– ¿Viste Monster garage la otra noche? -preguntó Billy esforzándose por vencer el volumen de la música.
Jack veía el programa de vez en cuando, pero Billy era todo un fanático.
– No, me perdí el último programa.
– ¿Te puedes creer que transformaron un autobús escolar en una barca? -dijo, pero el ruido de los osos mecánicos no le permitió seguir con la conversación.
Jack esperó cinco minutos antes de salir tras los pasos de Daisy y su sobrino. Los encontró en una zona de juegos. Le había limpiado la cara a Pippen y el niño estaba ahora jugando en una piscina de bolas de colores. Ella estaba fuera, observándole mientras se deslizaba entre las bolas como si estuviese nadando contra corriente.
– ¿Cómo te las has ingeniado para invitarte a la fiesta de cumpleaños de Lacy? -le preguntó cuando llegó a su lado.
Ella le miró a los ojos.
– Lily, Pippen y yo ya estábamos aquí cuando llegaron.
– Así que te has llevado una buena sorpresa.
Ella negó con la cabeza y la cola de caballo se balanceó rozándole los hombros.
– No. Sabía que ibas a venir aquí, aunque no esperaba que Billy y Rhonda fuesen a pedirnos que nos uniésemos a ellos.
– ¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz?
Daisy volvió a fijarse en su sobrino. El niño agarró una bola de plástico y la lanzó. No le do a una niña de milagro.
– Ya sabes lo que quiero.
– Hablar.
– Sí. Tengo que decirte algo muy importante.
– ¿Qué?
Estallaron las sirenas de uno de los juegos y el ruido lo inundó todo.
– Es algo demasiado importante para hablarlo aquí.
– Entonces, ¿por qué has venido? ¿Te gusta acosarnos a mí y a mi familia?
– No te estoy acosando. Sólo quería que recordases que sigo aquí y que no me voy a ir hasta que hable contigo. -Se miró los pies-. Tengo una carta que Steven escribió para ti. Pero no la llevo encima.
– ¿Y qué dice esa carta?
Daisy volvió a negar con la cabeza, después le miró a los ojos.
– No lo sé. No la he leído.
– Envíamela al taller.
– No puedo hacer eso. Steven me pidió que te la entregase en persona.
– Si es tan jodidamente importante, ¿por qué no me la dio él mismo? ¿Por qué te envió a ti de mensajera?
– ¡Pippen, no hagas eso! -le dijo a su sobrino antes de volverse hacia Jack. Las luces rojas y azules de un videojuego se reflejaron en su hombro desnudo, en el cuello y en la comisura de su boca-. En un principio, tenía la intención de hacerlo. Durante el primer año de su enfermedad, estaba convencido de que superaría el cáncer. Sabíamos que nadie había sobrevivido a un glioblastoma, pero era joven y sano y al parecer los primeros tratamientos estaban dando buen resultado. Luchó con todas sus fuerzas, Jack. -Se volvió hacia Pippen y se agarró a la malla metálica-. Cuando aceptó que iba a morir ya era demasiado tarde para hablar contigo en persona. -El pequeño corazoncito de su pulsera se balanceó en su muñeca. Jack lo miró, intentando mantener a raya cualquier sentimiento respecto a Steven o a Daisy. No quería ceder ni un centímetro.
Pero tenía que hacerle una pregunta.
– Unos ocho o nueve meses.
Eso suponía. Steven siempre buscaba a alguien que «rompiera el hielo» por él, ya fuese para decirle a Daisy que llevaba un lazo horroroso, para saltar de un tejado o para lanzar tomates podridos a los coches. Cuando era un muchacho a Jack no le importaba, pero habían pasado muchos años.
– Por tanto, tuvo tiempo de hablar conmigo antes de morir. No tenía por qué haberte enviado a ti.
Ella rió con un deje de amargura.
