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Lily sonrió y añadió:

– Y mejor aliento.

Daisy soltó una carcajada y asintió.

Cuando llegaron a casa de su madre, Lily agarró a Pippen del brazo y se sentó en el sofá con él. Puso un vídeo de dibujos animados y hundió la nariz en el cabello de su nuca.

– Te quiero, Pippy -le dijo a su hijo.

Sin apartar los ojos de la tele, el niño echó ligeramente la cabeza hacia atrás y le dio un beso a su madre en la barbilla.

– ¿Has encontrado trabajo? -le preguntó Louella desde la cocina mientras preparaba unas galletas: toda la casa olía a la manteca de cacahuete.

– Dijeron que me llamarían -respondió Lily escondiendo su sonrisa tras la cabeza de su hijo.

– Gallina -le susurró Daisy.

Lily era una lianta, de eso no cabía duda. Daisy tenía tan sólo tres días por delante antes de retomar su vida en Seattle. Ese día en concreto era el último de clase para Nathan, por lo que tenía pensado llamarle y preguntarle cómo le había ido.

Tenía un montón de cosas por hacer. Disponía de tres días para conseguir que su hermana enderezase su vida, entregarle la carta de Steven a Jack y decirle que tenía un hijo. Después de todo eso podría regresar a casa y seguir adelante con su vida junto a su hijo. Ella y Nathan podrían ir a pasar unos días a alguna playa y tostarse un poco al sol. Se tomaría unas cuantas piñas coladas mientras el muchacho disfrutaba viendo a chicas en bikini: estarían en la gloria.

Pero justo en ese momento lo único que deseaba era darse una ducha, ponerse hielo en la mano y tomar un trago. El flujo de adrenalina había disminuido, y estaba cansada y dolorida, pero de no haber sido por Jack ahora se sentiría mucho peor. Lanzarse contra Ronnie no había sido una decisión muy inteligente, pero ni siquiera había pensado lo que hacía. Se limitó a reaccionar al ver que empujaba a Lily.

«Me temo que es más probable que él acabe pateándotelo a ti. Entonces tendría que intervenir y darle su merecido por ponerte la mano encima», le había dicho Jack. También vino a decirle que lo habría hecho por cualquier mujer. Le dijo que no tenía importancia.

Pero ahora que podía pensar con algo más de claridad, dudaba que hubiese abrazado a cualquier mujer unos cuantos minutos más de lo necesario como lo había hecho con ella. Al menos no del mismo modo, apretándola con fuerza contra su pecho. Y dudaba seriamente que hubiese frotado la mano de cualquier otra mujer con el pulgar. También dudaba que fuera consciente de lo que estaba haciendo.

Ella estaba tan concentrada en lo que pasaba a su alrededor que no se había percatado de que el roce de Jack había sido más personal de lo que dictaban las normas de comportamiento del buen samaritano y lo había mantenido durante algunos segundos más.

Se dio cuenta en ese momento, y el mero recuerdo de su roce le hizo contener el aliento. Cuando Daisy subía las escaleras camino de su dormitorio, su madre la llamó para que bajara a ayudarla.

– Ya voy -respondió; después cerró la puerta a su espalda. Se apoyó en ella al tiempo que sentía una fuerte punzada de calor en el vientre y entre los muslos. El calor se extendió por todo su cuerpo y lo notó especialmente en los pechos. No había sentido nada parecido desde hacía mucho tiempo, pero sabía de qué se trataba. Deseo. Deseo sexual. Años atrás aquel impulso la había dominado.

Cerró los ojos. Tal vez rememoró el roce de Jack. Tal vez no fueron más que fantasías, pero no pudo evitar imaginar lo estupendo que sería sentir otra vez el cuerpo sólido y fuerte de un hombre. Era maravilloso sentirse protegida. Era maravilloso sentir el pecho de un hombre contra la espalda, sus brazos alrededor de la cintura. Que dios se apiadase de ella, pero echaba de menos esa sensación. La echaba tanto de menos que deseó fundirse con Jack. Se preguntó qué habría sucedido si se hubiese dado la vuelta y le hubiese besado en el cuello. Qué habría pasado si le hubiese recorrido el cuello con la lengua mientras le acariciaba con las manos su fornido pecho. Desnudo, como lo estaba en la cocina de su casa la noche en que volvió a verlo. Medio desnudo, con los pantalones colgando despreocupadamente de sus caderas, como preparados para que ella pudiera introducir en ellos las manos después de deslizarlas por su vientre plano, arrodillarse ante él y hundir su rostro en la bragueta.

