Ni de lejos.
Se dijo que tenía que alejarse de ella, pero por mucho que fuese capaz de ejercer un amplio control sobre su lujuria adolescente, Daisy no iba a permitir que se distanciase. La noche siguiente al baile, en la fiesta de Jimmy Calhoun, ella lo arrastró hasta el interior de un oscuro armario y condujo la mano de Jack hasta su pecho.
– Tócame, Jack -le susurró en la boca, y él estuvo a punto de correrse en los calzoncillos.
Pocos días después, Jack le dijo a Steven que no podía salir con él porque no tenía ni un centavo. Se montó en el Camaro, fue a recoger a Daisy a su casa y la condujo hasta una carretera desierta. Aparcó y le habló de Steven, de que ambos se sentían atraídos por ella, y le dijo a Daisy que tenían que acabar con lo que había empezado en el baile.
Ella dijo que lo entendía. Estaba de acuerdo, pero entonces le besó el lóbulo de la oreja y le dijo que Steven no tenía por qué saberlo.
– Quiero a Steven. Es mi amigo -dijo Daisy-. Pero no pienso en él del mismo modo que pienso en ti. Estoy enamorada de ti, Jack. Quiero algo más de ti. Quiero que me enseñes a hacer el amor.
Aquella noche, Jack le quitó la camisa y le desabrochó el sujetador. Era de topitos azules. Sus pechos eran la cosa más hermosa que jamás había visto, firmes y pálidos, y sus pezones rosados parecían a la medida de su boca.
Esa noche no le hizo el amor. No, Jack quiso mostrarse caballeroso. Le dijo que no se enrollaba con vírgenes. Se convenció de que mientras no pusiese las manos en sus bragas todo iría bien. Se dijo que iría paso a paso, pero sus propósitos duraron muy poco, tanto como un caramelo en las manos de un niño. Entonces decidió que no pasaría nada mientras dejase intacto su himen.
Después de dos semanas de caricias y besos, la recogió en su coche y se la llevó a un hotel en las afueras de Amarillo. Pasaron la noche juntos, y Jack aprendió la diferencia entre practicar el sexo y hacer el amor. Aprendió la diferencia entre el sexo que sólo implica los genitales y el sexo que tiene que ver con el alma. Aprendió que estar dentro de Daisy Lee encendía una especie de hoguera en lo más profundo de su pecho. Ni por un momento dudó de que lo que hacían estaba mal. Sabía que Steven quería a Daisy tanto como él, pero acabó convenciéndose de que Daisy tenía razón: todo iría bien siempre que Steven no lo supiese.
En público, Daisy y Jack se comportaban como lo habían hecho siempre, como amigos, aunque no les resultó fácil. A Jack ver a Daisy y no poder tocarla le hacía subirse por las paredes. Verla paseando por los pasillos del instituto o dando saltitos con su minifalda de animadora despertaba en él unos celos enfermizos.
Aunque no era el único a quien desquiciaba la situación. Daisy siempre había querido a Jack tanto como él a ella, peor cuando él no podía quedar, lo cual sucedía muy de vez en cuando, ella le acusaba de no quererla lo suficiente. Le acusaba de ir con otras chicas. Le decía entonces que ya no estaba enamorada de él, pero a la mínima oportunidad se arrancaban la ropa el uno al otro y satisfacían sus deseos con total entrega.
Ninguno de los dos pretendía herir a Steven, así que decidieron esperar a que acabase el curso para mostrarse como pareja de forma más obvia. La Universidad de Washington había aceptado la solicitud de Steven, que, tras su graduación, tenía pensado irse a vivir con su hermana y su cuñado hasta que encontrase un apartamento. Tanto Jack como Daisy habían planeado seguir sus estudios en la West Tejas A &M, que estaba a unos cien kilómetros al sur de Lovett. Acordaron explicarle lo suyo a Steven cuando volviese a casa para las vacaciones de Navidad.
Jack se levantó de la banqueta frente al piano y se adentró en la oscuridad de la cocina. Encendió la luz y abrió la nevera. Apartó un cartón de leche y alargó la mano para sacar una cerveza Lone Star.