– Obviamente, no has tenido que estar cerca de nadie que está siguiendo a un tratamiento radical contra el cáncer. De lo contrario, no dirías algo así. -Dejó caer una de sus manos hacia el costado y sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas mientras le miraba-. No lo habrías reconocido, Jack. -Una de las lágrimas le recorrió la mejilla. Apretó las manos para no llevárselas a la cara-. En la última etapa -prosiguió- había olvidado incluso cómo atarse los zapatos, pero insistía en vestirse todos los días. Así que le ataba los zapatos… todos los días. Como si eso tuviese alguna importancia. Supongo que lo hacía porque le aportaba algo de dignidad. Le hacía sentir que seguía siendo un adulto. Un hombre.
A Jack empezó a encogérsele el corazón y le costaba respirar.
– Ya basta, Daisy.
– Jack…
– No. -Sabía que no se detendría hasta llegarle a lo más hondo. Igual que en el pasado. No podía dejar que ocurriese. Por nada del mundo-. No quiero oír nada más. -Lo sentía por Steven. Lo sentía más de lo que había creído tan sólo hacía dos minutos, pero no quería que ella siguiese por ese camino.
– No tenía intención de hablar de esto ahora. -Se enjugó una lágrima de la mejilla-. Quedemos después para que pueda decirte lo que tengo que decirte.
– La única palabra que quiero oír de tus labios, Daisy Monroe, es adiós -dijo él justo antes de volverse y echar a andar. Regresó al comedor y le dijo a su hermano y a Rhonda que se marchaba. Les dio algo de dinero para las fichas de los juegos de sus sobrinas y se fue. No vio a Daisy al salir, y tampoco hizo el más mínimo gesto de buscarla.
Respiró hondo y siguió caminando. Pensó que no conseguiría volver a respirar con normalidad hasta que llegase a casa. Cerró la puerta. Se atrincheró para dejar fuera los recuerdos de Daisy y Steven. Pero los recuerdos se colaron en la casa, Jack se dejó caer en la banqueta del piano de su madre y colocó las manos sobre sus rodillas.
Había odiado a Steven durante casi tantos años como lo había querido. Pero nunca había deseado su muerte, ni en los momentos en que su rabia había sido más intensa. Al menos no de veras. Tal vez hubo un tiempo, cuando todo ocurrió, en que la idea de que Steven desapareciese de la faz de la Tierra le resultaba una idea ciertamente atractiva, pero jamás había querido que muriese del modo en que Daisy había descrito. Así no. Ni siquiera cuando, en el pasado, había ardido de rabia y dolor.
Bien pensado, nunca había deseado su muerte. Porque, en el fondo entendía a Steven. Era consciente de que él había traicionado a Steven en la misma medida en que Steven le había traicionado a él.
Fue Steven quien le contó que habían dejado plantada a Daisy justo antes del dichoso baile del instituto de su último año. Los dos pensaron que lo mejor era que Jack fuera al baile con Daisy, puesto que Steven ya tenía cita. En aquel momento le pareció algo muy sencillo. Llevar a Daisy al baile para que no pasase la noche llorando sola en su habitación. Era fácil, pero aquella noche acabó cambiando el discurrir de sus vidas.
Jack casi no se acordaba del baile, salvo de que había intentado tocarla lo menos posible. Sin embargo, recordaba muy bien el momento del porche. Aquel hiriente deseo que le empujaba hacia Daisy, mientras su cabeza insistía una y otra vez en que tenía que largarse, que lo mejor era que subiera al coche y saliera volando de allí.
Entonces se besaron.
Comparado con los besos que le habían dado otras chicas, no fue gran cosa, se limitó a apretar los labios contra los suyos. Sin embargo, algo se activó en el interior de su pecho. Se quedó perplejo y se enfadó; entonces la apartó de su lado. Pero Daisy le acarició el cuello y le miró, y a Jack le pareció ver en sus ojos tanto deseo como el que él sentía por ella. Tanto como el que siempre había sentido por ella.
– Por favor, Jack -musitó. Y cuando ya inclinaba la cabeza para volver a besarla, se dijo que estaba cometiendo un grave error. Incluso mientras la besaba, mientras degustaba el sabor de su boca, se dijo que tenía que dejarlo inmediatamente. Y también cuando la atrajo hacia sí, y sintió el empuje de sus pechos. Y a pesar de repetirse una y otra vez que no tenía que volver a ocurrir, sabía que no podría evitarlo. La había deseado durante años, y esa pequeña muestra no resultaría satisfacción suficiente.