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Daisy se bajó las Vuarnet hasta la mitad del puente de la nariz y miró por encima de la montura a Lily, que ocultaba sus ojos tras unas Adrienne Vittadinis con cristales color lavanda. Como si de un policía en una operación de vigilancia se tratase, Lily aparcó su Ford Taurus entre un camión y una furgoneta. Sonaban los últimos compases de Earl Had to Die, y las notas finales del teclado se desvanecieron entre las dos hermanas. Daisy no tenía nada en contra de las Dixie Chicks, de hecho tenía dos de sus discos, pero si Lily volvía a poner una vez más esa canción Daisy no respondería de sus actos.

– ¿Lo has visto por alguna parte? -preguntó Lily mientras pasaba la mirada por el aparcamiento hasta encontrarse con el edificio de apartamentos de estuvo de la calle Eldorado. Bajó la mano que tenía apoyada en el volante y apretó el botón de rebobinado.

– ¡Joder, Lily! -exclamó Daisy fuera de sí-. Es la quinta vez que pones esa canción.

Lily la miró y frunció el ceño.

– ¿Las has contado? Eso es obsesivo, Daisy.

– ¿Qué? Oye, no soy yo la que escucha una y otra vez Earl Had to Die metida en el coche frente al apartamento de mi inminente ex marido.

– No es su apartamento. Ha alquilado una casa en Locust Grove, cerca del hospital. El apartamento es de ella, de Nelly, esa alimaña -dijo Lily volviéndose de nuevo para escrutar el edificio.

Las Chicks empezaron a cantar otra vez la misma canción. Daisy se inclinó y apagó el aparato. Se hizo el silencio. Tras salir de Showtime, la noche anterior, Lily dio un rodeo con el coche y pasaron por delante del apartamento de la tal Nelly. De hecho pasó tres veces, como una acosadora desgraciada, antes de dejar a Daisy en casa de su madre.

Esa mañana fue a dejar a Pippen a primera hora con la excusa de que tenía que «encontrar trabajo». Daisy observó el sencillo peinado de su hermana y la ropa arrugada que llevaba y supo al instante que algo no encajaba. Le dijo a Lily que la acompañaría. Se puso unos pantalones vaqueros cortos, una camiseta negra y unas sandalias, y se recogió el pelo con una pinza.

– ¿Desde cuándo llevas haciendo esto? -le preguntó.

Lily aferró con fuerza el volante.

– Desde hace un tiempo.

– ¿Por qué?

– Tengo que verles juntos.

– ¿Por qué? -volvió a preguntar-. Es una locura.

Lily se encogió de hombros, pero no apartó la mirada del edificio de apartamentos.

– ¿Qué harás si los ves juntos? ¿Atropellarlos con el coche?

– A lo mejor.

No creía que su hermana tuviese realmente la intención de atropellar a Ronnie, pero el mero hecho de estar allí sentada pensando en ello le pareció motivo suficiente para preocuparse.

– Lily, no puedes matarlos.

– Tal vez podría darles un golpe con el parachoques, o pasarle a Ronnie por encima de las pelotas para inutilizárselas y que no pueda usarlas con su novia.

– No puedes machacarle las pelotas a Ronnie Darlington. Irías a la cárcel.

– Eso si me pillaran.

– Te pillarían, seguro. Siempre pillan a las ex mujeres. -Se inclinó hacia su hermana y le acarició el hombro-. Tienes que dejar de hacer estas cosas.

Lily negó con la cabeza mientras una lágrima aparecía bajo las gafas y descendía por su mejilla.

– ¿Por qué tiene que ser feliz? ¿Por qué puede irse a vivir con su novia y ser feliz mientras yo siento que la rabia me corroe por dentro? Tendría que dolerle lo que nos ha hecho, Daisy. Tendría que sufrir como Pippen y yo.

– Lo sé.

– No, no lo sabes. Nadie te ha roto nunca el corazón. Steven murió, no se fugó con una mujer rompiéndote el corazón.

Daisy retiró la mano del hombro de su hermana.

– ¿Acaso crees que ver morir a Steven no me rompió el corazón?

Lily se volvió hacia Daisy y se enjugó las lágrimas.

– Supongo que sí. Pero es diferente. Steven no te dejó por voluntad propia. -Inspiró por la nariz, tomó aliento, y luego añadió-: Tuviste suerte.

– ¿Qué? Acabas de decir algo horrible.

