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Cuando Lily respondió a su llamada, Daisy le preguntó si Pippen y ella querrían acompañarla al Showtime el miércoles por la tarde. Su hermana quiso saber el motivo y ella le expuso la situación.

– Estará bien -dijo Lily-. Poder ir con Pippen es una tapadera perfecta, pero además yo fui al colegio con Billy y Rhonda. La hermana de Rhonda, Patty Valencia, tiene tu edad.

– ¿Es una chica de origen hispano con una larga cabellera negra?

– Sí, las dos hermanas son muy guapas. Aunque he oído decir que Rhonda y Billy han tenido varios hijos seguidos, así que es fácil que vaya un poco agobiada.

– Probablemente. -Daisy le echó un vistazo al calendario con fotografías de paisajes de su madre-. ¿Estás segura de que quieres ayudarme? Mamá me dijo que Pippen se puso a gritar como un energúmeno la última vez que lo llevaste a ese sitio.

– Ya no se asusta por eso. -Se apartó del aparato y le dijo a su hijo-: Pippen, ahora ya eres mayor. ¿A que eres el muchachito de mamá?

– ¡No!

Estupendo. Daisy colgó y se pasó el resto de la tarde ayudando a su madre a arrancar las malas hierbas del jardín. Sacó su cámara Nikon y se arrodilló entre los flamencos rosas para fijarla. Se colocó a la sombra de Louella para que la luz del sol no le diese de cara. Le hubiese gustado tener la cámara cargada con película de blanco y negro; de ese modo los vibrantes tonos rosados de los flamencos no destacarían más que su madre. También pensó que si hubiera traído su Fuji digital, después habría podido descargar las fotos en el ordenador y hacerlas aún más impactantes.

Se tumbó bocabajo y apoyó el peso de la cámara en los codos. Enfocó hacia su madre y le hizo una foto con Annie Oakley al fondo.

– Daisy Lee -dijo su madre frunciendo el ceño-, no me hagas fotos.

Daisy suspiró y se sentó. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sentido la necesidad de tomar fotos de algo que le gustase. Tuvo que dejar de trabajar para Ryan Kent, un fotógrafo artístico de Seattle, a fin de poder cuidar Steven.

Había empezado a interesarse por el mundo de la fotografía estando en el instituto, y cuando Nathan cumplió cuatro años se matriculó en la Universidad de Washington. Al cabo de cuatro años obtuvo el título y empezó a relacionarse con los fotógrafos locales más destacados. Sus fotografías colgaban de algunos estudios y galerías de la ciudad. Y una revista de Seattle le publicó la instantánea de un hombre frente a un automóvil maltrecho debido a las consecuencias de un terremoto, tomada en el año 2001.

En un principio había planeado volver a trabajar con Ryan cuando las cosas se calmasen lo suficiente, pero últimamente incluso barajaba la posibilidad de abrir su propio estudio. Uno de los fotógrafos más exitosos con los que ella había trabajado le dijo en una ocasión que la clave del éxito era encontrar un lugar en el que fueses visible y permanecer en él durante cinco años. El talento era importante, pero dejarte ver resultaba imprescindible para empezar con buen pie.

Cuanto más pensaba en ello más convencida estaba de que eso era exactamente lo que tenía que hacer. Una vez que dejase atrás el pasado podría empezar de cero con total libertad. Quizá vendería su casa. Tras la muerte de Steven, el seguro había cubierto la hipoteca. Tal vez vendiera la casa y se mudase con Nathan a un loft, en Belltown.

Se encogió de hombros y enfocó una rosa de color anaranjado.

– Estoy pensando en vender mi casa cuando regrese a Seattle -le dijo a su madre al tiempo que tomaba la fotografía.

– No te precipites -le dijo su madre-. Collen Forbus vendió su casa poco después de que su marido, Wyatt, emprendiese el viaje al otro barrio y todavía se arrepiente.

