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El motor dejó de sonar y Daisy alargó la mano para hacerse con las llaves. Agarró a Lily del brazo para evitar que abriese la portezuela.

– No vale la pena, Lily.

La pareja montó en una camioneta Ford blanca con llamas de un color rojo metalizado pintadas en los costados. Ronnie ayudó a «Nelly, esa alimaña» a subir a su asiento, después puso en marcha la camioneta y se fueron. Cuando ya salían del aparcamiento, sintió un brote de ira en el estómago. Lily se cubrió la boca con la mano, peor un agudo gemido se le escapó entre los dedos. Daisy se inclinó hacia su hermana y la atrajo hacia sí para abrazarla con todas sus fuerzas.

– Lily, ese tío no se merece que llores por él -le dijo acariciándole el pelo.

– Sigo enamorada de él. ¿Por qué ya no me quiere? -Lily lloraba. Mientras, Daisy la tenía entre sus brazos y sintió que se le desgarraba el corazón. ¿Qué clase de tipejo era capaz de abandonar a su mujer y a su hijo? ¿Qué clase de hombre amoral se iba a vivir con otra mujer y vaciaba las cuentas bancarias para no tener que entregar el dinero de su hijo? Cuantas más vueltas le daba, más se irritaba. De algún modo, Ronnie pagaría por el daño que le estaba haciendo a su hermana.

– Cariño, ¿te has planteado la posibilidad de iniciar una terapia? -le preguntó a su hermana.

– No quiero hablar de eso con extraños. Es demasiado humillante. -A partir de ahí su discurso se hizo incoherente; su voz parecía el grito de un delfín angustiado.

– Deja que conduzca yo -dijo Daisy. Lily asintió y mientras Daisy rodeaba el coche, Lily se sentó en el asiento del acompañante-. ¿Te apetece una Dr. Pepper? -preguntó mientras salían del aparcamiento-. Te ayudará a despejarte la garganta.

Lily se limpió la nariz con la manga y asintió.

– Vale -fue todo lo que pudo decir.

Daisy condujo hasta un supermercado Minute Mart y aparcó frente a la puerta. Se metió las llaves en el bolsillo por si acaso a Lily se le pasaban ciertas ideas por la cabeza, sacó cinco dólares de su bolso y cogió las gafas de sol del salpicadero.

– Ahora mismo vuelvo -dijo tras abrir la puerta. Una vez dentro de la tienda, llenó un vaso grande con Dr. Pepper, lo cerró con su correspondiente tapadera y cogió una pajita. Cuando Lily se calmase un poco, hablaría con ella de su abogado: quería saber lo que estaba haciendo por ella.

– Buenos días -dijo el dependiente; estaba tan delgado que el uniforme verde parecía colgar de una percha. En su tarjeta de identificación ponía «Chuck» y «Tenga usted un buen día». Daisy dudaba que eso fuese posible.

– Buenos días. -Al entregarle al muchacho el billete de cinco dólares, vio que una camioneta Ford blanca con llamas rojas en los costados se detenía en el aparcamiento a escasos metros del Ford Taurus de Lily. Vio que Ronnie y Nelly salían de ella y vio también que se avecinaba una catástrofe-. Oh, no.

La puerta del acompañante del Taurus se abrió como movida por un resorte y Lily salió disparada. Se colocó frente a la pareja cuando alcanzaron la hacer, frente al supermercado. Daisy pudo oír los gritos histéricos de Lily a través de las cristaleras, y estaba segura que la gente que estaba repostando en la gasolinera era testigo de un buen espectáculo.

Daisy dejó la pajita sobre el mostrador y, con la mano alzada, dijo:

– Vuelvo enseguida.

En el momento en que Daisy salió por la puerta, Lily le estaba llamando «puta» y «culo gordo» a Nelly, y ésta, a modo de respuesta, le dio una bofetada. Daisy vio pasar volando las gafas de sol de su hermana. Lily alzó entonces la mano para devolverle el golpe, pero Ronnie la agarró del brazo y le dio un empujón.