– No quiero decir que tuvieses suerte porque Steven muriese, sólo que no tienes razones para imaginarte a Steven haciendo el amor con otra mujer. No tuviste que preguntarte si la estará besando o tocando o abrazando.

– Tienes razón. Tengo razones para imaginármelo muerto en el suelo. -Daisy se cruzó de brazos y miró a su hermana-. No voy a tener en cuenta tus palabras porque sé que tienes un mal día. -Pero en realidad no estaba preparada para dejarlo correr, así que añadió-: sé que no pretendes comportarte como una niñata insensible, pero eso es justo lo que has hecho.

– Y yo estoy segura de que no pretendes comportarte como una egoísta, pero eso es exactamente lo que haces.

Daisy abrió la boca de par en par. Estaba sentada en el coche de su hermana con la intención de evitar que ésta hiciese alguna estupidez y resulta que ella era la egoísta.

– Sí, es cierto, y he venido aquí a vigilar el apartamento de Ronnie porque no tengo nada mejor que hacer.

– ¿Acaso piensas que me apetecía mucho ir ayer por la tarde al Showtime para que tú pudieses acosar a Jack Parrish?

– No es lo mismo. Sabes muy bien que es fundamental que hable con Jack. -Volvió la cabeza y al mirar por la ventanilla vio a una anciana con un abrigo rosa paseando a su perro por la acera-. No le estaba acosando.

– No creo que él opine lo mismo.

No, seguro que no. Y después de lo que había pasado la tarde anterior tenía que darle la razón. Ir al Showtime y aparecer en la fiesta de su sobrina no había sido una de sus ideas más brillantes, pero el tiempo jugaba en su contra. Sólo disponía de unos pocos días más, y si Jack no le hubiese mentido respecto a su viaje fuera de la ciudad no habría perdido cuatro días. Estaba contra la espada y la pared y los nervios empezaban a hacer acto de presencia.

– ¿Viste cómo se comportaba con las hijas de Billy? -preguntó Daisy. Cuando lo vio acercarse con las dos niñas sintió una sorpresiva punzada en el corazón-. Es muy bueno con ellas, y las niñas le quieren de verdad. Los niños no fingen acerca de esas cosas.

– ¿Y eso te hizo pensar que no deberías haberte casado con Steven?

Daisy se hundió en su asiento y miró hacia el frente.

– No, pero me hizo comprender que cuando le cuente lo de Nathan probablemente se enfadará mucho más de lo que había creído. No es que pensase que no iba a irritarse, pero había una parte de mí que esperaba que, en el fondo, lo entendiese. -Se sacó la pinza del cabello y recostó la cabeza en el asiento-. Jack no estaba preparado para tener familia. Acababa de perder a sus padres, no habría podido asumir el hecho de que estuviese embarazada. Hice lo correcto.

– Pero… -inquirió Lily.

– Pero nunca me he permitido preguntarme qué clase de padre habría sido. -Dejó la pinza sobre el salpicadero-. Nunca he querido pensar en eso.

– ¿Y ahora sí lo piensas?

– Sí. -Aunque sin duda habría sido mejor no hacerlo, no podía evitar pensar en ello.

La puerta de uno de los apartamentos se abrió y apareció Ronnie con una mujer morena del brazo. Daisy sólo había visto a Ronnie en un par de ocasiones, cuando Lily y él habían ido a visitarla a Seattle, pero lo reconoció al instante. Era un hombre atractivo, con el cabello rubio estudiadamente despeinado y una de esas sonrisas seductoras que hacen perder la cabeza a algunas mujeres. Al contrario que a Lily, a Daisy nunca le habría impresionado, y mucho menos hacerle perder la cabeza.

– Apaga el motor -le dijo Daisy a su hermana. Esa mañana, el sombrero vaquero de Ronnie dejaba su rostro y la parte superior de su camisa roja en la sombra. Llevaba un cinturón con una hebilla del tamaño de una bandeja y unos pantalones tan ceñidos que parecía que le hubieran pintado las piernas de azul.

– No voy a atropellarlo.

– Apágalo, Lily. -La pareja estaba demasiado lejos para poder ver el rostro de Nelly con claridad, pero incluso a esa distancia Daisy pudo apreciar que se había recogido el pelo en lo alto de la cabeza en una cola de caballo y que llevaba su considerable trasero enfundado en unos pantaloncitos negros de deporte.