Estar con Daisy había sido como experimentar un largo orgasmo subido a una montaña rusa. Terriblemente excitante, pero en absoluto relajado.
Abrió la botella de cerveza y la dejó sobre la encimera. Dos semanas después de la graduación en el instituto, sus padres murieron en un accidente de coche. Iban montados en su Bonneville del 59 cuando un conductor ebrio los embistió. Aquel viejo Pontiac tenía el aspecto de un tanque, pero carecía de cualquier medida de seguridad. Su padre murió en el acto. Su madre, camino del hospital. De la noche a la mañana, a los dieciocho años, Jack se convirtió en el responsable no solo de su propia vida sino también de la de su hermano Billy.
Jack se llevó la botella a la boca y dio un trago. Siempre que pensaba en ese episodio del pasado lo asaltaban los recuerdos de todos los dolorosos detalles. Se había sentido sacudido, confuso y atemorizado. Y no era más que un crío. Su vida cambió en apenas un instante, y cuanto más tiempo necesitaba para reflexionar menos se lo permitía Daisy. Cuanto más intentaba apartarla de sí para poder respirar, más fuertemente se aferraba ella. Recordaba la noche en que le dijo que tenía que estar solo durante un tiempo, que necesitaba distanciarse para poder pensar con claridad. Que tenían que dejar de verse durante una temporada. Se puso histérica. Cuando se volvieron a ver se había convertido en la esposa de Steven.
Recordaba con total nitidez la ropa que Daisy llevaba aquella noche. Un vestido azul con un estampado de florecitas. Ella y Steven se presentaron en el jardín de su casa y le pidieron que saliera. Recordaba la imagen de Daisy a medida que él se iba acercando, el maravilloso aspecto que tenía, y el intenso deseo de abrazarla que había sentido, de estrecharla entre sus brazos con todas sus fuerzas y decirle que no se apartase de su lado durante el resto de sus días.
Pero entonces Steven le dijo que se habían casado esa misma tarde. Al principio no le creyó. Daisy no estaba enamorada de Steven. Estaba enamorada de él. Pero al ver la culpa reflejada en el rostro de Daisy supo que era cierto. La cogió por los brazos y le dijo que ella le pertenecía. Intentó besarla, acariciarla y obligarle a admitir que era de él de quien estaba enamorada. Steven se colocó entre los dos y Jack le dio un puñetazo en la cara. Entonces empezaron a pelear, pero Steven Monroe nunca había destacado en ese terreno y fue quien se llevó la peor parte.
Perdió a su mejor amigo. El muchacho con el que había compartido todas sus aventuras. Tal vez Steven era de los que enviaban siempre a uno a romper el hielo, pero Jack siempre había sabido que lo tenía justo detrás, respaldándole. Aquella noche se fueron los dos y le dejaron solo.
La noche en que lo perdió todo aprendió una gran lección. Aprendió que nadie puede quitarte lo que no quieres que te quiten. Nadie puede cortarte en pedacitos si no le das un cuchillo. No consideraba que todo eso le hubiese agriado el carácter; más bien lo había convertido en un hombre capaz de aprender de sus errores. Ni tampoco que hubiera hecho de él un «alérgico al compromiso», algo de lo que siempre le acusaba Rhonda.
Si las cosas hubiesen sido de otro modo se habría casado. Jamás había desechado la idea del matrimonio, aunque tampoco era uno de sus objetivos vitales. Si tenía que llegar, llegaría. Ya tenía una familia. Billy, Rhonda y las niñas eran suficiente para él, pero también había en su vida espacio para alguien más. Sólo tenía treinta y tres años. Tenía todo el tiempo del mundo por delante.
Daisy era otra cosa. Jamás volvería a haber espacio en su vida para Daisy. No sólo le había cortado en pedazos, además los había pisoteado. Jamás permitiría que Daisy volviese a entrar en su vida.
No, con una vez ya había tenido suficiente.
Capítulo 7