– Ronald me dijo que si hablaba del dinero que había cobrado en negro -prosiguió Lily- lucharía por la custodia de Pippen. ¿Qué voy a hacer?
Cuando Lily y su madre fijaron la mirada en ella Daisy se dio cuenta de que no se trataba de una pregunta retórica. Daisy se fijó en las oscuras ojeras de su hermana: al parecer hacía bastante tiempo que no dormía en condiciones. Y los cortos rizos dorados que enmarcaban su hermoso rostro habían perdido suavidad. La verdad era que Lily parecía terriblemente asustada.
– ¿A mí me lo preguntas? ¿Cómo voy a saberlo?
– Darren Monroe es abogado -replicó su madre.
– El padre de Steven se jubiló y ahora vive en Arizona. Además, era abogado criminalista, y Steven diseñaba programas informáticos. Y yo no tengo ni idea de casos de divorcio. -Reconoció el terror en los ojos azules de su hermana. Era el miedo a quedarse sola con la responsabilidad de sacar adelante a un niño. Pero, a diferencia de Daisy, Lily no tenía asegurada su economía, ni tampoco una carrera laboral que retomar. La carrera de Daisy tampoco le había reportado grandes dividendos, pero era una buena fotógrafa y tenía contactos. Si tuviese que mantenerse a sí misma y a Nathan podría hacerlo. Lily había ejercido de madre y ama de casa, y, aunque era algo admirable, no servía de mucho a la hora de buscar trabajo. Estaba aterrorizada-. Ya pensaré en algo -dijo Daisy, aunque ella ya tenía bastantes problemas y sólo iba a estar allí una semana.
Lily sonrió.
– Gracias, Daisy.
– Fui a lo Darma Joe Henderson el otro día -dijo Louella, mientras removía el estofado dando momentáneamente por resueltos los problemas de Lily-. Supongo que os acordáis de Darma Joe. Trabajaba en los almacenes Trusty, frente al Wild Coyote. Su hijo Buck sufrió un accidente hará un par de años y tuvieron que amputarle una pierna por debajo de la rodilla. Pues bien, tiene una hija que canta en el coro de la iglesia. Supongo que os habréis fijado en ella esta mañana. -Se detuvo para tomar un bocado y acto seguido continuó-: Se parece un poco a Buck, la pobre, pero tiene carácter y una voz maravillosa. Está saliendo con ese chico… Oh, ¿cómo se llama? Creo que empieza por ge, George o Geoff o algo así. En cualquier caso…
Daisy miró a su hermana. Lily puso los ojos en blanco y echó la cabeza hacia atrás. Algunas cosas no habían cambiado mucho desde su partida. Sabía que era inútil pedirle a su madre que fuese al grano, porque en realidad no quería decir nada en concreto.
Daisy se echó a reír. Lily bajó la mirada y la posó en su hermana. También rompió a reír. Pippen lanzó la gorra de mapache al suelo y empezó a carcajearse, como si entendiera la broma. Sólo tenía dos años, pero había pasado con su abuela tiempo suficiente como para saber de qué se reían.
Louella levantó la vista del plato.
– ¿De qué os reís?
– De que la hija de Darma Joe se parezca a su hermano Buck -mintió Lily entre risas-. La pobre.
– Es una desgracia para ella -dijo Louella frunciendo el entrecejo. Sus hijas seguían riendo y ella sacudió la cabeza y añadió-: Os dejáis llevar y Pippen os imita.
Después de comer, Daisy hizo acopio de fuerzas y llamó, por cuarta vez en un mismo día, a Jack. Aunque tampoco cogió el teléfono, pero en esta ocasión le dejó un mensaje: «Soy Daisy. No voy a marcharme hasta que pueda hablar contigo.»
Naturalmente no le devolvió la llamada, así que al día siguiente le telefoneó al trabajo. Charló con Penny Kribs durante un rato sobre los viejos tiempos y le dio las gracias por enviar las flores al funeral de Steven. Después le pidió que le pasase con Jack.
– No le digas que soy yo -pidió-, quiero darle una sorpresa.
– Quizá se trate de una sorpresa desagradable -alegó Penny-. Está de un humor de perros.