Lily cayó al suelo y entonces Daisy sintió que se le encogía el corazón. La ira corrió por sus venas como un fluido tóxico, y echó a correr a toda velocidad, lanzándose contra el que pronto sería su ex cuñado. Años atrás, Steven y Jack le habían enseñado a defenderse. No había tenido que echar mano de aquellas lecciones hasta entonces, pero no las había olvidado. Era como montar en bicicleta. Le clavó el hombro en el esternón. Él gruñó y la agarró por el pelo. Tiró de él, pero ella apenas tuvo tiempo de sentirlo, pues le asestó un puñetazo en el ojo.

– ¡Ah, zorra chiflada!

Sin pensarlo siquiera le propinó un rodillazo justo debajo de la hebilla del cinturón. No creía haber acertado de lleno, pero el golpe resultó bastante eficaz para dejarle sin aliento. Ronnie le soltó el pelo a Daisy y dio un paso atrás. A continuación se dobló por la mitad; tenía algunos cabellos de Daisy entre los dedos.

– Si vuelves a tocar a mi hermana -le dijo Daisy entre jadeos- te mataré, Ronnie Darlington.

Ronnie gruñó y la miró con ojos entornados.

– Inténtalo, zorra estúpida.

A Daisy no le importaba que la llamasen «zorra chiflada»; al fin y al cabo era una expresión que en ocasiones la había definido bastante bien. Pero «zorra estúpida»… Por ahí no pasaba. Se abalanzó hacia él de nuevo, pero algo la sujetó por la cintura y tiró de ella.

– Has ganado, florecita.

Intentó librarse del brazo que la aprisionaba por la cintura, pero Jack la levantó del suelo.

– ¡Suéltame! ¡Voy a patearle el culo!

– Me temo que es más probable que acabe pateándotelo él a ti. Entonces tendría que intervenir y darle su merecido por haberte puesto la mano encima. Y no quiero hacerlo. Buddy y yo hemos venido aquí a poner gasolina y a tomar un café, eso es todo. No teníamos pensado pelear.

Daisy parpadeó y recuperó de ese modo la visión periférica. Cuando se volvió para mirar por encima del hombro, notó que el corazón le latía en la garganta.

– ¿Jack?

La sombra de su sombrero color beige le cruzaba la cara, y, aunque de sus labios salió un «Buenos días», el tono de su voz parecía indicar que no tenían nada de buenos.

Buscó a Lily con la mirada y la vio apoyada en la pared de la tienda. Tenía un corte en el puente de la nariz y la señal roja de los dedos de Nelly en la mejilla. Un hombre con una camiseta azul hablaba con ella. Nelly estaba sentada en el suelo y la cola de caballo que llevaba en lo alto de la cabeza se había desplegado hacia un costado de su cabeza. Ronnie se incorporo con un gruñido y se tocó la entrepierna como si intentara asegurarse de que todo estaba en su sitio.

– Espero que no puedas utilizarla durante un mes -espetó Daisy, y Jack la apretó con más fuerza contra su pecho.

Jack se dirigió entonces a Ronnie. Daisy notó su voz en la sien.

– Iros de aquí ahora que todavía podéis teneros en pie.

Ronnie abrió la boca, pero volvió a cerrarla al instante. Cogió a Nelly, que no paraba de chillar con todas sus fuerzas, por el brazo, la llevó hasta la camioneta, puso en marcha el motor y se alejaron de allí con un potente chirriar de neumáticos.

– ¿Estás bien, Lily? -le preguntó a su hermana.

Lily asintió y recogió las gafas de sol que le entregó el hombre de la camiseta azul.

– ¿Qué demonios ha pasado? -preguntó Jack-. ¿No tenéis nada mejor que hacer que pelearos con los demás? -No soltó a Daisy, y ella volvió la cabeza para mirarle. La brisa esparció algunos de sus cabellos rubios sobre la camisa de Jack. Daisy levantó la mirada y la clavó en la sombra que proyectaba el sombrero. Los profundos ojos verdes de Jack la miraban fijamente. Esperando.

– Eran el marido de Lily y su novia.

Jack inclinó la cabeza y la sombra descendió hasta sus labios.

– Ah.

Daisy de pronto se sintió muy débiclass="underline" no era más que el efecto de la adrenalina corriendo por sus venas, pero agradeció que Jack la estuviese sujetando con fuerza.

– Es una rata asquerosa.

– Eso he oído decir.