En la penumbra del Slim Clem’s imperaban los pantalones vaqueros -Wranglers, Rockies y Lee-. Las mujeres los llevaban ajustados y en todos los colores imaginables y sabían combinarlos con camisas vaqueras llenas de flecos y caballos estampados en la espalda. Las camisetas con caracolas y plumas, y los bajos recortados para que pareciesen flecos eran otra de las prendas predilectas, así como las faldas con grandes volantes o vestidos de franela con cuello redondo. Los peinados iban desde los cardados típicamente tejanos, bañados en laca hasta la mismísima raíz y rígidos como un casco, hasta las cabelleras sueltas, lisas y largas hasta la cintura o incluso hasta las rodillas.
Los hombres se decantaban por los Wranglers o los Levi’s de color azul o negro, y algunos los llevaban tan ceñidos que era inevitable preguntarse cómo habían conseguido meter allí sus partes nobles. A pesar de que algunos hombres llevaban camisas vaqueras almidonadas con llamas estampadas o con la bandera estadounidense, las camisetas ganaban por goleada. La mayoría lucía anuncios de cerveza o de tractores John Deere, aunque las había que llevaban otro tipo de mensajes. El omnipresente «No te metas con Tejas» podía leerse por todas partes, en tanto que la leyenda «Sí, estoy borracho, pero tú sigues siendo feo» competía en dura pugna con la esperanzadora «Vamos a darnos el lote».
Las botas tejanas se movían al ritmo de la banda, y las hebillas de algunos cinturones eran tan grandes que podrían haber sido consideradas armas letales y destellaban bajo las luces multicolores de la pista de baile.
Daisy nunca había estado en el Slim Clem’s. Cuando vivía en Lovett era demasiado joven para que le permitiesen entrar. Pero había oído hablar mucho de él. Todo el mundo había oído hablar de él, de hecho, y se dijo que era el momento de vivir la experiencia por su cuenta.
Ese mismo viernes, por la tarde, Lily encontró trabajo en una charcutería de los grandes almacenes Albertsons, y las dos decidieron ir a celebrarlo al Slim. Daisy no había llevado consigo ropa adecuada para ir a uno de esos lugares, pero en el fondo de su antiguo armario encontró sus viejas botas vaqueras. Se las probó y, aunque le apretaban un poco, no le iban del todo mal. Durante su último año de instituto había ahorrado durante meses para comprarse unas botas rojas con corazoncitos blancos. Por suerte, las botas de vaquera nunca pasaban de moda en Tejas.
De la caja en la que guardaba los anuarios del instituto, sacó el cinturón de su padre con la hebilla plateada que había ganado en el rodeo Top’O Texas pocos meses antes de que un toro acabase con su vida.
Se puso su vestido blanco de algodón que se cerraba por delante con ocho pequeños corchetes, y se colocó el cinturón de rodeo de su padre alrededor de la cintura. En el cuero, por la parte de atrás podía leerse «Pendenciero». La hebilla era bastante grande y se le acercaba un poco hacia delante, pero era el atuendo perfecto para una tarde vaquera como el Slim Clem’s.
Se rizó el pelo y se lo sujetó detrás de las orejas con unos grandes clips. Se pintó la raya de los ojos de color negro y los labios de un rojo brillante, y cuando se miró en el espejo vio a una auténtica chica vaquera.
Lily se puso unos ajustados vaqueros y una blusa rosa que se anudó justo por debajo de los pechos para que se le viese el ombligo. Su maquillaje era más ostentoso que el de Daisy, y cuando besó a su hijo en el porche de la casa de su madre le dejó la marca rosada en la mejilla.
Camino del Slim Clem’s, Lily no paró de reír y de bromear; parecía preparada para iniciar su nueva vida. Daisy también lo estaba. Al día siguiente tenía planeado hablarle a Jack de Nathan, y en esa ocasión nada la detendría. Ni sus propios miedos, ni ninguna fiesta de cumpleaños, ni siquiera que apareciese una mujer medio desnuda en su casa. Se iba de Lovett el domingo por la tarde, así que tenía que contárselo al día siguiente. No tenía alternativa.
