Se detuvo a unos tres metros de la mesa. Daisy Monroe se las había ingeniado para invitarse a la fiesta de su sobrina.
Le había seguido la pista. Cuando le dijo que iba a convertirse en su peor pesadilla no bromeaba. Jack sintió que la rabia empezaba a apoderarse de él pero consiguió controlarla. Intentó mantener el control. Ella no tenía por qué estar allí. Se trataba de su familia.
Miró a la mujer que estaba sentada junto a Daisy; era Lily, y supuso que el niño que llevaba el pelo largo por detrás debía de ser el hijo de alguna de las dos. El niño tenía toda la cara manchada de pastel, como si se lo hubiesen estado dando con un tirachinas. Pensó que quizá fuera el hijo de Daisy y Steven.
– ¡Tío Jack! -gritó Amy Lynn, la niña de cinco años. Saltó de su silla y corrió hacia él. La anfitriona de la fiesta, la niña que cumplía tres años, Lacy, también echó a correr hacia su tío. Lacy se miraba los pies mientras corría, y Jack la agarró con su mano libre antes de que chocase contra sus rodillas.
– Qué tal -dijo Jack-. Me han dicho que hoy alguien cumple tres años.
– Yo -dijo la niña alzando tres dedos.
– Yo tengo cinco -añadió Amy Lynn abrazándose a su pierna. Mientras se acercaba a la mesa con Amy Lynn aferrada a una pierna y Lacy en brazos, Billy, con su hija pequeña en las rodillas, alzó la mirada y dijo con una sonrisa:
– Eh, Jack, mira quién está aquí.
Daisy le miró con sus brillantes ojos pardos. Se había recogido el pelo en una cola de caballo y se había pintado los labios de rosa. Llevaba una ceñida camiseta negra de tirantes de Ralph Lauren.
– No le habías dicho a Billy que estaba en el pueblo -espetó al tiempo que se dibujaba una sonrisa en sus labios.
Jack dejó a Lacy en su silla. Su hermano no sabía nada de su historia con Daisy. Billy era demasiado joven por aquel entonces, y Jack nunca había tenido necesidad de hablar de ello. Ni siquiera con su hermano. Billy, sin embargo, se acordaba de ella. Daisy había pasado mucho tiempo en su casa, y Billy debía de creer que todavía seguían siendo amigos. Probablemente pensaba que iba a alegrarse mucho de verla.
– Supongo que se me fue de la cabeza -dijo al tiempo que Amy Lynn le soltaba la pierna y se sentaba.
Daisy se echó a reír, y la irritación de Jack creció un poco más.
– ¿Te acuerdas de mi hermana Lily? -le preguntó.
– Por supuesto. ¿Qué tal estás?
Lily se acercó a él y lo abrazó después de que Jack dejase el regalo sobre la mesa.
– He tenido épocas mejores.
Aunque tenía los ojos azules, se parecía a Daisy cuando era más joven; en ese momento, sin embargo, parecía bastante hecha polvo.
– ¿Y tú qué tal estás, Jack?
Miró a Daisy por encima del hombro de su hermana.
– He tenido épocas mejores.
– Este es el hijo de Lily, Pippen.
Así que era el hijo de Lily. Por alguna razón, Jack se sintió aliviado de que no fuese el hijo de Daisy y Steven. Aunque no sabía muy bien por qué.
Lily volvió a su sitio y meneó la cabeza.
– Tienes tan buen aspecto como siempre.
– Gracias, Lily. Tú también -dijo Jack-. Hola, Rhonda. -Su cuñada tenía unas ojeras tremendas: estaba claro que no dormía en condiciones desde hacía por lo menos cinco días-. ¿Te encuentras bien? Billy me ha dicho que has pasado una mala noche.
– Ha sido por Tanya. Tenía dolor de oído, pero hoy le hemos dado su medicina y está mejor.
Retiró la silla que había entre Lacy y Rhonda y se sentó frente a Daisy y Lily.
– ¿Le echaste un vistazo al embrague?
– Tenías razón -respondió Billy-. Hay que cambiarlo.
– Encontré uno en Reno -dijo Jack.
– ¿Y qué tal por Tallahasee? -le preguntó Daisy.
– ¿Cuándo has estado en Tallahasee? -quiso saber Billy.
– El año pasado -respondió Jack.
Daisy entornó los ojos y abrió la boca en cierta actitud de asombro.
– Me mentiste.
Jack sonrió al tiempo que se inclinaba hacia delante para servirse un poco de Dr. Pepper. Ella le miró como cuando eran dos muchachos, como lo había hecho la otra noche, y después se volvió hacia su hermano.