Tal vez pudiera esperar unos cuantos meses más para asegurarse. Naturalmente, primero se lo comentaría a Nathan a fin de saber qué pensaba. Pero al cabo de un rato empezó a sentir que había demasiadas cosas que la unían a esa casa. No tenía por qué decidirlo en ese momento. Necesitaba meditarlo con calma. Tendría que darle un puesto prioritario en su lista de cosas pendientes.

Apoyó el codo en la rodilla y ajustó el diafragma de la cámara para enfocar bien los flamencos y las rosas que había tras Louella y, así, proporcionarle a la fotografía riqueza de matices y profundidad de campo. Hizo la foto y pensó en lo mucho que le gustaría que en su vida todo se aclarase con la misma facilidad con la que se enfoca una fotografía.

Capítulo 6

Jack llegaba tarde. Había esperado hasta esa misma mañana para llamar a Rhonda y preguntarle qué podía regalarle a Lacy. Rhonda le dijo que la niña quería algo llamado Gatita mágica. Le rogó que se asegurase de que se trataba de Gatita mágica y no de Amigos peludos. Según Rhonda, esta última no cuidaba de sus bebés. Finalmente le deseó suerte: no iba a ser fácil encontrar ese regalo.

Llamó a unas cuantas jugueterías de Lovett, pero al final tuvo que ir hasta Amarillo. Se pasó la tarde buscando el maldito juguete y finalmente lo encontró en la última tienda en la que entró.

Jack leyó con atención lo que ponía en el reverso de la caja, para asegurarse de que se trataba de la gata adecuada. La tal Mamá gatita era muy peluda y traía dos gatitos de peluche consigo. Los tres tenían todo tipo de juguetitos y lacitos a juego para sus cabezas y también unas horrorosas gafitas en forma de corazón.

Siguió leyendo y exclamó: «¡Por amor de Dios!» Según lo que decía la caja, la madre de los gatitos ronroneaba, decía «Te quiero» y hacía sonidos maternales cuando uno de sus cachorritos estaba a su lado.

Se preguntó qué demonios serían los sonidos maternales.

Le envolvieron el regalo en un brillante papel de color rosa con dibujos de hadas. Coronaron el paquete con un lazo rosa del tamaño de su cabeza. El lazo era excesivo, pero a las hijas de Billy les gustaban esas cosas.

Era el tipo de cosas propias de niñas de las que él y su hermano no habían tenido noticia cuando eran pequeños. Ellos jugaban con coches y pistolas y soldadito dispuestos a entrar en combate. Les encantaban ese tipo de juguetes, pero en cuanto nació la primera de sus hijas Billy no tardó en sentirse como pez en el agua entre muñecas, complementos de Barbie y tutúes de color rosa. Daba la impresión de que para él todo eso era fácil y natural. Por su parte, Jack observaba a su hermano a cierta distancia preguntándose de dónde habría surgido su instinto paternal. Jack no lo tenía en absoluto. O al menos eso creía. A pesar de estar aprendiendo a toda prisa, no sabía mucho sobre niñas pequeñas. Tal vez porque hasta que apareció Amy Lynn no había tratado con ninguna, a excepción de Daisy, y si ella había jugado alguna vez con muñecas o se había disfrazado de princesa como las hijas de Billy, lo había hecho con alguna de sus amigas. Nunca con él o Steven.

Abrió la puerta de Showtime y entró. No había visto a Daisy desde hacía cuatro días. Con un poco de suerte habría desistido de su plan de hacerle revivir el pasado, y con un poco más se habría marchado del pueblo.

El interior de Showtime era una mezcla de colores brillantes y de ruidos de las máquinas de videojuegos y de los tubos de plástico por los que los niños se lanzaban, de campanas y sirenas y de chillidos de niños. Jack ya había estado allí antes, en el cumpleaños de Amy Lynn, y se preguntó cómo podía alguien trabajar en es lugar y no perder la chaveta.

Llegó hasta la zona de comidas y vio que estaba relativamente tranquila… por el momento. Sabía que todo cambiaría en cuanto comenzase el espectáculo. Su hermano, Rhonda y las niñas estaban sentados en una mesa redonda cerca del escenario.

Y también Daisy.