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A Daisy no le sorprendía que la reputación de Ronnie le precediese. Lovett era un pueblo relativamente pequeño.

– Vació la cuenta bancaria para no tener que darle dinero por Pippen.

Jack deslizó la mano sobre el vientre de Daisy al soltarle el brazo. Dio un paso atrás y el fresco aire de la mañana reemplazó el roce de su recio pecho en la espalda de Daisy. La mano le palpitaba, le dolía la cabeza y también el hombro, y las rodillas le flaqueaban. Hacía mucho tiempo que no sentía la fuerza de un hombre al abrazarla, y nada le habría gustado más que volver a apoyar la cabeza contra el pecho de Jack. Por descontado, la idea era absurda.

– Me he hecho daño en la mano.

– Deja que le eche un vistazo. -Le tomó la mano entre las suyas. Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, y sobre el bolsillo podía leerse CLÁSICOS AMERICANOS PARRISH en letras bordadas en negro-. Mueve los dedos.

Tenía la cabeza inclinada sobre su mano y faltó poco para que el ala de su sombrero le rozara los labios. Olía a jabón, a limpio y almidón. Le pasó el pulgar por la palma de la mano y notó leves pinchazos ascendiendo hacia su muñeca y el resto del brazo. La adrenalina le estaba jugando una mala pasada. O quizá tuviera algún nervio maltrecho.

Jack la miró a los ojos. Durante unos segundos no hizo nada más. Daisy había olvidado que los ojos de Jack tenían unas motas verdes que sólo se apreciaban si se miraban muy de cerca.

– No creo que te hayas roto nada, pero supongo que deberías hacerte una radiografía. -Le soltó la mano.

Ella cerró los dedos y se agarró el puño con la otra mano.

– ¿Cómo sabes que no hay nada roto?

– Cuando me rompí la mano se me hinchó casi al instante.

– ¿Cómo te la rompiste?

– En una pelea.

– ¿Con Steven?

– No. En un bar de carretera, en Macon.

¿Macon? ¿Qué habría estado haciendo en Macon? No sabía nada acerca de la vida que había llevado en los últimos quince años. Sintió curiosidad, pero suponía que si Jack respondía a sus preguntas no iba a hacerlo profusamente.

El dependiente salió de la tienda y se acercó a Daisy para entregarle sus gafas de sol.

– Gracias, Chuck -le dijo antes de ponérselas. También le entregó el cambio y el vaso de Dr. Pepper, que Daisy aceptó con la mano sana.

– ¿Cree que debería llamar a la policía? -preguntó el muchacho-. Vi que primero pegaron a la otra mujer.

Un informe policial tal vez resultase útil en el divorcio de Lily, pero ella no era completamente inocente en este caso. Lily había estado acosando a Ronnie. No sabía si Ronnie se había dado cuenta, pero cabía la posibilidad de que así fuera.

– No. Está bien.

– Si cambia de opinión, hágamelo saber -dijo Chuck antes de volver a la tienda.

Daisy miró a Lily y al hombre que hablaba con ella.

– ¿Va contigo? -le preguntó a Jack.

– Sí. Es Buddy Calhoun.

– ¿Es mayor o menor que Jimmy?

– Un año menor.

Daisy recordaba muy poco de Buddy, excepto que sus dientes eran un desastre y que era pelirrojo como el resto de los Calhoun. Miró a su alrededor, observó a la gente que había en el aparcamiento y en la gasolinera. Las consecuencias de lo que acababa de hacer empezaron a tomar cuerpo en su cabeza.

– No puedo creer que me haya peleado en público. -Apoyó el vaso de Dr. Pepper en su mejilla-. Ni siquiera digo palabrotas cuando estoy con otras personas.

– Si te sirve de consuelo, te diré que no has dicho ninguna. -No, no le servía de consuelo, y menos aún después de oírle añadir-: Pero tu hermana tiene la lengua de un camionero. La oímos desde la gasolinera.

Daisy ya no vivía en Lovett, pero su madre sí. A ésta se le caería la cara de vergüenza. Daisy y Lily seguramente serían el tema de conversación en el siguiente baile del club de solteros.

– ¿Crees que nos ha visto mucha gente?

– Daisy, estamos en el cruce de Canyon con Vine. Por si no lo recuerdas, es el punto más concurrido del pueblo.

