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Al menos esa noche.

Jack, en la barra, cogió su botella de cerveza Pearl y se la llevó a los labios. Observó la pista de baile por encima de la botella y también la barra, y un destello de color blanco llamó su atención. Se había percatado de la presencia de Daisy en cuanto cruzó la puerta acompañada por Lily. No es que él estuviese al acecho, pero era difícil no pasar por alto a esas dos mujeres. No encajaban en el Slim Clem’s. Eran como dos pastelitos de chocolate en un plato de costillas asadas con patatas, y Jack no tuvo duda alguna de que más de uno en aquel bar había empezado barajar la idea de comerse el postre antes de la cena.

Bajó la botella y metió la mano libre en el bolsillo delantero de sus Levi’s. Se volvió para seguir hablando de toros mecánicos con Gina Brown. Al parecer, como iba tanto por el Slim, le habían ofrecido un trabajo como monitora durante los fines de semana.

– La mujer con la que tuve que lidiar esta tarde tenía unos sesenta y cinco años -dijo Gina-. La subí en Trueno y…

A Jack le importaba un comino Trueno. Lo que él deseaba saber era si su «peor pesadilla» sabía que él estaba allí. No tenía ganas de vérselas con ella, pero si Daisy había venido con la intención de charlar con él no tendría más remedio que desilusionarla. Por lo general, Jack prefería los bares algo menos concurridos que el Slim, peor era la última noche de Buddy Calhoun en la ciudad, y éste le había pedido que le acompañase. En ese preciso instante Buddy estaba probando suerte con uno de los toros al fondo del bar. Jack no entendía el atractivo que tenía para ciertas personas el hecho de que una máquina les zarandease hasta lanzarles al suelo. Siempre había creído que si lo que uno quería era montar en toro, tenía que intentarlo con uno de verdad.

– … Te lo juro, casi me muero. Te habrías partido el culo de risa si hubieses estado aquí -dijo Gina.

A pesar de haberse perdido el contenido de la broma, Jack sonrió y musitó:

– Seguramente.

– ¿Qué está haciendo Buddy en Lovett? -preguntó Gina.

– Ha venido por cuestiones de negocios. -Jack apoyó el peso del cuerpo en la otra pierna y volvió a fijar la atención en Daisy y Tucker Gooch. El suave deslizamiento de sus pies seguía a la perfección el ritmo marcado por la canción de Toby sobre una chica dulce y su joven novio. A Jack nunca le había caído bien Tucker. Era el tipo de hombre que, a la mínima oportunidad, te explicaba la frecuencia con que hacía el amor y con quién. Según la opinión de Jack, si un tipo estaba satisfecho no sentía la necesidad de hablar de ello.

– ¿Está trabajando para ti? -le preguntó Gina.

– Sí -asintió Jack.

Desde la posición en la que Jack se encontraba, lo único que podía ver eran retazos del brillante cabello de Daisy y fragmentos esporádicos de su vestido blanco. Claro que no necesitaba estar en primera fila para saber que vestido llevaba puesto. La imagen de Daisy cruzando la puerta del Slim con ese vestido se le había clavado en la conciencia.

Un vaquero ataviado con un enorme sombrero se colocó en su línea de visión y Jack perdió toda su visibilidad.

– Maldita sea -dijo Buddy al acercarse a Jack-. Esta última vez he durado casi dos minutos, pero he caído sobre el huevo izquierdo y no he podido levantarme durante un buen rato.

– ¿Has probado con Tornado? -quiso saber Gina-. Cuando Tornado va a toda marcha es alucinante.

– Es el que está más cerca de la puerta, ¿no? -preguntó Buddy; le dio un trago a su cerveza y añadió-: Tendrías que probarlo, Jack.

Buddy era un tipo estupendo, pero a veces Jack se preguntaba si realmente encajaban cuando iban juntos.

– Por lo general, evito cualquier cosa que pueda aplastarme el huevo izquierdo -le informó Jack.

– Ya… -Buddy sacudió la cabeza y echó un vistazo hacia la multitud.

Gina dejó escapar una risotada.

– Me voy al fondo ¿Vas a quedarte un rato? -le preguntó a Jack.

