». Algunos individuos se detenían para interesarse por mi salud. Mi amnesia no me permitió reconocerlos, y «bien» y «gracias» se convirtieron en las palabras que más veces pronuncié durante todo aquel vagabundeo. En cambio, identifiqué a varios escritores muertos. Estaban mezclados con los vivos, y sólo se diferenciaban por el traje de época y el libro que llevaban bajo el brazo. Deduje que constituían parte de la promoción publicitaria: pobres diablos disfrazados de celebridades. La confusión surgía, inevitablemente, con los más modernos. Dante, Quevedo y Balzac, por ejemplo, no ofrecían grandes problemas de reconocimiento. Pero a partir del siglo XX todo se volvía más difícil. El libro se convertía en la única pista, de modo que no era raro que el escritor en cuestión pasara desapercibido hasta que se acercaba lo bastante como para que el título de su obra resultara legible. De esta forma, sólo un codazo casual del hombre que portaba Trópico de Cáncer me hizo advertir la presencia de Henry Miller. Albert Camus me alcanzó, muy solícito, un folleto de la presentación, y en ese momento detecté La peste en su mano izquierda. A Borges le recogí sus Ficciones, que dejó caer a mi lado. Con Kafka tropecé dos veces: el actor que lo interpretaba, muy joven, se abanicaba con El proceso. El colmo del absurdo era Pirandello: se trataba de un viejecito calvo que aferraba Seis personajes en busca de autor, pero que no se cansaba de repetir que se llamaba Jacinto Díaz, profesor de literatura, y que su parecido físico con Pirandello y el libro eran pura casualidad. Naturalmente, todo el mundo sospechaba una ingeniosa mentira, y el viejo (que, en mi opinión, decía la verdad) empezaba a irritarse.