– Entonces, todo el mundo va a saber que le he dado un puñetazo en el ojo a Ronnie Darlington. -Apartó el refresco de su mejilla. Dios bendito, ¿podrían ir peor las cosas?

Sin duda.

– Y también le diste un rodillazo en las pelotas.

– ¿Lo viste?

– Sí. Recuérdame que no me meta contigo. -Jack miró por encima de la cabeza de Daisy-. ¿Estás listo, Buddy?

Buddy Calhoun se volvió y le dedicó a Jack una radiante y perfecta sonrisa. Buddy se había deshecho de la mala dentadura de los Calhoun. Y tenía el pelo de un rojo oscuro, no del tono zanahoria de sus hermanos. También era más guapo.

– Listo, J.P. -bramó.

¿J.P.?

– No te metas en problemas -le dijo Jack antes de volverse-. La próxima vez es posible que yo no ande cerca para evitar que cometas alguna estupidez, como querer pelear con un hombre que pesa el doble que tú.

Ella apoyó su mano enrojecida sobre el brazo de Jack para detenerlo. Tenía toda la razón.

– Gracias, Jack. Si no me hubieses detenido, podría haber pasado algo grave. -Sacudió la cabeza. Tal vez no la odiaba tanto como pretendía dar a entender-. Cuando vi que empujaba a mi hermana… No sé qué pasó, perdí la cabeza y me lancé contra él.

– No tiene importancia, Daisy. -O al menos no tanta como para que se sintiese especial-. Lo habría hecho por cualquier mujer. -Jack bajó la vista y se quedó mirando fijamente la mano que le había colocado sobre el brazo.

– Pero como no soy cualquiera, deberías dejar que te lo agradezca como es debido -dijo Daisy con la esperanza de que a partir de ese momento empezasen a relacionarse en términos más amistosos y pudiese hablarle por fin de Nathan.

Jack esbozó una media sonrisa y fue levantando la mirada pasándola por sus pechos y su mentón y fijándola finalmente en su boca. No le apasionaba su propuesta e intentaba hacerla sentir incómoda.

– ¿En qué estás pensando?

– No en lo que tú crees.

Desde la sombra que proyectaba el ala de su sombrero Jack la miró por fin a los ojos.

– ¿Entonces…?

– En invitarte a comer.

– No me interesa.

– A cenar.

– No, gracias. -Jack bajó de la acera y añadió volviendo ligeramente la cabeza-: Vamos, Buddy.

Daisy lo observó mientras cruzaba el aparcamiento hacia el Mustang clásico de color negro que estaba frente a uno de los surtidores de la gasolinera. Dos costuras recorrían la espalda de su camisa hasta adentrarse en sus Levi’s. No llevaba cinturón y se le marcaba la billetera en el bolsillo trasero. Buddy le seguía. Daisy miró a su hermana. La marca del bofetón empezaba a desaparecer de su mejilla.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Daisy a su hermana mientras se acercaba a ella.

– Estoy bien. -Lily tendió la mano, cogió el vaso de Dr. Pepper y bebió un trago-. Creo que perdí el control.

¿En serio?

– Un poco -reconoció Daisy.

Las dos se dirigieron hacia el Ford Taurus de Lily y se metieron dentro. Lily dijo al abrocharse el cinturón:

– Lamento lo que te dije sobre Steven. Tienes razón. Me comporté como una zorra insensible.

– Creo que lo que dije fue que eras una niñata.

– Ya lo sé. Vámonos a casa.

Daisy puso en marcha el coche.

– ¿Cuánto tiempo crees que tardará mamá en descubrir lo que ha pasado?

– No mucho -dijo Daisy con un suspiro-. Probablemente intente sonsacarnos.

Por el retrovisor vio el coche de Jack salir del aparcamiento.

– ¿Daisy?

– ¿Sí?

– Gracias. Fuiste muy valiente lanzándote sobre Ronnie.

– No me des las gracias. Prométeme que no volverás a perseguir a Ronnie ni a Nelly la alimaña.

– De acuerdo. -Lily bebió un trago y añadió-: ¿Te fijaste en su culo?

– Es enorme -respondió Daisy.

– Y lo tiene caído -puntualizó Lily.

– Sí. Tú eres mucho más mona y tienes el pelo más bonito -observó Daisy.