Daisy abrió los ojos. Jack era el último hombre de la Tierra con el que tenía que tener fantasías sexuales. El último hombre del planeta que debería hacerle pensar en el sexo.

«Ha pasado mucho tiempo, eso es todo», se dijo alejándose de la puerta. Abrió un cajón y sacó unas bragas y un sujetador. Tenía treinta y tres años, y antes de la enfermedad de Steven su vida sexual había sido muy activa. A Daisy le gustaba el sexo y lo echaba de menos. Había supuesto que sólo era cuestión de tiempo que su deseo de intimidad volviese a adquirir protagonismo. Pero que sucediese en ese preciso momento no tenía nada de bueno. Y lo peor de todo era que fuera Jack el desencadenante. Por razones obvias, que Jack y ella se enrollasen tenía que estar fuera de consideración.

Daisy fue hasta el baño que había al otro extremo del pasillo. Sin embargo, acostarse con cualquier otro hombre empezaba a ser una posibilidad. Sólo había estado con dos hombres en toda su vida; tal vez hubiera llegado el momento de experimentar. Disponía de dos días y medio antes de regresar a Seattle. Quizá fuera el momento de vivir alguna experiencia antes de volver a casa para ejercer de madre. Tal vez debería añadir «acostarse con alguien» a su lista de tareas.

De pronto se sintió culpable. Steven estaba muerto, ¿por qué tenía entonces la sensación de que iba a serle infiel a su marido? No lo sabía, pero así era. El sentimiento de culpa estaba ahí, y sabía que muy probablemente le impediría llevar a cabo acción alguna.

Era una lástima, porque le habría apetecido disfrutar del sexo sin ataduras: enrollarse con alguien y no volver a verlo en la vida.

Abrió el grifo de la bañera y colocó la mano bajo el chorro de agua. Pero quizá, si llevase a cabo su plan, ese sentimiento de culpa se disipara para siempre. Tal vez fuese como volver a perder la virginidad. La primera vez fue la más difícil. Después todo se hizo más sencillo. Y mucho más divertido.

Obviamente, no disponía de candidato alguno. Tal vez podría ligarse a algún tipo en un bar. Alguien que se pareciese a Hugh Jackman o al protagonista del anuncio de Coca-Cola light. No, esos hombres le recordaban demasiado a Jack. Tendría que escoger a alguien totalmente diferente. Alguien parecido a Viggo Mortensen o a Brad Pitt. No, mejor Matthew McConaughey.

Oh, sí.

Pero ni hablar de Jack. Nunca jamás. Eso sería poco menos que un suicidio.

«Aunque tal vez -le susurró una suave voz en su interior- sería la bomba.» Se quitó los pantalones cortos y la camiseta. Tenía la sensación de que, si no se andaba con mucho cuidado, aquella vocecita interior podía meterla en serios problemas.

Capítulo 8

Los fines de semana por la noche el Slim Clem’s reunía a gente procedente de lugares tan alejados como Amarillo o Dalhart. La banda del local tocaba música country en vivo, un country ruidoso, y, de vez en cuando, algún tema clásico de rock sureño. La enorme pista de baile siempre estaba abarrotada, y los toros mecánicos, que aceptaban en su lomo a todo el que llegase con los bolsillos llenos, no descansaban ni un segundo. En las tres barras del local se servía cerveza fría sin parar, así como algún que otro licor o combinado de frutas con diminutos parasoles de papel.

Desde las estanterías que había colgadas en la parte superior de las paredes, todo tipo de mamíferos y reptiles disecados observaban a la gente con sus ojos de cristal. Si el Road Kill era el sueño de un taxidermista, el Slim Clem’s era su sueño erótico. Aunque, la verdad, es un misterio que alguien pueda enorgullecerse de tener una mofeta colgada en la pared.