Entraron en el bar pasadas las nueve. Cuando pagaron los cinco dólares de la entrada la banda estaba tocando una canción de Brooks y Dunn, My Maria. Mientras la banda se enfrentaba a las notas más agudas del tema, Daisy y Lily se abrieron paso entre la multitud, llegaron a la barra más cercana y pidieron dos Lone Star. Daisy pagó la primera ronda; se alejaron de la barra y encontraron una mesa cerca de la pista de baile. Se sentaron la una junto a la otra y empezaron a criticar a todo el mundo.
– Échale un vistazo al tipo de allí, el de la camisa vaquera color beige y el sombrero -dijo Lily acercándose al oído de su hermana. Como la mitad de los hombres allí presentes encajaba con esa descripción, Lily tuvo que señalárselo con el vaso-. Esos pantalones le van tan ceñidos que seguro que ha tenido que ponérselos mojados.
El vaquero en cuestión era un tipo alto y delgado, y parecía lo bastante duro para lidiar con novillos.
– «Los culos enfundados en Wranglers nos ponen como motos» -recitó Daisy con una sonrisa llevándose la cerveza a los labios.
– Así es -coincidió Lily.
Daisy no podía recordar la última vez que había salido con sus amigas; había olvidado incluso lo mucho que lo echaba de menos. Cuánto necesitaba relajarse y reírse un rato… Y lo que más le sorprendía era pensar lo a gusto que se sentía con su hermana. Ambas rieron estudiando el desfile de culos masculinos que pasó frente a ellas en la pista de baile. Lily señaló a un tipo que llevaba unos Roper’s, y Daisy inclinó la cabeza hacia un lado mientras lo observaba. Tenía que admitirlo, era necesario tener un culo realmente de categoría para que quedase bien enfundado en unos Roper’s. Daisy le puntuó con un ocho, Lily le dio un diez; acabaron acordando un nueve.
– ¿Has visto a Ralph Fiennes desnudo en El dragón rojo? -preguntó Lily.
Daisy negó con la cabeza y respondió:
– No me gusta ver películas de miedo ahora que vivo sola.
– Bueno, sáltate las escenas de terror. Tienes que alquilar el vídeo para verle el culo a Ralph. Tiene un trasero realmente estupendo -le aconsejó Lily.
– Lo vi en Sucedió en Maniatan. La película era una mierda, pero él estaba estupendo -reconoció Daisy tras beber un trago de cerveza.
– Aprobado alto -dijo Lily señalando con el vaso a un hombre con peto vaquero y una camiseta sin mangas-. La película era una mierda por Jennifer López. Tendrían que haber elegido a otra. -Lily sonrió-. Alguien como yo.
Daisy sintió el peso de una mano en el hombro y al volverse se encontró con el rostro de Tucker Gooch, que llevaba una camiseta en la que podía leerse «Aguántame la cerveza mientras beso a tu novia». Daisy se graduó el mismo año que Tucker. Su madre, Luda Mae, había sido profesora de economía doméstica en el instituto Lovett. A Tucker a menudo le habían enviado a la clase de Daisy como castigo por alguna de sus gamberradas, como espiar en el lavabo de chicas.
Daisy se puso en pie. Por lo que podía apreciar, el oscuro cabello de Tucker empezaba a escasear en lo alto de su cabeza, peor sus ojos seguían brillando con malicia y tenía una sonrisa irresistible.
– Hola, Tucker. ¿Cómo te va? -le dijo Daisy.
Él le dio un fuerte abrazo.
– Estoy bien. -Al abrazarla la apretó un poco contra su pecho, pero sus manos no descendieron hacia el trasero de Daisy, como habrían hecho años atrás-. Ven a bailar conmigo.
Daisy miró a Lily y le preguntó:
– ¿Te importa?
Lily negó con la cabeza y Daisy siguió a Tucker hasta la pista de baile. La banda empezó a tocar Who’s Your Daddy?, de Toby Keith, y Tucker la llevó a ritmo de pasodoble. Antes de su enfermedad, Steven y ella habían ido a bailar unas cuantas veces a algunos locales de Seattle. Durante los primeros compases, Daisy temió haber olvidado cómo bailar. Pero bailar country se llevaba en la sangre, y pilló el ritmo en un abrir y cerrar de ojos. Mientras Tucker la llevaba por la pista, ella sintió que otra parte de sí misma recuperaba su lugar. La parte de sí misma que era capaz de relajarse y reír y pasarlo bien.