– ¿Te importa que coja a Tanya?
– En absoluto. -Billy le pasó a la niña y Daisy la apoyó en su regazo. Jack esperaba que la niña, de seis meses de edad, se pusiese a gritar, pero en lugar de eso sonrió cuando Daisy le acarició la mejilla.
– Mira, Pippen -le dijo Daisy a su sobrino, que estaba sentado en una trona a su lado-. ¿A que Tanya es dulce como un caramelito?
– ¡No!
– ¿Puedo abrir el regalo de tío Jack? -preguntó la pequeña Lacy.
– Si a tío Jack le parece bien… -respondió Rhonda.
– Adelante -dijo él; pero la verdad era que habría preferido que Daisy no estuviera ahí sentada cuando la niña abriese la caja de esa ridícula gatita. Aunque tampoco acertaba a saber por qué tenía eso que importarle lo más mínimo.
Lacy arrancó el lazo del paquete y se lo metió bajo el brazo. Rasgó el papel de regalo y fue rompiéndolo y dejando que los pedazos cayesen al suelo.
– ¡La Gatita mágica! ¡Mi regalo favorito!
– Lo mismo dijiste esta mañana cuando abriste el coche de Barbie -le recordó Billy.
Lily se inclinó hacia delante sobre la mesa y charló con Rhonda sobre lo que habían hecho desde que salieron del instituto. Mientras Lacy y Amy Lynn iban sacando los gatitos de la caja, las dos mujeres hablaron de sus hijos y sus respetivas vidas; cuando Lily se refirió a un hombre como «Ronnie, el cabrón de mierda», Jack supuso que estaba hablando de su proceso de divorcio. Eso explicaba por qué parecía tan hecha polvo.
Jack bebió un buen trago de su Dr. Pepper y se metió un cubito de hielo en la boca. Miró a Daisy, a Tanya y a Pippen. Tanya seguía en su regazo haciendo pedorretas. El niño se echó a reír y Daisy también rió. Jack se fijó en sus manos, concretamente en sus uñas pintadas de rojo sangre. Una fina pulsera de plata rodeaba su muñeca y un diminuto corazón se apoyaba sobre la piel. La pulsera destellaba con la luz; como si hubiera sentido el peso de la mirada de Jack, Daisy alzó la vista. Su sonrisa se desvaneció y frunció ligeramente el ceño. Daisy clavó en él esos ojos color castaño, que a Jack le hacían pensar en el chocolate caliente. Pero eso era cuando tenía diez años y creía que el chocolate era lo mejor del mundo. Después creció y descubrió que había cosas mejores. Había algo más oscuro y matizado en el fondo de aquellos ojos. Jack notó que se le formaba un nudo en el estómago. No podía decir que se tratase de deseo, pero tampoco era precisamente una muestra de desinterés.
Billy agarró la gata madre, le colocó las pilas y la dejó sobre la mesa. Lacy se puso en pie sobre la silla y Jack centró la atención en su sobrina. La niña colocó a los cachorritos junto a su madre y ésta empezó a hacer extraños ruiditos.
– Es una… gatita muy maternal. -Daisy apartó la vista del juguete-. Jack, ¿no te parece adorable?
– ¿Eso que tiene ahí son pezones? -quiso saber Billy.
– Parecen más bien corazones -dijo Jack.
– ¿Y eso por qué? -quiso saber Amy Lynn. En casa tenía una gata de verdad y sabía que lo que tenían ahí no eran corazoncitos.
Ni a Billy ni a Jack se les ocurrió una respuesta. Daisy miró a Amy Lynn y dijo:
– Porque los corazones quedan mejor que los pezones.
En caso de haber estado solos, Jack podría haberle explicado con toda precisión por qué su explicación no era correcta. En lugar de eso, apretó con fuerza los dientes para partir el cubito de hielo que tenía en la boca.
– Y tienen gafas de sol, Lacy -señaló Amy Lynn.
El telón del escenario se abrió y aparecieron tres osos mecánicos bailando y fingiendo tocar sus instrumentos. Una canción acerca de tres ranas felices se adueñó del local, y Lacy empezó a dar palmas.
El hijo de Lily gritó con todas sus fuerzas. Daisy le pasó su hija a Billy y cogió en brazos al niño. Le dijo algo a Lily y se alejó de allí con el pequeño, que seguía gritando a todo volumen. Jack no pudo evitar echarle un vistazo a su espalda y a su trasero enfundado en aquellos cortos pantalones vaqueros.