Genial. Daisy estuvo en espera durante un buen rato y, después de escuchar más de la mitad del tema The Night the Ligths Went Out in Georgia, Jack se puso al aparato.
– Jack Parrish al habla -dijo.
– Hola, Jack. -Él no respondió, pero tampoco colgó-. Sorpresa… Soy yo, Daisy.
– No me gusta que me molesten en el trabajo, Daisy Lee -respondió por fin. Le habló marcando con énfasis cada una de las sílabas: sí, sin lugar a dudas no estaba de humor.
– Pues entonces no me obligues a hacerlo. Quedemos más tarde.
– No puedo. Tengo que ir a Tallahasee esta tarde.
– ¿Cuándo volverás?
Jack no respondió y ella se vio obligada a chantajearle.
– Si no me lo dices, llamaré todos los días. Todos y cada uno de ellos. -Jack siguió sin decir palabra-. Y todas las noches.
– Eso es acoso.
– Cierto, pero formalizar una demanda es muy pesado. -Ni por un momento creyó que Jack tuviera intención de acusarla de acoso-. Dime cuándo vas a volver.
– No puedo. Es el cumpleaños de Lacy Dawn.
– ¿Lacy Dawn? ¿Qué es, bailarina de striptease o prostituta?
– Ni una cosa ni la otra.
– Suena a nombre artístico.
– Pues Daisy Brooks también se las trae.
Tenía razón.
– Quedemos después de la fiesta.
– Ni hablar. Los chiquiparques pueden conmigo.
– Jack…
– Adiós.
Se quedó con el teléfono pensando que iba a hacer ahora. ¿Chiquiparques? ¿Que qué se refería Jack?
– Hola, mamá -gritó desde la cocina; su madre estaba en el salón. Intentando vencer el sonido de las sirenas que provenía del televisor, le preguntó-: ¿Hay algún lugar en la ciudad que tenga un chiquiparque?
– ¿Chiquiparque? -Las sirenas enmudecieron. La cabeza de su madre asomó por la cocina-. El único que se me ocurre es el Showtime. Es una pizzería, pero también celebran fiestas de cumpleaños para niños. Ahí es donde Lily celebró el cumpleaños de Pippen. Pero no era lo bastante mayor para entender que aquellos enormes muñecos de plástico en forma de oso no le iban a hacer nada. Gritaba como un condenado. Juanita Sánchez estaba allí con su nieto, Hermie. Te acuerdas de Juanita, ¿verdad? La pobre vive hacia el final de la calle, en la casa de estuco rosa. Un día…
Daisy no le preguntó por qué vivir en una casa de estuco rosa merecía un «la pobre». Telefoneó a información y trazó un plan. Consiguió el número de Showtime y llamó. Tras hablar con varios adolescentes que no tenían ni idea de nada, finalmente consiguió que le pasasen con la programadora de fiestas.
– Hola -empezó Daisy-. E perdido mi invitación a la fiesta de cumpleaños de una niña llamada Lacy Dawn. No estoy segura de su apellido, pero si no vamos a la fiesta mi hija va a tener un disgusto. ¿Podría decirme a qué hora empieza?
La programadora de fiestas parecía algo mayor que los adolescentes que trabajaban allí, y le llevó unos treinta segundos darle una respuesta.
– No veo ninguna Lacy Dawn, pero sí Lacy Parrish.
– Ésa es.
– Su madre tiene mesa reservada de seis a siete y media.
– ¿El sábado?
– No. El miércoles.
– Oh, Dios mío. Menos mal que he llamado. Gracias. -De modo que Lacy Dawn era Lacy Parrish. Sin duda se trataba de la sobrina de Jack.
Telefoneó a Lily sin sentir el menor asomo de culpa por lo que iba a hacer. Le había advertido a Jack que se convertiría en su peor pesadilla. Cuando se lo dijo estaba fanfarroneando, pero ahora no. Iba a seguir adelante. No tenía pensado hablarle de Nathan durante la fiesta de cumpleaños de su sobrina, pero quería que comprendiese que no iba a dejarlo en paz hasta que pudiesen hablar.