– No estoy seguro.

Ella apoyó una mano sobre la camisa tejana de Jack y se puso de puntillas.

– Bueno, no te vayas sin despedirte -le dijo Gina rozándole los labios. Y entonces le besó, dándole a entender que estaba interesada en marcharse con él-. No lo olvides.

– ¿Gina y tu os acostáis juntos? -le preguntó Buddy cuando Gina se hubo alejado lo suficiente.

– De vez en cuando -respondió Jack. No tenía claro si le apetecía irse de allí con Gina. Dos fines de semana seguidos podrían darle a aquella mujer un motivo para pensar.

– Mira quién está sentada en aquella mesa de allí. Es Lily Brooks, y está sola -observó Buddy-. Quise llamarla por teléfono ayer, pero no sé su apellido de casada.

Jack le echó un vistazo a la hermana de Daisy y preguntó:

– ¿Y por qué quisiste llamarla?

– Para saber cómo estaba después de la pelea en el Minute Mart y eso. Pensé que, como está pasando por un proceso de divorcio, tal vez querría hablar con alguien -explicó Buddy.

Jack se llevó la botella de Pearl a los labios.

– ¿Querías hablar con Lily Brooks acerca de su divorcio? -le preguntó Jack y pensó: «Sí, claro.»

Buddy sonrió y reconoció:

– Esas hermanas Brooks son muy guapas y además tienen un tipo estupendo.

Jack le dio un largo trago a la cerveza y pasó la lengua por una gota que le había quedado en el labio. En eso Jack estaba de acuerdo con Buddy. Sino hubiese visto con sus propios ojos que Daisy estaba tan atractiva como siempre, el vestido que lucía esa noche se lo hubiera dejado muy claro. Incluso desde el otro extremo del bar había podido apreciar que se le adhería tanto al cuerpo que parecía que se lo hubiese pintado.

Buddy dejó la cerveza sobre la barra.

– Voy a pedirle a Lily que baile conmigo antes de que alguien se me adelante -le dijo a Jack.

Jack le vio abrirse camino entre la multitud y pensó que probablemente la vida sería más sencilla si se pareciese mas a Buddy Calhoun. Daba la sensación de que nada le preocupaba en exceso, ni siquiera que un toro mecánico lo lanzase por los aires. Jack también había sido así, más despreocupado, pero de eso hacía ya mucho tiempo, tanto que Jack lo había olvidado por completo.

Se sacó la mano del bolsillo y miró hacia la pista de baile, en dirección al destello de color blanco. Esbozó una sonrisa y se preguntó cómo se sentirían esa noche Lily y Daisy después de la pelea frente al Minute Mart. Jack había visto a mujeres pelear entre sí, pero nunca a una mujer enfrentándose a un hombre. Y menos aún a un hombre que la superaba con mucho en peso.

Jack se volvió y apoyó los codos en la barra. La mañana de la pelea estaba en el Minute Mart apoyado en su Mustang esperando a que le llenaran el depósito con la cabeza en otra parte cuando oyó los gritos. Miró al otro lado del aparcamiento y reconoció a Lily. Renegaba como un camionero, y cuando el hombre al que le gritaba la empujó y ella cayó al suelo, Jack se encaminó hacia allí. Las puertas de la tienda se abrieron cuando estaba a medio camino, y Daisy apareció hecha una furia y se abalanzó contra Ronnie como un jugador de fútbol americano, embistiéndole con el hombro. Fue como un remolino en el que sólo se veía una camiseta negra y pelo rubio, y en el tiempo que Jack tardó en llegar hasta allí, Daisy le golpeo a Ronnie en el ojo y le propinó un rodillazo en la entrepierna.

Jack la agarró por detrás para evitar que saliese mal parada, pero lo cierto es que no esperaba que en su interior estallase aquella extraña mezcla de rabia y deseo de protección. Cuando eran dos jovencitos, Daisy era poco más que una contradicción andante, temerosa y temeraria a un tiempo. Por eso él siempre se debatía entre el deseo de zarandearla y de abrazarla con todas sus fuerzas, de gritarle y al mismo tiempo de querer acariciarle el pelo.